ENTREVISTA A ALBERTO CONEJERO
[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»ENTREVISTA A ALBERTO CONEJERO» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»1em»][wolf_fittext max_font_size=»20″ text=»Hablamos con el dramaturgo con motivo del estreno de La geometría del trigo» font_weight=»500″ text_transform=»none» letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]
Hace cuatro años se estrenaba en el Teatro María Guerrero La piedra oscura, un montaje que terminaría llevándose cinco Premios Max. Entre ellos, el de mejor autor para Alberto Conejero, que ayer volvía a un escenario del Centro Dramático Nacional, esta vez a su sede del Valle-Inclán en el barrio de Lavapiés, con La geometría del trigo (dosbigotes, 2018), un espectáculo que escribe, dirige y produce él mismo.
La geometría del trigo nace a partir de un recuerdo que le contó su madre. Es la historia de lo que le ocurrió a unos amigos del pueblo cuando eran jóvenes, antes de que él naciese, y aprovecho precisamente ese salto en el tiempo para viajar hasta el Alberto que no conozco, al niño nacido en Vilches (Jaén) en 1978.
Alberto Conejero es andaluz, pero realmente nunca ha vivido allí, solo durante los veranos que de pequeño pasaba con sus abuelos en el pueblo. Antes de cumplir los dos años sus padres se trasladaron a vivir al madrileño distrito de Villaverde. A pesar de todo, Alberto Conejero tiene un fuerte arraigo con su tierra y se siente profundamente andaluz, él mismo define como un madrileño de Jaén y muestra sorpresa al pensarlo en voz alta: “Es curioso esto, sentirse tan arraigado a un lugar que no se ha conocido, bueno, que no se ha vivido, mejor dicho. Yo me he escolarizado y educado en Madrid”.
¿Qué llega antes, la poesía o el teatro?
La poesía. Pero para mí no hay una distinción genérica tan fuerte, no lo vivo como si estuviera escribiendo desde dos lugares distintos. Creo que el teatro siempre ha sido un buen albergue para la poesía, y a la inversa, pero lo primero fueron poemas –malísimos– de un niño repelente y raro de once años que hablaban de la soledad.
¿Tu primer recuerdo del teatro, Alberto Conejero?
Bueno, recuerdo… Yo creo que el recuerdo inventa. No sé si esto me lo he inventado, pero sí tengo claro que he tratado de encontrarlo. Y no es uno, son dos: un montaje de Las Bacantes en el Festival de Teatro de Segóbriga, que debía tener unos trece o catorce años y luego la lectura de Bodas de Sangre. Ambos son casi inmediatos, van muy seguidos, de la mano.
Imposible olvidar esa primera lectura de Bodas de Sangre, ¿no?
Me sucedió el teatro leyendo aquel libro y me dije: “esto es lo que quiero hacer”, sentí que ahí estaba todo.
¿Casi como un pálpito, justo en ese momento, después de leerla hallaste lo querías ser?
Encontré la vocación pronto, muy rápido. Descubrí que aquello de alguna manera tenía poesía, que también era música… Creo que, como fui un adolescente solitario, el teatro me daba la oportunidad de estar, de hacer un nosotros. En mi caso, la transición o el viaje de la poesía al teatro también tiene que ver con esto, con la necesidad de establecer un nosotros, de estar juntos.
Imagino que, igual que existieron aquellos primeros poemas, un día aterrizaron en el papel los primeros personajes que rondaban tu cabeza y le diste forma de obra de teatro. ¿De qué hablaba?
Era muy mala también, escrita en plena adolescencia, imagínate. El jardín de la Luna Negra se llamaba. ¿Puede ser un título más cursi? Era una obra muy afectada, muy intensa. El personaje principal era un jinete que se dedicaba a vender caballos, un tratante gay de caballos. No es una buena obra, pero tenía esa ingenuidad que es muy fértil y muy luminosa. Escribir sin esperar nada, escribir por el puro placer de hacerlo.
Supongo que, como nos ocurre a los actores, el del escritor, como el de cualquier oficio artístico en este país, no es un camino sencillo…
Mira, lo primero mío que se hizo profesionalmente fue Húngaros en el 2002, llevo casi veinte años haciendo esto. Es verdad que en los últimos años se ha intensificado todo a partir de La piedra oscura, y lo que te permite el tiempo es tener perspectiva. Pero sí, el de dramaturgo es un oficio bastante de intemperie y de invisibilidad casi todo el tiempo. Para que una obra llegue a estrenarse se tienen que producir una serie de azares y de voluntades que es muy difícil que se den. Yo, que he tenido la fortuna y también la responsabilidad de tener palabra pública, no solo con el teatro sino a través de la presencia en la prensa o en los medios, asumo esa responsabilidad agradecido. Creo que seriamos un país mejor si se escuchara más a los hombres y mujeres del teatro, a los dramaturgos y dramaturgas en concreto.
