LA CONJURA
LA CONJURA

Durante la cuarentena, y como en tantos otros sitios, el virus golpeó fuerte en el Estudio. Entre los alumnos Blanca perdía a su madre, Sergio a su abuelo, Yaiza a su abuela y Luna a su hermano. Karmele, profesora, perdía a su madre. Antiguos alumnos vinculados aún a la escuela, como Juan, perdían a su padre o Eva a su abuela. Muertes que rompieron el corazón de todos ellos y que al resto nos unió, si aún cabe más, en un luto compartido. La conjura estaba servida. Que el hijo de puta del bicho nos podía quitar la vida era un hecho, otra cosa bien distinta era permitir que acabara por apagar la luz que de la ilusión nace. No es resignación lo que los desaparecidos claman desde el más allá; y si de algo sabemos la gente que nos dedicamos a esa rareza que es el teatro es que sin transformación no hay esperanza.

Así las cosas, llegábamos al 8 de junio y Madrid entraba en fase 2, lo que significaba (porque contamos con espacios preparados para cumplir todos los protocolos) la posibilidad real de reabrir la escuela y asumir el riesgo que suponía reincorporar al lugar de trabajo a la plantilla completa de trabajadores, el equipo de profesores, más todos los alumnos de regular y postgrado: si sumas son 150. Hoy, 31 de julio, nos vamos un mes de vacaciones con la satisfacción de sentirnos un poco más vivos. La organización del espacio, inteligente e higiénica, ha funcionado. La suerte y la fuerza nos han acompañado. No se ha dado un solo caso de positivo, cuanto menos un rebrote. Nos debíamos esta aventura, qué coño.

He sentido siempre una fuerte vocación por la pedagogía, tanta como la que siento por la actuación, lo que no me impide admitir que, dentro de la estructura mediática de la profesión, las escuelas ocupan el escalón más bajo (bueno, yo no comparto esta afirmación, pero no viene ahora al caso el debate). Y sin embargo, paradojas del protocolo, se convertían en los primeros lugares -lo llaman justicia poética- donde se nos permitía volver a jugar a hacer teatro. Los actores podemos dejar que todo pase, salvo la oportunidad de demostrar quiénes somos. Había que hacer teatro, por lo civil o lo criminal, pero había que volver a hacerlo. Hace dos días, este miércoles, los grupos de tercero -mañana y tarde- dirigidos con mano mágica por Fernando Soto, mi hermano del alma al que tanto quiero, nos regalaron en el jardín de Guindalera, a los que allí estuvimos, dos jornadas de teatro con la emoción y belleza que destilan los reencuentros. Al mismo tiempo Tomás Pozzi/Cabane sacaban a los grupos de segundo fuera del espacio de trabajo para recordarles que el teatro verdadero empieza en la calle. Y así en flashback hasta el 8 con todos los procesos que el resto de profesores han construido en este breve tiempo.

Con todo, lo que para siempre quedará en un camarote privado de mi corazón fue el viaje emocional que durante los tres meses de cuarentena me pegué con todos mis alumnos. Compartimos risas, lágrimas, miedo, rabia, ternura, impotencia, alegría y todas esas mariconadas que a los actores nos hacen sentir especiales. Sé que todo esto que cuento es muy cursi, pero a mi edad y con la que está cayendo, o te pones tetas o te echas en brazos de la pornografía sentimental. Mis cachorros son la verdadera razón de mi existencia, y ya se sabe lo que las princesas del pueblo hacen si llega el caso: por ellos matan. Eso decía Yoda a Skywalker hablando de sus padawanes: «Somos lo que ellos consiguen». Qué razón tenía el cabrón del enano.

Últimas preguntas: ¿Quién está más loco? ¿el loco? ¿o el que sigue al loco?

Estudio Juan Codina. Escuela de Jedis.

 

Por Juan Codina | 31 julio 2020

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