Escuela de Interpretación Madrid

Los actores rutinarios, los espúreos

Elogio del actor en VALENTÍN de Juan Gil-Albert

Qué triste sería que las mujeres y hombres del teatro pensáramos esto de dedicarnos a la escena solamente a la luz de los manuales de interpretación, de los libros de teoría teatral, de las historias del teatro y de las artes escénicas; cuántas veces no hemos encontrando en la poesía, en la filosofía, en la medicina, en la escultura, en la música, en la pintura, en la química, etc.,  apuntes, notas, ideas, que se han convertido en disparadores poderosos para la escena. Porque a veces la línea más recta al hallazgo es la tangente. El teatro, o al menos su promesa,  sabe esperarnos en los lugares más inesperados.

Hace unos años el periodista Víctor Fernández me regaló Valentín, novela del autor alcoyano Juan Gil-Albert. Hasta la lectura de ese libro yo había contemplado a Gil-Albert como un asteroide nebuloso que entraba y salía fugazmente de la órbita de astros mayores. Sin embargo, Valentín produjo en mí una impresión tan honda y profunda que, al levantar la vista de su último párrafo —que no el corazón, que allí seguía atrapado— brillaba por derecho y con nombre propio el planeta Gil-Albert.

La novela, con epílogo del poeta Jaime Gil de Biedma, cuenta la historia de la pasión desgraciada de Richard, actor de una compañía de teatro isabelino. Escrita como una paráfrasis en prosa del Otelo de Shakespeare,  y construida sobre fragmentos de muchísimas obras del mismo dramaturgo, Valentín habla de los estragos de la homofobia interiorizada.

Mi admiración se acrecentó aún más cuando supe que la novela había sido escrita en 1964 , quizá tras el periodo más oscuro del exilio interior de Gil-Albert; cómo es sabido, éste regresó a España en 1947, padeciendo desde ese momento el desprecio personal y literario de la España franquista y quizá también de la España del exilio. Sin embargo, la década que transcurre entre el final de la redacción y la publicación de la novela en 1974 aparece como el triunfo de la voluntad de un hombre pese a estar colmado de incomprensiones y soledades; un hombre que asume su condición de margen, de verso suelto, casi de fantasma; y desde ahí, desde ese margen que hubiera arrumbado a tantos otros, convirtió la literatura en el refugio donde guarecerse. Su obra es la literatura del vencido que no se deja vencer, del homosexual que pasea las calles de una España inmisericorde con tantos de sus hijos y especialmente los homosexuales; poeta de guardia donde nadie lo aguarda, un humanista en tiempos inhumanos.

Todo eso se suma al altísimo mérito artístico de una obra que es fundamentalmente un  homenaje al teatro y que esconde entre sus páginas una emocionante reflexión sobre el oficio del actor. Y ya que estas líneas, que espero sirvan de invitación para la lectura de la novela, se publican en el espacio virtual de un estudio de interpretación, el de Juan Codina, creo de interés recuperar aquí algunos párrafos.

El protagonista hereda de sus padres el oficio de actor. Así el joven Richard vive la repentina muerte de su padre no tanto como una tragedia sino como el tránsito necesario para el despertar de su vocación actoral:

Empiezo pues: he vivido al teatro desde mi tierna edad. Mi padre era actor y medio titiritero. Representaba comedias, pero, con sus compañeros de profesión, tenía que improvisar, en las plazas de los poblados, espectáculos de pericia y de agilidad como fin de fiesta. Ejecutando uno de sus saltos mortales, desde un alto trampolín, halló una tarde efectivamente la muerte. Tenía yo diez años y sentí su pérdida, como he comprendido después, más como la iniciación de mi destino que como un cataclismo: de mi destino autónomo, por decirlo así.

Hay algo profundamente turbador en el párrafo anterior. La necesidad, por así decirlo, de matar al padre, que es maestro. Percibimos claramente el sustrato edípico en esta revelación, que se acentúa aún más cuando Richard nos habla de la veneración que siente por su madre, sastra de teatro:

Él era impulsivo, nómada, saltarín; ella resignada. Dedicada a la sastrería, era, también, confeccionadora de disfraces y pelucas, galas destinadas a la ficción, al teatro, y su seriedad y su buen cumplimiento, le valieron, entre los faranduleros, fama de gran mujer a la que, si unos contaban sus cuitas, otros encomendaban sus ahorros.

