Escuela de interpretación en Madrid

“Cuando no había comida en casa, había Aretha. Cuando no había calefacción, había Aretha” dijo la actriz y cantante Jenifer Lewis el día de su funeral hace dos meses. Podría parecer exagerado pero igual no le faltaba razón.

Aretha Franklin fue la voz y el sonido de la lucha por los derechos civiles. Cantó y gritó por los que menos tenían. Fue una exorcista del dolor. Su música tenía y tiene el mágico poder de hacerte bailar aunque estés sumido en la mayor de las tristezas. Su ritmo y efusividad te obligan a unirte en santa comunión al contagioso desparpajo de su cósmico timbre. Ella era su propio género musical, transcendió las reglas del jazz y el rhythm and blues.

Era la voz del alma. Fue la reina del soul.

Pero antes de reinar –la hija de la pianista y el predicador– tuvo que bregar con una vida complicada en su infancia, dicen. Como en casi todos los casos: no hay diva sin dolor.

Pero dolores aparte, su funeral en Detroit fue una fiesta, duró casi una semana y su cuerpo se expuso en lugares icónicos de la ciudad –cada día con diferentes vestidos, joyas y tacones– y la ceremonia se celebró en la misma iglesia que su padre convirtió en un refugio durante la lucha contra la segregación racial de mediados de los cincuenta. Un lugar al que acudir más allá de creencias y supersticiones, donde las canciones liberaban y apelaban al corazón.

El lugar donde Aretha se despidió para siempre de todos, el mismo donde cantó por primera vez en público cuando solo tenía ocho años.

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