GERONTOCRACIA

¿Qué hacer cuando el primer domingo de diciembre amanece y no augura más que el diluvio? Lo único que parece adecuado en estos casos: pasar la jornada follando; largo y profundo. Así que a lo dicho, pecho, y me echo en los brazos de El Irlandés. Doscientos minutos, con un par; un polvazo, que duda cabe, bien de l…. y de p…….

Mi amiga la Almarcha que de mujer lo es en todo infalible me previno que este polvo, o sea esta peli, pide cine, o sea sala. Lastima que ni en las mejores manos me resista a la desobediencia. Tendido en el sofá, mientras la tristura de la mañana me arrulla, me enciendo con la hermafrodita Netflix. Consciente, eso sí, de desaprovechar el gemido del surround y el XL de la pantalla, atributos todos estimulantes de franco, muy cierto, pero la televisión de pago tiene también sus encantos. Tan avariciosa como sumisa ofrece un servicio exclusivo; volver atrás y y clonar un orgasmo tanta veces como el cliente requiera. Ventajas de pertenecer a un mundo donde la moral y los burdeles de Silicon Valley son la misma cosa.

Decir que El Irlandés es un obra maestra no es sino una obviedad, pero yo prefiero rendirme a la inteligencia y ser previsible (en ocasiones se me presenta Rajoy por las noches) que embarcarme en esa obsesión tan contemporánea por construir un relato propio que a la realidad supere. Hay que tener cuidado, se empieza así y se acaba dirigiendo un país, una revolución, o peor aún, Los Serrano. El secreto, esto lo saben los viejos, esta en las dosis.

Hablemos de viejos 

Bien podría El Irlandés, tratarse de la versión de una obra extraviada de Chejov, donde los personajes se afanan en remediar una existencia incompleta, víctimas de la inexorabilidad del tiempo. Scorsese, dirige aquí, con batuta de platino y ese genio suyo tan genuinamente americano una película tan larga que, fijate que paradoja, te deja con ganas de más: como la vida misma. Honda, madura y compleja; luce ese particular color que cobra la mirada cuando se encuentra cercana al solsticio. Lo hace reuniendo a una camarilla de actores con los que comparte edad, carisma y talento; y a quienes, valiéndose de sensuales mañas digitales, ha manipulado estéticamente, alimentando así la leyenda de que una estrella nunca muere. Un fresco atemporal, un diálogo de perros viejos amamantados con la leche de Dorian Gray. Cine para gerontófilos que padecen el mal de la coquetería.

cleardot.gifQuiere sin querer la película además, convertirse en un acto de justicia poética, un inocente ajuste de cuentas que evidencia el inmenso legado que esta generación nos deja. Uno. Recuperar a ese perfecto cabrón, digo actor, que se llama Joe Pesci –veinte años retirado de las pantallas, salvo una incursión hace diez, y reaparece en mejor forma que Messi; esta pulga pica el Oscar, se masca. Dos. Devolver la condición de Padres de la Patria al tándem De Niro-Pacino. Dos infinitos actores cuestionados en los últimos años por sus trabajos postreros; soportando esa insufrible tabarra que nace de la falta de empatía. Parecemos olvidar que no siempre el destino esta en nuestras manos, y que no hay peor pecado que la ingratitud, en especial con aquellos que no desperdician la oportunidad, si la ocasión lo merece, de regalarnos la mejor versión de sí mismos. A saber, y por ejemplo, la escena que en mitad de la película enfrenta a nuestros dos papis, charlando en la habitación de un hotel, sin más protección que la de un escueto pijama. Diez minutos memorables. Dos viejos pellejos.

Lo que esta claro es que hoy, en un mundo del revés, lo canalla, es ser viejo. Y si no recuerden el movimiento de indignados de hace unos años liderado por dos nonagenarios: Hessel y Sampedro. O poco después, Manuela Carmena, nuestra abuela chillout, que se inventó un Madrid descaradamente libre. Sin olvidar a la divina Jane Fonda, a quien vestida de rojo y con ochenta años, se llevan detenida cada viernes por subversiva. Cierro los ojos y creo estar escuchando a Tierno Galván rezar por lo bajo: «bendito sea el caos porque es síntoma de libertad». Me empieza a poner cachondo pensar en envejecer.

 

Por Juan Codina | 14 diciembre 2019

« Volver Atrás