ENTREVISTA A EUSEBIO CALONGE. LA ZARANDA.

Llego quince minutos antes de mi cita con Eusebio Calonge a la cafetería del teatro Español para ver si me voy haciendo al espacio y me relajo, porque la posibilidad de poder charlar un rato con él me alegra profundamente pero estoy tan nervioso como si tuviera que salir a escena, ya ves tú qué tontería. Pero es que La Zaranda probablemente sean de los primeros recuerdos teatrales de mi vida –no recuerdo qué edad tendría, pero era muy pequeño la primera vez que los vi en mi pueblo a principios de los noventa– y eso de alguna u otra manera me impone. Historia viva del teatro. Es como cuando ves por primera vez la catedral de Sevilla o el David de Miguel Ángel, se queda grabado en tu retina para siempre. 

A la hora acordada aparece y me invita a pasar al maravilloso patio de butacas del que es el teatro en funcionamiento más antiguo de Europa, para poder charlar con tranquilidad. La última vez que los vi fue el año pasado precisamente en este escenario, con Ahora todo es noche, donde uno de los personajes de aquel espectáculo decía algo así como: Si tenemos unos telones y unas tarimas puestas en cualquier sitio, podremos seguir viviendo, refiriéndose a lo poco que realmente necesitan un espectáculo y un actor para que el hecho teatral ocurra. 

¿El teatro es algo sencillo, no necesita de grandes parafernalias? 

La gente no deja espacio al teatro porque enseguida meten coordenadas de diseño de producción, diseño de escenografía, de iluminación, de dirección, diseño de interpretación, todo eso que no te deja estar perdido ahí en el escenario, y cuando no estás perdido no puedes encontrar, porque posiblemente el teatro sea estar perdido. Incertidumbre. El teatro es riesgo hasta el final. Quien no esté dispuesto a montarse en ese hilo, en esa cuerda floja, yo creo que tiene poco que hacer aquí, y podrá ser un reputado actor famoso de series y todas estas cosas de ahora –que no tengo nada en contra– pero eso lo considero otro oficio.

El teatro artesanal, el de compañía, ese teatro que hoy día es ya tan raro, tan ninguneado y silenciado en muchas ocasiones, el que incorporaba una dramaturgia propia, con hondura y que se expresa a través del juego en el escenario, ese teatro dista mucho de ese otro que se ha levantado sobre unas fórmulas de un equipo de gente que se integra pero por parcelas, pero no brota desde la raíz, la palabra y la acción. 

Pero lo único que te puedo decir sin temor a equivocarme es que  después de cuarenta y dos años en esto lo único que sé es que estoy más perdido que nunca y con el mismo miedo de siempre, quizás con más, porque soy más viejo. 

Cuando uno está creando cree que está cerca de algo, que está encontrando un camino, pero luego se te vuelve a oscurecer simplemente porque tienes que seguir trabajando. Si crees que has encontrado la verdad absoluta, que el teatro te la ha dado, ya no merecería mucho la pena que siguiera aquí, ya hubiera tocado a Dios con las manos, ¿no?

¿Por qué ahora El desguace de las musas? 

He podido mentir en todo en mi vida menos en el teatro, siempre he sido muy sincero en el teatro, porque era la manera quizás de mostrarme ante mí mismo, era mi espejo más nítido. 

Es un desguace porque después de cuarenta años hay muchos elementos que están herrumbrosos, que ya no tienen el fulgor y la fuerza que podrían tener en un principio. En esta función hay un personaje que dice: yo creí que estaba más cerca y lo que estoy es cada vez más viejo y más cansado. En esta función nos enfrentamos con sinceridad a los oropeles y los brillos que venían a resumir una carrera que muchos han dicho mítica, ejemplar, en fin, a toda esa retórica que emplea la prensa, pero nosotros no somos más que un pequeño grupo humano que un día se enfrentaron a ellos mismos desafiando sus propias reglas del teatro. 

Es un trabajo muy sincero, muy desnudo como todos los de Zaranda, donde ahí hay una visión muy política a través de elementos que son muy obvios, urnas para votar, banderas, discursos de muñecos. Todo lo social que refleja el teatro aunque sea sin querer.

¿Qué le pasa a nuestra cultura?

