LLEGAR A LA META

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»LLEGAR A LA META» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»2em»][vc_column_text inline_style=»10px»]Entre los momentos buenos 

de este arte del no hacer 

destacaría el primero: 

el despertar a tu lao 

mientras aún profundo duermes, 

mirando al techo, al regalo 

que fue un mandala de plumas 

que evitan los sueños malos, 

en él giran fotos tuyas 

disfrutando del verano. 

Libros de derviches suman. 

El silencio no es alerta. 

Días de fuerte tormenta 

y el río que cruza el patio. 

Corazón fuera de venta 

lo estremece el calorazo. 

Qué feliz, no siento losa 

y a mi lao respiras mientras 

y a los pies la perra goza 

y tumbá se despereza 

y nada quiebra. 

 

Y es porque nada está herío, 

todo vive dentro casa, 

peces, pájaros y hormigas 

y hasta el cactus de la casa 

ha sido siempre uno más 

y por más que miro y miro 

me parece puro y limpio,

sin heridas está el nío, 

o son heridas pequeñas. 

Que me cuesta a mí entender 

qué tan difícil saber 

Qué hacen hombres y mujeres 

negándose a conquistar 

estos plácidos quereres. 

Vaya coche, vaya casa, 

cómo se puede pensar 

en una autocontención, 

sobriedad y austeridad 

con tanta plata, 

con tanta plata en acción.[/vc_column_text][vc_empty_space height=»2em»][wolf_video url=»https://youtu.be/YlGSJu1yc40″][vc_empty_space height=»2em»][vc_column_text]

Cómo se puede pensar 

en conversar y en hablar 

si ahora todas las palabras 

son de la publicidad. 

Cómo se puede pensar 

en confiar en los sueños 

si hace tiempo que los sueños 

dejaron de ser ya nuestros, 

Y cómo se puede pensar 

en poner las flores en alto 

si las pobres siempre están 

escondidas en el asfalto, 

Cómo se puede pensar 

que es igual bajo que alto, 

pues ya ves, 

si todo sigue un precio por día, 

cómo se puede pensar 

en ser uno mismo 

si nadie hoy reconocería 

quién se esconde en cada papelón. 

Cómo se puede pensar 

hasta en el comer bien

si los transgénicos reinan 

de la cabeza a los pies. 

El agua ya es de botella 

y el animal vive en jaulas 

y los bebés en las aulas 

durmiendo sobre carpetas. 

 

Cómo se puede pensar 

en disfrutar de la paz 

si caen tres cada segundo, 

pensar en filosofar 

sin un sustento seguro. 

Cómo se puede intentar 

admirar alguna estrella 

si su luz no va a llegar 

con tanta bombilla intensa 

rompiendo la oscuridad. 

Cómo se puede pensar 

en ser feliz alguna día 

si el capital en la brecha 

no para de provocar 

más almas insatisfechas, 

Cómo se puede pensar 

en pensar y hacer conciencias 

si es frenético el andar, 

si no importa el caminar, 

solo llegar a la meta. 

 

LEGAR A LA META es una adaptación que la heterodoxa cantaora Rocío Márquez hizo de los poemas Entre los momentos buenos del día Como se puede pensar en comer bien de Antonio Orihuela y que incluyó en su último disco VISTO EN EL JUEVES.

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ENTREVISTA A JOSÉ ANTONIO MARINA.

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»LA TECNOLOGÍA ESTÁ CREANDO UNA PASIVIDAD PELIGROSA» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

El filósofo y pedagogo José Antonio Marina (Toledo, 1939) cree que se está extendiendo una «idea destructiva»: ¿para qué lo voy a aprender si lo puedo encontrar en Internet? Él contesta con una diapositiva de las cuatro ecuaciones del campo electromagnético de Maxwel: ¿Las entendéis? Cree que hay que reivindicar el conocimiento y ha escrito un libro, Historia visual de la inteligencia (Conecta), en el que con textos, mapas mentales y jeroglíficos repasa la historia de la humanidad hasta la inteligencia artificial.