Es verdad que tengo por un lado esa suerte, pero también es verdad que se paga. Nada es gratuito, todo tiene su precio. Y asumo que cuando estás tan expuesto en una profesión haya algunos a los que les parezca malo lo que haces. He aprendido estos años a relacionarme con la crítica. Y creo que hay dos cosas muy peligrosas para un creador: el elogio unánime y la crítica feroz unánime. Esas dos cosas aplastan, a quien sea. Pienso que el equilibrio entre ellas es un lugar muy fértil para estar como creadores. Yo he aprendido mucho de críticas severas –algunas con razón– que me han hecho, y poco de críticas muy elogiosas, porque del elogio no se aprende nada, aunque de la crítica inmisericorde tampoco.
Alguna vez he sufrido la incomprensión con alguna obra en particular, pero bueno, los creadores no somos infalibles, el teatro es la suma de muchas circunstancias, voluntades e imaginarios. Y hay obras que quizás no han alcanzado la temperatura que tenían que haber tenido. He vivido algo parecido al fracaso y me ha hecho muy libre. Se generan a veces expectativas sobre uno a las que no puede responder ni debe responder. ¿He fallado? Pues estupendo, ya está, como decía Beckett: fracasa mejor.
Alberto Conejero, estás en el Teatro Español con El sueño de la vida, dirigido por Lluís Pasqual, estuvo hasta principios de enero Todas las noches de un día –por la que acaba de ser nominado a los Premios Valle-Inclán– dirigida por Luis Luque en el Teatro Bellas Artes y ahora tú mismo diriges tu texto La geometría del trigo en el CDN. ¿Cómo estás viviendo este momento?
Lo llevo con agradecimiento y responsabilidad, pero lo vivo como una casualidad, la programación es caprichosa y puede generar una imagen muy distorsionada de la realidad, ya que los proyectos se han fraguado en diferentes años y de modo muy distinto. En el caso del Bellas Artes, es un teatro privado con una producción privada. Lo del Teatro Español es una producción pública y en La geometría del trigo en el CDN, donde estamos como compañía invitada, el grueso de la producción es mío, aunque cuento con el apoyo de la Diputación de Jaén, del Ayuntamiento de Vilches, de Producciones Teatrales Contemporáneas y La Estampida Teatro.
Hablemos de La geometría del trigo
Pues es la historia de un viaje de Barcelona a Jaén por Despeñaperros, es un hotel de mala muerte, es mi pueblo, mi infancia, el pantano, los olivos, la tierra roja. Es una obra en la que que, sin ser autoficción, yo de alguna manera estoy muy presente en ella a través de juegos íntimos en la escritura. Es un montaje muy andaluz por el lugar donde se desarrolla y porque los actores que interpretan a los personajes son andaluces, excepto una de las actrices que es madrileña y que paradójicamente interpreta a un personaje catalán.
Cuando empecé a ensayar tenía una voluntad más épica, pero ensayándolo me he dado cuenta de cierta impronta chejoviana, en la torpeza de esos cuerpos y en lo que hacen esos personajes que son decididamente torpes en sus pasiones. He intentado rebajar la temperatura de todo el montaje. Es una obra que habla de la necesidad del amor como algo transcendente, pero no desde un lugar reaccionario, ni conservador. Tiene algo paliativo, no hay nada que se rompa del todo, siempre estamos a tiempo de cuidarnos y protegernos. Y proteger el vínculo que nos ha unido que siempre va estar.
Mi teatro está lleno de fantasmas, creo que tenemos que cuidar de nuestros muertos, saber quiénes fueron o qué hicieron a lo largo de sus vidas, eso nos puede ayudar. Este texto abre nuevos espacios en mi dramaturgia, no tiene un “happy end” como tal pero… es quizás la menos poética, la poesía está por otro lado pero no tiene tanta literatura.
Hay momentos en los que los personajes hablan en catalán, ¿por qué?
Para mí hay algo muy importante en traer el catalán a un escenario de Madrid, una realidad lingüística que no vemos en los teatros de aquí. Los momentos en que aparece el catalán no están acompañados de sobretítulos, porque creo que no es necesario. Somos capaces de escucharlo y entenderlo, tenemos que serlo. Si alguien tiene un problema con esto, es que tenemos un problema muy grave como país. Lo he hecho con esta intención.
Una obra de un autor andaluz, con actores andaluces a los que les he pedido que no escondan su acento –como gesto político también– hecha en el CDN y con momentos donde aparece la lengua catalana.
Por Chechu Zeta | 7 febrero 2019
Puedes ver La geometría del trigo hasta el 24 de febrero en el CDN y El sueño de la vida hasta el 24 de febrero también pero en el Teatro Español.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][wolf_video url=»https://youtu.be/k9q8Loe0unQ»][/vc_column][/vc_row]