Hace mucho tiempo que convertimos nuestra cultura en La sociedad del espectáculo, como decía Guy Debord. Parece que estamos hipnotizados por lo mediático y lo global, donde solo lo que funciona cara al espectáculo de la imagen es lo que puede verse y se ha ido acallando en contrapartida todo lo que era verdaderamente el sentido de la cultura: hacer personas cada vez con más conciencia para que fueran más libres y cultivadas en su propio espíritu. Esto se ha ido aboliendo en aras de una funcionalidad, todo intenta ser utilitario, todo debe servir para los engranajes del sistema y nos encontramos de pronto con que el teatro como poética, como arte deja de tener valor en un mundo que está plenamente devastado espiritualmente.

El dinero contamina todo y rápidamente te preguntan que qué taquilla has hecho, qué vale tu producto, y nos encontramos con el sistema de producción propio del capitalismo: mínimo gasto y tiempo y máxima explotación. El teatro de creación no se puede limitar a eso porque se necesita un tiempo extenso para tener un lenguaje. Eso está pensado para un público que confunde la cultura con el ocio. Ese mercado del ocio parece que pretende capturar a turistas de la cultura en vez de a un público real, sensitivo, con gusto por lo creativo. El arte y la cultura no deberían entrar en competencia con ese mundo, eso nos coloca a la altura de las revistas del corazón.

Estamos en una época de letargo, aunque creo que necesariamente tiene que volver el hombre a reflexionar, si no lo dejan es porque reflexionar te aparta de la maquinaria. No quiero hacer un teatro en el que no creo y eso te aparta necesariamente del mundo de la producción teatral. 

Y los jóvenes, los que vienen…

Confío profundamente en la gente joven, en la gente que sale de las escuelas. Creo que las escuelas tienen la responsabilidad de formar actores pero también a mujeres y hombres. La formación de actores y actrices debe ser integral. Ese conócete a ti mismo de Sócrates. En el actor eso forma parte de su formación diaria, pero realmente como práctica, no solo como algo teórico, no solo filosóficamente sino además físicamente para poder expresar, por ejemplo desde el hígado en vez desde el cerebro,  o desde la sangre o la respiración. El actor se conoce haciendo así que el papel de las escuelas en este sentido es fundamental. 

Hay que prestar especial atención a esto ya que los jóvenes de hoy lo tienen más complicado incluso que nosotros cuando empezábamos. Nosotros lo tuvimos muy mal pero estamos vivos por Latinoamérica. Cuando llevábamos diez años aquí llegó un momento en que ni llegaban contratos ni nada, nadie se fijaba en nosotros y fue en Argentina o Buenos Aires, países donde medularmente están más familiarizados con el el teatro, donde se nos empezó a reconocer de alguna manera. Para nosotros la salvación y la inmensa fortuna fue poder atravesar el charco y darnos cuenta de que allí nuestro teatro sí tiene una vigencia que parece que aquí no se nos reconocía. Eso es lo que nos mantuvo vivos verdaderamente. 

Aquí hay grupos o compañías jóvenes que muchos están desapareciendo porque el vacío que se ha generado alrededor de la programación los absorbe. Les dan dos días en un teatro o giran por un pequeño núcleo de salas alternativas pero no se pueden mantener. Cuando quieres hacer un trabajo profundo, cuando tienes un lenguaje y quieres desarrollar tu poética, necesitas más tiempo, tú no puedes hacer un trabajo cada seis meses para responder a un circuito que al final tampoco te va necesitar ni a querer con tanta frecuencia. 

Estos jóvenes merecen que sus trabajos se puedan ver, que puedan llegar al público y permanezcan durante más tiempo en los escenarios, y sobre todo que ellos puedan aprender, porque es en el escenario y frente al público donde tu trabajo se fragua. Pero claro, cuando te programan tan poco tiempo los que van a verte son tus propios amigos y familiares, que te vitorean –lógicamente– pero no te estás enfrentando a un espectador neutral, a un público real.

Nos encontramos ante una realidad desoladora

Se necesitan locales de ensayo, los que gestionan lo público tienen que  facilitar de una vez por todas que los jóvenes tengan acceso a locales de ensayo, porque solo alrededor de un local es como se puede formar una compañía. La compañía es básica, somos la gente de teatro, personas que trabajamos en un arte de colectividad, no un arte de yo te encargo y tú me haces, no, hacemos un arte de contagio. Para la gente de teatro el contagio es fundamental, necesitamos contagiarnos de la esperanza, de la fuerza, del sentido del fracaso y eso solo se da alrededor de un espacio donde poder encontrarse. Las instituciones y organismos tienen que entender esto, la nave de ensayo es algo vital más que salas de exhibición incluso.

