VIVA LA PEPA

Hace treinta y cinco años Pepa Flores volvía a su casa, a Málaga, por ver si encontraba un poco de libertad, si hallaba la manera de vivir en paz y tranquilidad. Necesitaba estar con los suyos, criar a sus hijas y mirar el mar. 

Había salido de allí en 1960 para convertirse en el rayo de luz de la industria del cine, del régimen franquista y de todos y cada uno de los españoles. El juguete perfecto para todo un país. 

En el cine, en la tele, en la radio, en forma de muñeca, en los cromos, en los tebeos. En cada rincón, en cada casa. 

El negocio se convirtió en algo desorbitado, imparable. Y aguantando todo el tinglao el cuerpecillo de aquella dulce y angelical niña rubia. Lo aguantó todo. Lo hizo todo. Si había que cantar cantaba, si había que bailar bailaba, si tenía que ir jugar con las nietas del generalísimo, pues jugaba. Una suerte de infalible comodín al que usaban para iluminar cualquier recuerdo de oscuridad. 

Pasó de moda la copla y llegó lo yeyé y la niña se convirtió en mujer. Y de nuevo su figura parecía adaptarse a lo que cualquiera necesitara. Las historias de sus películas cambiaron para mostrar a una joven más moderna y sensual pero que igualmente estaba a expensas de lo que dictara el deseo de los demás. 

Un control exhaustivo sobre su figura, una sobrexposición desmesurada. El matrimonio con el hijo del productor de todo aquello, blablabla, blablabla, blablabla. En fin. Está escrito y contado de mil y una maneras, es ridículo pero sobre todo obsceno volver a reproducirlo.

La persona que había detrás del personaje –que para más inri se había dejado la voz por el camino– necesitaba mandar todo a la mierda y trabajar con quien le diese la gana. Y así hizo. Vinieron Camus, Saura o Bardem. La mujer que había debajo de tanto circo necesitaba casarse por amor, necesitaba dejar claro –puño en alto– quién era y qué quería. 

Esta noche Pepa Flores será la protagonista de la gala de los Premios Goya, pero parece que no va a recoger el premio honorífico con el que la honra la academia. Ya lo ha dicho toda su familia, lo han dicho sus hijas, lo ha dicho su hermana y lo ha dicho su pareja. No va estar, no va a aparecer, no vamos a ver cómo sostiene entre sus manos el cabezón. 

No la veremos porque se fue hace treinta y cinco años, cansada y exhausta, a vivir la vida de otra manera. Alejada de lo mediático, de todo aquello que casi se la lleva por delante. Y lo ha conseguido. Y en eso no va a ceder porque lo suyo le ha costado. 

Probablemente nunca seamos capaces de entenderla. Porque precisamente la integridad de su decisión y cómo la ha llevado a cabo es lo que más nos alucina. Esa capacidad que ha conseguido erigir dentro de su ser para no volver a sucumbir, y mantenerse firme como una diosa. No cualquiera puede. Pero claro, no cualquiera es Marisol y ni mucho menos Pepa. 

Mito y leyenda del cine a la que no le ha hecho falta morirse para conseguirlo. Viva la Pepa, viva su determinación.

Dejémosla vivir tranquila, no nos debe nada.

Por Chechu Zeta | 25 enero 2020

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