EL PIANISTA Y LA BALADA DE CHOPIN

Cuando el 17 de noviembre de 1944 el destino unió –en una casona abandonada del gueto en el que Hitler ha convertido la desolada e invadida Varsovia– al pianista polaco de origen judío Wladyslaw Szpilman y al oficial nazi Wilm Hosenfeld, probablemente ya no les queden muchos motivos, no para confiar en el que tienen enfrente, sino para no volver hacerlo nunca más en el ser humano.

El primero lleva demasiados meses huyendo del horror de la invasión nazi y de la Segunda Guerra Mundial. Ha conseguido salvarse de terminar en un campo de concentración pero no sin resignarse antes a ver como su familia se aleja en un tren directo hacia la muerte. La violencia y la brutalidad le han obligado a vivir escondido como a una rata, se ha visto vagando sin rumbo por las ruinas de lo que fue su ciudad rodeado de cadáveres, escombros y destrucción. Y sobrevivir sin aliento al hambre y al frío.

El desaliento del segundo, al contrario de lo que nos podría parecer, en esos momentos ya se ha apoderado de cada hueco de su cuerpo y de su alma. Un soldado que a pesar de ser un entusiasta pedagogo, amante del arte y la literatura, pregonero de la vuelta a la naturaleza, defensor de la camaradería entre sexos –que incluso llegó a coquetear con la republica–un día sucumbió al discurso nacionalsocialista de Hitler y se convirtió en un orgulloso patriota. Un militar al que la vergüenza de la guerra en primera persona le devolverá la razón.

Y por encima de ellos el poder sobrenatural de la BALADA Nº1 EN SOL MENOR de Chopin, la arrebatadora fuerza del arte que se nos presenta como único salvador posible cuando ni siquiera nosotros mismos encontramos la manera de creer en nosotros.

Aquí la memorable escena de la película EL PIANISTA que Polanski dirigió, con acierto y belleza, recreando el horror de aquella guerra, y que fundamentó sobre las memorias del pianista polaco.