Sin detenernos demasiado en este punto, Gil-Albert parece remitir a una grieta fundacional del artista, a una sacudida de los cimientos en algún punto de la infancia, a ese ausentarse del mundo aparente de los niños que luego van a dedicarse a eso de “ser artistas”. Pero, por fortuna, lejos de ahondar en estas sombras, pronto descubrimos el inmenso goce que supone para el protagonista dedicarse a la interpretación:

Y heme de pronto convertido en actor, declamador, espadachín, héroe, asesino. ¡La escena! No concibo otro oficio, otra aventura, otra laboriosidad. ¿Podía haber sido otra cosa que lo que fui este ser cambiante lo llamaría yo que, por un talento que se nos otorga, y que para tentarnos se disfraza de necesidad, de necesidad y aun de indigencia, parece resumir en sí lo proteico del alma ajena, paralizada en vivo por unos instantes como si, por un don instintivo de ubicuidad, o quién sabe si por la constancia en nosotros de un espíritu múltiple, nos prestáramos a encarnar, insuflando nuestro aliento, la fisionomía y el drama de un ser transitorio y siempre distinto? ¡Sí, resplandor escénico, inquietante proyección personal en la nada del mundo! ¡Cuánto placer te debo, ocupación febril, superación excitante, abatimiento! Nada podría compararse a esta vida tránsfuga en la que el actor hace las veces de un diamante tornadizo por debajo de cuyas facetas, tiñéndolo como el estilo de un pintor o el acento de una música, revelamos la presencia inconfundible de una corporeidad: la de un ser expresivo que se transfigura perpetuamente sin dejar de ser él, él y no otro. Sí, agradezco a todos los cielos el que, entre todos los oficios a los que el hombre ve supeditada su vida, me haya brindado éste que, en lugar de reprimir, expansiona?

Qué bellísima manera de definir el oficio del actor,  qué certero modo de abordar el asunto de la predestinación (o disposición) sin caer en petulancias narcisistas, qué celebración de la alegría del teatro.

Aunque lo siguientes párrafos bordean lugares comunes sobre la bohemia del oficio —recordemos que describe una compañía del siglo XVII—, se ocupa con tino del don “de la facilidad”, de aquellos intérpretes que expresan su arte “como el agua la frescura y el sol la luz”, porque son poseedores de un secreto.

¿Es acaso un oficio? ¿No parece más que un debe, una gracia, una lujosidad? ¿Que se cumpla en su cometido un trabajo que es tan libre y, a la vez, por así decirlo, tan radical, ya que se acopla de modo natural y flexible al módulo expresivo de la vida misma? El actor expresa el arte como el agua la frescura y el sol la luz, porque lleva en sí el secreto de sus principios constitutivos, la generosidad efectiva de sus condiciones inalienables. Se está dedicado a un trabajo, no como una esclavitud,  ni siquiera como una obligatoriedad, sino simplemente como una expresión. Así he vivido yo mi función como una forma de libertad. ¡Labor sin horarios retribuidos, sin encierros monótonos, sin fastidiosos sedentarismos burocráticos, que cambia de lugar, de luz, de público!

Ya por último, Gil-Albert nos regala este párrafo que esconde un relámpago de verdad porque señala a aquellos que viven el teatro como una rutina, que no arriesgan ni se arriesgan, que no entienden cuántas sombras han de atravesarse para regalar algo de luz, que están en la profesión pero mirándola como desde fuera, como a salvo, espúreos, rutinarios. Por fortuna, están los otros, los que se pierden una y otra vez por encontrarse, los que se arrojan al fuego para alumbrarnos, los que pasando “por divertir a los demás” preparan la más hermosas de las emboscadas.

Bien sé que no todos los que pisan las tablas han sido sellados por el cumplimiento de su fin: existen los rutinarios, los espúreos, que conviven con nosotros, que parecen acompañarnos en una misión que es, en ellos, únicamente tarea; podrían remendar calzado o transportar mercancías sin que estos menesteres supusieran en sus almas deformación o relajamiento. El sino, como en otros aspectos del vivir, se da en unos pocos, que son los que reciben la gracia, y con ella, faltamente, su trasfondo inevitable de inquietud y de sufrimiento. Sin esta inquietud, sin este sufrir, poco puede lograrse de valedero. Incluso en nosotros, los que pasamos por divertir a los demás. Extraña diversión con trampa que, sacando a los hombres de su lugar común, los espolea, haciéndolos entrar, por sorpresa, en las laberínticas vicisitudes del drama humano, en las perplejas inseguridades del alma movediza.

Por Alberto Conejero | 8 abril 2019

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