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A las 4:45 de la madrugada, en la aséptica habitación de un hospital cualquiera, me aferro a la mano de mi padre con la impotencia del que se sabe ya huérfano. Yo entonces tenía 34 años. Unas horas antes, el equipo de oncólogos  que durante la enfermedad le atendieron concluían que la muerte acabaría por presentarse esa noche. La sala de espera del hospital se transforma entonces en un campamento donde la esquela familiar al completo finge prepararse para dar testimonio del paso decisivo. Mitiga cada cual la falta de valor como puede. Todos quieren estar cerca, pero no tanto como para obligarse a contemplar aquello que nadie desea. Finalmente, rodeado de todos sus seres queridos, fieles a la espera aunque ciegos por la niebla con que la muerte intimida, mi padre deja este mundo a solas con su hijo el mayor, que soy yo. Una mano profundamente viva declara su amor a una mano profundamente muerta hasta derretirse en ese lapso que separa la realidad del recuerdo. 

No soy tan ingenuo como para pensar que es el amor en momentos tan trascendentales el único dueño de nuestra voluntad. En todo lo que a humano huele la vanidad acecha conjurándose como el relicario de nuestras debilidades. Acompañando a la muerte aquel que me había dado la vida creí sentirme el heredero de una biografía ejemplar. Mi padre fue un esteta de clase media, capaz de negociarlo todo excepto la decencia, una virtud con la cual se preocupó tanto que acabó por elevarla a la categoría de las bellas artes. Todas las mujeres se rendían cuando tenían la oportunidad de bailar con él. 

El día de su muerte y la mañana del siguiente se registran en Madrid temperaturas demasiado altas para esas fechas. Entonces Greta Thunberg solo tiene cuatro meses y el síndrome de Asperger o el TOC no forman parte de nuestro vocabulario. Nadie se pronuncia sobre el cambio climático. En cambio viene el personal fúnebre a preguntarnos si deseamos hacer algún tipo de oficio religioso antes de la incineración. Les digo que no, que solo queremos estar juntos en el interior de la capilla unos minutos para un breve ritual laico. Hago pasar a toda la familia y amigos, asegurándome de que nadie quédara fuera. Dejo pasar un minuto, admirado de la poca diferencia que que a veces hay entre el silencio y un grito. Respiro y entro. A partir de ahí todo transcurre en cámara lenta. Lo primero que veo es el féretro sobre el altar mayor, ligeramente desplazado a la izquierda. Doy unos pasos más mientras la mirada empieza a ganar perspectiva, y descubro entonces un lugar inflamado. Todos los asientos están ocupados, mucha otra gente se reparte de pie por laterales y fondo. Sigo avanzando con ese orgullo infantil que da el saber que el teatro está lleno. Llego hasta el sacro proscenio y de reojo echo un último vistazo al escenario donde mi padre aguarda para hacer el definitivo mutis. Miro al público, agradecido de tan sincero amor, y como un regidor diligente doy la orden final y exclamo: ¡Solo existe una forma de despedir a mi padre! Y en cuanto acabo la frase empiezo a aplaudir. Un segundo más tarde se suma la platea de forma unánime. El aplauso fue largo, mucho. No es fácil que te aplaudan un mutis.

…………… Miedo y dolor, mucho. Secuelas, todas. Pero lo verdaderamente imperdonable de la plaga de nuestros tiempos es esa crueldad con que el bicho nos niega el sagrado derecho a la despedida, la maldición de una Antígona viral que, impotente, ve secuestrado el ritual que al difunto amado debe. Lo que no ha muerto se ha roto; y ahora solo cabe aguardar a que los cielos nos protejan de los Ayusos que, con cacerola y odio en la boca, sueñan con deshacerse del resto. A mí desde luego solo me van a encontrar con pegamento en la mano. Puede que lleve las de perder con tan inocente armamento. Ni tan mal, si de algo presumo es de obrero, que no de facha…………….

…………… Pero hoy, poniéndome en la cabeza a la loca primavera, quiero y tengo algo que celebrar, a saber:

UNO. Que hoy, 18 de mayo, es el cumpleaños de mi padre, que serían 85, y que yo, con 51 y todavía vivo, sigo honrando su memoria.

DOS. Que mis cachorro-pupilos han sabido estar más que a la altura de este suplicio.

TRES. Que hoy, abriendo, más de dos meses después, de nuevo esta página, desde el Estudio iniciamos una desescalada, simbólica todavía,  sí, pero decidida, según las fases vayan avanzando, para volver, al fin, a la actividad. Quién me iba a decir que el verano de este año iba a ser tan caliente.

Mi padre se llamaba Juan Codina. Y yo tengo una escuela que dirigir.

Por Juan Codina | 18 mayo 2020

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