Salir rana

De vez en cuando aparece en escena la sobrina o sobrino de alguien más o menos cercano que quiere ser actriz o actor y sus mayores se acuerdan de ti -que, a lo tonto, llevas casi cuarenta años en esto- para que hablen contigo y les des algún consejo: explicarles qué pueden hacer, por dónde deben empezar, etc. Entonces se queda una pensando muy seriamente estas preguntas pues no son nada fáciles de contestar.

Lo primero que hago yo en estos casos es preguntarles por qué quieren ser actores. Es importante saber qué idea tienen ellos del oficio. Suelen responderte que, porque quieren hacer cine, salir en una serie, parecerse a tal o cuál actriz o actor de renombre; también mencionan a otros que trabajan en series de moda que yo no conozco porque no veo tele. Entonces me agarro a lo de la actriz de renombre y les pregunto qué trabajos conocen de ella, si de teatro, cine o televisión. Suelen responder que de la tele; contadas veces del cine. Al teatro ni lo nombran. Entonces me doy cuenta de que yo no soy actriz tal y como ellos conciben que es o debe ser una actriz: no hago cine, apenas he hecho televisión, no tengo representante, no soy famosa, tampoco tengo premios. Así que, a partir de mi trayectoria y experiencia, paso a presentarles otra cara del actor.

Yo caí en esto por accidente, no soy como tú, que tienes claro lo que te gustaría ser: persigues un sueño. A tu edad, yo tenía una confusión muy grande. Iba fatal en los estudios, sentía que no encajaba en nada; me aburrían las cosas que supuestamente me tenían que divertir. En fin, lo estaba pasando francamente mal. El futuro, ése que de pequeños pensamos que está muy lejos y que nunca va a llegar, estaba llamando a mi puerta en forma de pesadilla. En el instituto (femenino) me juntaba con las más tiradas de la clase: hacíamos pellas y nos poníamos moradas a litronas y porros. Mi cuerpo se rebelaba contra estas prácticas y terminaba poniéndome muy mala: vomitonas y todo eso. Así que, tampoco era un buen refugio. Estaba convencida de que nunca saldría de ese pozo en el que me encontraba. Me sentía muy culpable. Pensaba que yo, efectivamente -tal y como alguna vez había oído lamentarse a mi padre- había salido ‘rana’. 

Entonces pasó algo completamente imprevisto: sin esperarlo ni buscarlo, el Teatro se presentó un día ante mí y me dijo: “¿Quieres trabajar de bailarina?” “¿De bailarina, yo?” “Sí, tú. Tu ru rú.” Y yo, como no sabía decir que no a nada porque me daba mucha vergüenza todo, dije: “Vale”. Y así, empecé yo en esto. Sin saber muy bien dónde me metía. 

Trabajé bastantes años en teatros y salas de fiesta como bailarina ‘de revista’ y ‘music hall’; también en ballets ‘modernos’ de programas ‘de variedades’ que se llevaban mucho en la época (década de los 80, principios de los 90), en una tv que tan solo tenía dos canales (la uno y la dos). En aquellos espectáculos y programas de tv conocí, además de a una generación de cómicos anterior a la mía -gentes muy peculiares-, a ventrílocuos, acróbatas, magos, transformistas, payasos… En fin, un mundo extrañísimo que no hacía más que abrir mi cabeza y corazón a vivencias que jamás hubiera podido imaginar. Al mismo tiempo, sin darme cuenta, había sido rescatada de aquel callejón sin salida en el que años atrás, ante mi angustiada conciencia, aseguraba encontrarme. A esas edades, imaginar tu suicidio por razones así (no saber por donde tirar en la vida), es algo bastante común y, siguiendo la tendencia, confieso que también, a la joven que fui, se le pasó alguna que otra vez por la fantasía. Se ve que ya empezaba a cogerle gusto a eso de meterme en el drama.  

