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BENDITOS TRAIDORES

No goza de buena reputación la figura del traidor, no. Y créanme si les digo que juicio tan categórico no me parece justo, si en nuestro afán reduccionista buscamos abstraer el término a una significación exclusivamente negativa.

El mundo, en fin, sin traidores viviría condenado a repetir en las cavernas el mismo mantra. El principio de desobediencia pauta las leyes de la evolución. Si obedecemos en tiempo presente, es solo porque no dejamos de acariciar con esperanza la idea de dejar de hacerlo en un futuro.

Sí, la historia estaba poblada por una caterva de traidores. Y sí, conviene recordar, cómo muchos con sus “traiciones” nos arrastraron a un orden superior y concentraron fuerzas para enfrentarse al colectivo de tiranos que imponía una verdad única. De traición fueron tachados los primeros movimientos feministas, pagando el atrevimiento sus activistas con su díscola vida (lo siguen haciendo). De traición, el espíritu socrático y sus herederos, castigados a atragantarse con cicuta por defender la libertad de pensamiento. Amenazados siempre por esa voz paternalista que avisaba de la vergüenza que suponía “morder la mano que te da de comer”.

A pesar de su mala fama, o precisamente por ella, la deslealtad siempre fue comercial. El traidor vende. Detrás de todo best-seller siempre se esconde un traidor. El traidor excita la imaginación y distrae de culpas propias, pensando que siempre hay alguien peor. Benditos traidores. ¿Qué habría sido del cristianismo sin la intervención de un Iscariote? Probablemente una empresa más triste y con menos legitimidad para defender su causa. 

Podemos circunscribir el asunto a la geografía nacional para encontrarnos con un ejemplo al que la mayoría agradeceremos eternamente su traición. El actual rey emérito señalado por el dedo de Franco juraba los principios generales de aquel ya superado “Movimiento” para pocos meses después desertar de su palabra.

Es obvio que el antipático arquetipo que estamos analizando muestra otras veces la más perversa de sus caras: eso ocurre cuando lo único que mueve a su deslealtad obedece a fines exclusivamente personales que solo buscan un poder absoluto.

Por eso Pablo Echenique se apresuró a elevar el diagnóstico que desnudara las verdaderas intenciones que movían al candidato Errejón a traicionar el pacto que había alcanzado con su propio partido, declarando que si Errejón no renunciaba a su escaño era sencillamente “porque de algo tendría que vivir hasta el mes de mayo”.

Sabido es que los micrófonos los carga el diablo y que en el pecado se lleva a veces la penitencia. Después de la renuncia de Errejón a su escaño, o sea a su sueldo, Echenique ha convertido con sus palabras en disidente a quien parecía solo traidor.

Se acusa a Errejón de conspirar en secreto. Natural. La disidencia para presumir exige puesta en escena. ¿O acaso el convicto confiesa al centinela sus planes de fuga? Imposible, además de estúpido. Es fina la línea que separa lo sublime de lo ridículo.

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Dice Pablo Iglesias que Íñigo no es Manuela. Otra obviedad similar a la de las peras y las manzanas de la Botella. Nadie es igual que nadie, incluso, aunque lo parezca. Yo, por ejemplo, he llegado a creer que Pablo Iglesias e Irene Montero son la misma persona. Al final descubro mi error cuando recuerdo que una ostenta el permiso de maternidad y el otro el de paternidad. No es lo mismo.

A mis cincuenta años y con canas en los bolsillos me conformo con buscar en la política el fin de la dictadura de partidos.

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La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y el entonces diputado, Íñigo Errejón, en la fiesta del 2 de mayo del pasado año.

Votaré a Manuela y a Íñigo. Y que Dios, el más reincidente de los traidores, me perdone. Y a ellos dos su felonía.

JUAN CODINA

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