BLANCA PAULINO. LA ÚLTIMA APUNTADORA.

Casi al final de la programación de la temporada pasada en los Teatros del Canal pudimos disfrutar de SOPRO (Soplo), un espectáculo del dramaturgo y director portugués Tiago Rodrigues que protagonizaba Cristina Vidal –una de las últimas apuntadoras del Teatro Nacional D. Maria II de Lisboa– interpretándose a sí misma. La función, un profundo acto de amor y respeto hacia la profesión del apuntador, me hizo preguntarme si en nuestro teatro aún quedaban apuntadores en activo; bueno, estaba casi seguro de que no, nunca conocí a ninguno en ningún teatro, pero pensé que tal vez en el Clásico o en el Real a lo mejor todavía había alguno en plantilla. Y si no era el caso a ver si por lo menos conseguía localizar a alguien que lo hubiera sido y que me contara de primera mano los entresijos del oficio. 

Finalmente comprobé cómo los apuntadores, que en el pasado formaron parte de la piedra angular en la estructura de cualquier teatro o compañía, habían empezado a desaparecer a mediados de los ochenta y que en los noventa se podían contar con los dedos de una mano. Pero logré dar con la que había sido la última apuntadora de teatro en nuestro país, Blanca Paulino, y hace unos días tuve la ocasión de poder conversar con ella en NuBel, en el Museo Reina Sofía.

Al principio de la década de los setenta el panorama teatral en la capital era muy diferente a lo que hoy conocemos, eran otros tiempos. Se mezclaban las compañías de repertorio con las que empezaban a hacer teatro experimental, el teatro universitario con la revista, los balbuceos del teatro independiente con el de las grandes figuras. Madrid estaba lleno de teatros. Había muchos, por todas partes, grandes, pequeños, para casi todos los gustos podríamos decir, y en la mayoría era normal lo de la doble función. Y cómo no, la censura del Régimen campaba a sus anchas intentando controlar lo que se decía en sus escenarios. Camuflados entre el público en el patio de butacas, los censores vigilaban las palabras en boca de los actores a la caza de textos subversivos. 

Por entonces la gente de la profesión se reunía en la cafetería Dorín –hoy convertida en una sucursal de una cadena de bocadillos– en la calle del Príncipe, junto al Teatro de la Comedia. Un lugar frecuentado por los directores y productores teatrales de la época donde cómicos y técnicos se dejaban caer en busca de algún bolo o algún contrato que les salvará el mes o la temporada. Un día, de casualidad, Blanca –que acababa de terminar el bachillerato y estaba cursando estudios de secretaría, inglés y francés– entró a tomarse un café y dentro se topó con José Luis Alonso, director del Teatro María Guerrero en aquel momento, que le propuso trabajar como actriz. Y a sus diecisiete años, y sin haberse planteado nunca dedicarse a esto, le dijo que sí. Pronto comprobó que aquello no era fácil, que se ponía muy nerviosa y lo pasaba realmente mal. Pero ya tenía dentro el veneno del teatro y en apenas unos días se vio atrapada en un mundo del que no quería salir. 

Tenía claro que su sitio en la profesión no era ponerse delante del público, pero también estaba segura de que su futuro profesional iba a estar muy ligado a aquello. Ahora tenía que encontrar cuál sería su lugar, qué labor iba a desempeñar dentro de ese nuevo universo que se abría ante sus ojos. Y no tardó mucho tiempo en descubrir que la parte técnica le permitía desenvolverse con soltura y la presión que le provocaba aquello de la actuación  desaparecía. 

Entonces no había escuelas como ahora y la única manera de aprender cualquiera de las labores técnicas del gremio era trabajar a modo de becario junto a un profesional para poder conseguir un carnet que acreditase que estabas capacitado para desempeñar ese oficio. Blanca se pegó a un regidor, casi día y noche, armada con un bloc de notas donde apuntaba hasta el último detalle y, tras seis meses de meritoriaje –dos meses haciendo tragedia, dos de comedia y otros dos de teatro musical– y el sello correspondiente que acreditaba su aprendizaje, empezó a trabajar como regidora en una profesión donde todos eran hombres y ella la única mujer. Corría el verano del 72.