De ser bailarina, surgió un día la posibilidad de evolucionar mi carrera y pasar a convertirme en actriz. Tampoco esto lo había deseado, ni siquiera imaginado. De nuevo el Teatro se presentó ante mí y me dijo: “¿Quieres trabajar de actriz?” “¿De actriz, yo? “Sí, tú. Tu ru rú”. Y, al igual que la vez anterior, como seguía sin saber decir que no a nada y continuaba avergonzándome de todo, dije: “Vale”. Me contrataron para hacer una gira muy, muy larga, de casi un año, en una compañía de teatro ‘comercial’. La temática de la obra se tildaría hoy de súper machista: maridos que ponen los cuernos, líos que se forman con la aparición de una fulana en escena, salida de personajes por una puerta a punto de ser pillados por sus mujeres que entran en ese mismo momento por la otra, etc. Una comedia, como decían, ‘de puertas y armarios’; también enmarcada en el género del ‘vodevil’. No me encontraba en mi salsa: en aquella gira me sentía muy sola, tampoco terminaba de cogerle gusto a eso de ser actriz. Tenía realmente muchas ganas de acabar y volver a casa, también a la danza. Pero, al regreso, el Teatro se presentó de nuevo con otra propuesta: “¿Quieres presentarte a una ‘audición’ en la que buscan actores jóvenes para formarlos en el teatro del ‘Siglo de Oro’?” “¿El ‘Siglo de Oro’? ¿Y, eso qué es?” “Teatro clásico, en verso. Los ‘octosílabos’, las ‘sinalefas’…” “¿’Sinalefas’?” Había mejorado algo en el tema de la vergüenza, pero aún no había superado el atreverme a decir no. Así que, solté: “Vale”. Me presenté y me cogieron: entré en la escuela de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Fue un año maravilloso. Éramos veintitantos actores, chicos y chicas. Lo primero que hacíamos nada más llegar a los vestuarios del viejo cine de Portazgo -lugar donde se impartía el curso-, era ponernos una ‘basquiña’ (enagua blanca larga que se pone bajo los vestidos de teatro clásico para dar volumen a la falda). De esa guisa, comenzaba la clase de esgrima. Después continuábamos con las clases de historia del teatro, interpretación, verso, canto y danzas ‘pavanas’, propias del Siglo de Oro. Estrenamos la obra de fin de curso en el Festival de Almagro e hicimos temporada en la sala Olimpia de Madrid (hoy convertida en el Teatro Valle Inclán); también realizamos una pequeña gira. Fui feliz. Allí me di cuenta de que quería dedicarme a esto, al teatro. Consagrarme a él. Decidí prepararme todo lo que pudiera: estudiar voz, canto, teatro gestual, de texto, improvisación… Al terminar la escuela me volvieron a llamar para trabajar en otra compañía de teatro comercial. De nuevo tenía que hacer de amante en braguitas y sujetador. Y después, cuando terminó, me comí el primer paro gordo de mi vida (casi un año). Fue un bajón enorme, lo pasé fatal. Otra vez me di a los porros desenfrenadamente. Pero el Teatro vino de nuevo y me dijo: “Déjate de porros que te vas a estropear la voz. Mira, anuncian unas pruebas para entrar en un teatro que van a abrir nuevo. Quieren formar a actores jóvenes pero que tengan ya algunos años de experiencia profesional. Te voy conociendo, se que éste es un proyecto en el que te gustará estar. Hazme caso, preséntate”. Y me presenté. Así fue que entré en el Teatro de la Abadía. Formé parte de la primera promoción de actores. De nuevo, un año de formación intensiva con cinco o seis horas de clase al día de distintas disciplinas y técnicas teatrales. Todo eran descubrimientos y aprender con pulcritud un bello oficio que me acogía generosamente y para el que, decían, valía. Al fin me sentía útil y apreciada en algo que, al mismo tiempo, me liberaba del terrible estigma de haber salido ‘rana’. Mi padre empezó a venir a verme al teatro, a los montajes. Permanecí allí seis años en los que, además de la formación continuada, participaba en bellos espectáculos. Pero las cosas tienen su tiempo y me tocó marchar. No sólo del teatro, de España. Pedí una beca para ampliar estudios en el extranjero y me largué a Londres a estudiar con Phillipe Gaulier, quien tenía una forma muy distinta de entender el teatro. Cogió las técnicas que llevaba yo tan bien aprendidas y a las que me agarraba tan férreamente y no dudó en hacerlas añicos frente a mis compañeros. ¡Menudo ‘flopazo’! Pero, cuidado, antes de que me concedieran la beca, no me libré de comerme el segundo paro gordo (casi otro año). Todo esto te lo voy contando para que veas que no todo es un camino de rosas. Esta es una profesión muy bonita, que incluso te puede salvar la vida, como hizo conmigo, o librarte del trabajo tedioso en una oficina, pero también tiene momentos muy duros. Y duros, durísimos, fueron los trabajos que tuve que desempeñar en Londres para poder pagar la escuela y mantenerme. La beca no cubría ni un cuarto de los gastos y mi inglés era ‘chafalleiro’, por lo que los trabajos a los que tenía acceso eran los más desagradables y los peor pagados que desempeñaba un emigrante. Mis manos estaban llenas de herpes, mis pies de ampollas. Un amigo me mandaba de vez en cuando una china de hachís desde España: volví a engancharme al porrete. Era necesario doparse un poquito para aguantar aquello. Lo conseguí, hice los dos años que duraba la escuela. Tuve la suerte de que, antes de que terminar -quedaba tan solo un mes- me llamaran desde España para trabajar en una producción. Así que, al poco de regresar, comenzaron los ensayos. Al término de la ‘turné’ -por cierto, ¡qué giras más largas y maravillosas se hacían antes, recorríamos toda la península!- volví a quedarme sin trabajo una larga temporada. Pero, tranquilo/a, dicen que Dios aprieta, pero nunca ahoga, y es verdad. Siempre van saliendo cosas para ir tirando. Mientras todo esto sucedía, amigos y compañeros de clase se habían ido colocando. Algunos llegando a hacerse muy famosos. Observas que también se van alejando de tu vida porque los caminos se separan. 