Hay mucha precariedad para cualquiera que luche por llevar su propio lenguaje al escenario, algo que no sea un repertorio diseñado desde las oficinas de los productores de turno, o las oficinas de un ministerio. Las producciones no nacen de las compañías porque no se orienta ni se forma a la gente en eso. La burocracia es una máquina de triturar lo vivo, y ante esto lo único que puedes hacer es salir corriendo para que no te atrape. Parece que lo único que interesa es el teatro comercial, que desde mi punto de vista es tremendamente aburrido.  

¿Cómo vive La Zaranda esta fiebre de lo efímero, de la necesidad y urgencia de inventar algo nuevo cada cinco minutos y que lo que ocurrió ayer ya no tenga valor ninguno?

En el arte, cuando se quiere ser actual se tiene que crear para lo eterno, esto es una máxima que llevamos a rajatabla. Cada palabra tiene que ser dicha como si se dijera en el oído de un agonizante, para que sea verdad, para que no sea pura retórica, que no se caiga. 

En este mundo de ahora donde no existe la crítica, pero si hay muchas opiniones, que fluctúan, que hacen ruido pero ni siquiera tienen verdadera furia, lo único que uno tiene que hacer es estar sumergido en su propia creación, donde conseguir que el ruido de ese mundo sea cada vez más leve y alejarse de esa velocidad que no va hacia ninguna parte. Como decía Juan Ramón Jiménez: No corras, ve despacio, que donde tienes que llegar es a ti mismo. Uno tiene que ir atento a su propio camino y confiando en su propio dolor, ese es un buen baremo, las cosas que te duelen o te preocupan son las que merecen la pena. 

¿A qué problema se enfrenta hoy La Zaranda?

El problema real siempre eres tú mismo, es fácil echar la culpa al mecanismo del mundo, a lo externo, eso es otra cosa, eso está fuera, pero el problema real eres tú mismo, tu miedo, tu propio agotamiento. 

Yo intento ser sincero siempre, siempre pongo lo que me pasa encima del escenario. El miedo real es el miedo a no tener nada que expresar, ¿no? Ese es mi miedo más grande. Otro gran miedo es no poder expresar lo que uno quiere. Yo creo que estos son los verdaderos miedos de un creador, lo demás son las circunstancias: que el mercado es cada vez más cerril con la obra de arte, que el espíritu está casi abolido, pero el miedo interno es el problema más poderoso. 

¿Después de tantos años, qué es para ti el éxito?

No hay que hacerle demasiado caso a esa idea del éxito, uno debe estar preparado porque crear es bajar a los infiernos, como en el mito de Orfeo. Necesariamente, para rescatar belleza vas a tener que sufrir mucho, hasta la extenuación casi, para que salga algo en un ensayo que vaya más allá de lo que tú habías pensado, que te sorprenda o te ilumine, que verdaderamente te haga seguir un camino. El éxito no es más que la posibilidad de trabajar y poder mostrar tu trabajo con humildad.

¿Qué le dirías a alguien que empieza en esto de la dramaturgia, que quiere dedicar su vida escribir teatro?

No hay un camino para esto. Si quieres estudiar medicina o matemáticas hay unos libros donde puedes aprender cómo hacerlo. ¿Para escribir teatro qué libros hay? Tienes que aprender de tu primer beso, de tu primera muerte, tienes que aprender de lo que la vida te va enseñando. Por supuesto leer y ver mucho teatro pero también ver mucha pintura, escuchar buena música, nutrirte de todo. Y estar dispuesto a bajar a los infiernos por muy romántico que nos pueda sonar. 

Y para terminar, algo que siempre me llamó la atención en vosotros. ¿Por qué no recogéis el aplauso del público al final de la función?

Nos gusta que el espectador se lleve la imagen de los personajes, principalmente es por eso, que la obra siga viva y que no tenga la conclusión de los actores. A mucha gente le parece raro, a otros les molesta, pero nos gusta la idea de que los personajes sigan dentro de los que los  han contemplado. 

Por Chechu Zeta | 6 junio 2019

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