Se sentía una afortunada, porque de alguna manera sabía que estaba haciendo historia. A veces tuvo que poner a más de un compañero en su sitio cuando intentaba propasarse. Gracias a su mano izquierda y a la seguridad que tenía en ella misma consiguió que todos la respetaran y la considerasen como a uno más. Trabajó con los productores más importantes del país –Redondo, Collado o Goyanes– que intentaban colársela a la censores atreviéndose a montar obras de los entonces proscritos Arrabal y Alberti. Unos productores que, por cuenta y riesgo propios, invertían grandes cantidades de dinero en espectáculos que corrían el peligro de tener que suspender a los pocos días de haber estrenado. Eran tiempos complicados para la libertad de expresión y de las oscuras cloacas del Régimen llegaban a veces amenazas de bomba que se quedaban en eso, amenazas, pero que provocaban el desalojo de los teatros, cortes de tráfico y el consiguiente revuelo. 

Pero un día Blanca dejó de ser regidora para convertirse en apuntadora. La razón que le hizo cambiar de oficio a pesar de que le iba estupendamente fue que su pareja también era regidor, y en las compañías no había sitio nada más que para uno. Así que si querían poder salir de gira juntos tendrían que desarrollar diferentes trabajos dentro de una misma compañía y se puso manos a la obra. Después de otros seis meses del correspondiente y riguroso meritoriaje empezó a trabajar como apuntadora. 

La labor del apuntador era vital para el perfecto desarrollo de la función. Por ejemplo, en las compañías de repertorio los espectáculos se montaban en quince días, y al tener varias obras en la cabeza era más común que los actores pudiesen olvidarse del texto. Si esto ocurría, sonaba cual resorte desde la penumbra de la primera primera caja del escenario la salvadora voz del apuntador que, proyectada desde el diafragma y a un volumen adecuado, el actor alcanzaba a oír sin que el público se percatara y finalmente conseguía salir del jardín en el que se hubiera metido.  

Blanca, como todos sus compañeros de oficio, ha trabajado muchas horas en la más absoluta oscuridad –que le ha provocado algunos problemas de fotofobia en la vista– siguiendo el texto con una minúscula linterna. Invisible a ojos del espectador pero acompañando a los intérpretes en ese adrenalínico viaje que es una función. Después de casi cincuenta años dedicados a esta profesión y de haber trabajado con todos los actores y actrices que podamos imaginar, en casi todos los teatros de Madrid y de España, han sido muchas las anécdotas. Toda una vida. Incluso estuvo a punto de dar a luz a uno de sus hijos en un teatro, el Teatro Reina Victoria, donde rompió aguas aunque finalmente consiguió llegar al hospital.

Poco a poco las labores del apuntador fueron siendo absorbidas por el traspunte o el regidor. A mediados de los noventa podemos decir que la profesión había desaparecido. Blanca fue la última, consiguió aguantar hasta hace diez años. Desde entonces sigue trabajando en la misma casa –La Comedia, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico– pero desarrollando su otro oficio, la regiduría, paradójicamente con el que empezó en esto.

Fue un placer escucharla. Siempre es hermoso encontrar a gente que ama su profesión. Me transmitió un entusiasmo y una dedicación extraordinarias. Una mujer maravillosa y que, a falta de cuarenta y cinco funciones para jubilarse, aún sigue deseando que le toque la lotería para poder montar su propia compañía.  

Eso es entrega y lo demás son tonterías. Yo con personas así me voy al fin del mundo si hace falta.

BRAVO.

Por Chechu Zeta | 7 octubre 2019

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