La gran crisis viene cuando cumples cuarenta. Para una mujer que se dedica al teatro es una edad fronteriza: empiezan a llamarte menos. Comienzas a darte cuenta de que ahora solicitan a las actrices que van por detrás de ti, más jóvenes. Entras en sintonía con Doña Rosita la soltera, pero sin embargo nadie te da ese papel. Ni ése, ni otros. Entiendes que se te ha pasado el arroz: que ya no vas a hacer ni a la Laurencia, ni a Rosaura, ni a la hija del aire. Y que, a las Lady Macbeth, Medeas, Clitemnestras… que se monten tampoco vas a tener tú acceso, porque, de hacerlo una actriz madura, lo hará una con nombre y no tú. Ya no te ponen los porros, entonces empiezas a comer y a engordar. Te echas a perder. Pasas una etapa terrible, destructiva a tope. Pero dicen que en el fango nacen flores y es verdad. A mí se me revolvió todo y comencé a escribir. Sí, el Teatro vino y esta vez me dio un lápiz. Dijo: “Sueltalo todo” Y lo hice. Dejé que saliera por la mina lo que por lo bajo me estaba rebullendo. Así fue que estrené mi primer monólogo: protAgonizo, un texto escrito por mí. Salía en pelotas al escenario: sin tapujos, sin importarme lo que pudiera pasar, sin expectativas. Tenía la fuerza que da el no tener nada que perder pues ya lo tenía todo perdido. Sin saber ni cómo, se convirtió en un éxito. Después he vuelto a estrenar otros espectáculos del mismo corte y formato, que a la gente le siguen gustando y tocando mucho, pero nada: te encuentras con las mismas dificultades para que te programen que tenías al principio. Te hinchas a escribir correos, pero la mayoría de las veces ni te contestan. Empiezas a quemarte y a perder el ánimo otra vez. Es una desesperación. No te hacen hueco ni pa Dios. 

Y cumples los cincuenta. Ahora ya, pasas de todo. Te has dejado hasta las canas. De vez en cuando surge algo sorprendente, y es que se acuerda de ti alguien con quien trabajaste hace veinte años y te llama. Entonces vuelves a los escenarios, pero, ahora ya, los trabajos son muy cortos. Hay que chuparse un montón de ensayos, muchas veces sin que te los paguen, para hacer la función -en el mejor de los casos- tan solo dos semanas: ni te da para comer, ni para disfrutar del trabajo actoralmente, pues, cuando le vas cogiendo el punto y empieza a venir el público por el boca a oreja, se acabó. Pero, la verdad, es que, como te digo, se va tirando. No tengas miedo. Si no te llaman, siempre te puedes inventar algo tú. 

No voy a darte consejos, porque no conozco la fórmula ni creo que las haya. Solo puedo contarte un poco por encima mi historia, mi experiencia. No quiero dejar de decirte que, con el tiempo, me fui dando cuenta de que lo importante no es el ‘éxito’ o el ‘fracaso’, si no, lo que durante todos estos años ha ido pasando: la gente que has conocido, tantas experiencias y escenarios compartidos: con compañeros, con el público… Las clases que tomaste y tomas (porque esto nunca se acaba de aprender), las que das tú de vez en cuando, haberte ido hasta Londres a estudiar, la cantidad de wáteres que limpiaste allí, verte bailando, actuando o escribiendo (cosas todas ellas fantásticas, impensables para uno en otro momento de la vida). Lo más bonito de una profesión, lo mismo que de un amor, es la sorpresa. Ser actor/actriz tiene esa bendita cualidad: te brinda experiencias que ahora mismo no podrías imaginar por claro que creas que tienes lo que persigues. En realidad, la vida es así en todos sus aspectos: nos rompe -por gracia- los esquemas a cada paso, revelando cosas y valores que uno no esperaba para nada. Te puedo decir que, hasta los momentos más crudos, me parece un lujo haberlos vivido. Al final, no encuentro que sea nada malo ‘salir rana’. 

Y ahora, si quieres, paso a recomendarte algunas escuelas. 

Por Ester Bellver | 31 mayo 2019

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