Los nórdicos invierten mucho en educación infantil porque el cerebro se forma entonces. ¿Deberíamos poner más fondos?

Es importante porque en la primera infancia, hasta los siete u ocho años, el cerebro es extraordinariamente plástico y se establecen las conexiones neuronales. Pero uno de los descubrimientos más sorprendentes de la neurología, ya hace 15 años, es que hay una segunda época dorada del aprendizaje, en la que se rediseña el cerebro con un tipo nuevo de neuroplasticidad, entre los 13 y los 18 años. Cambia la anatomía del cerebro, los grandes hábitos se implantan mejor y podemos corregir fallos educativos.

De modo que no se puede descuidar a los adolescentes.

El niño tiene que aprender a organizarse en el mundo al que ha venido y el adolescente aprender porque se va a emancipar. Siempre hacemos responsables a las hormonas de las alteraciones en la adolescencia, pero también está cambiando la forma de funcionar el cerebro. Hay que aprovechar esta capacidad.

Se les reprocha tener déficit de atención, de hecho, las clases son más cortas (50 minutos).

Hasta un 12% de los alumnos tienen problemas de atención. El uso de móviles está dificultando la atención voluntaria. Al mirarlo y volver a la tarea podemos perder hasta el 40% de la información que manejábamos. Es una especie de hacer y deshacer. Un síndrome compulsivo, si no miran la pantalla cada tres o cuatro minutos empiezan a sentir una especie de angustia. Eso es un disparate completo. Ese trajín puede ser de 300 o 400 veces al día. Hay mucha gente que no es nativa digital y empieza ahora por el móvil a tener dificultades para leer un texto medianamente largo. Eso es un empobrecimiento intelectual absoluto y dramático.

¿Habría que hacer como en Silicon Valley que prohíben el móvil a las cuidadoras?

En mi libro se cuenta cómo la tecnología está haciendo las cosas tan fáciles que empieza a resultar casi insoportable hacer un pequeño esfuerzo. Queremos que una aplicación lo resuelva todo. Al final se crea una pasividad que es peligrosa. No hay que ser solo bueno técnicamente sino crítico.

EL 85% de los trabajos de 2030 no se han inventado, según el informe Dell Technologies. ¿Estamos preparados?

En 2040 o 2050 no solo habrá cambios en los trabajos, sino desembarco de sistemas potentísimos de inteligencia artificial, de microimplantes neurológicos, de drogas de la memoria o de avances genéticos, aunque estos más lentos. Y hay compañías informáticas —en especial Google— preparadas para hacerse con el talento con programas educativos muy potentes, mientras que en el mundo de la educación no estamos reaccionando. Este libro aborda cómo el mundo de la inteligencia artificial maneja muy bien la parte cognitiva pero no la parte emocional, que es la que nos lleva a tomar decisiones.

Canarias imparte la materia Educación Emocional.

La asignatura se queda corta. No podemos decirles a los alumnos cómo resolver los problemas que tendrán, pero sí proporcionarles recursos para ser rápidos en aprender, tenaces, optimistas… Tienen que saber gestionar las emociones, sobreponerse al fracaso, disfrutar de las cosas buenas, saber elegir las metas, saber centrar la atención… La rapidez en el aprendizaje es lo que nos ha definido como especie y por tanto es el núcleo de lo que somos.

Usted se pregunta por qué si somos tan inteligentes hacemos tantas tonterías.

Por ejemplo, en Reino Unido se plantean que el Brexit va a ser malo para ellos y la Unión Europea. La psicología estudia la inteligencia como si fuese una facultad individual, pero se da en un entorno social que la favorece o la destruye. Con el nacionalismo hay que plantearse si se están tomando decisiones inteligentes o entregando emociones que no se sabe bien adónde conducen. Y todo esto es teoría y práctica de la inteligencia y la educación.

Distintos informes manifiestan que los alumnos no practican el mens sana in corpore sano. ¿Es grave?

Educación Física es una asignatura que en España metemos de clavo y con poco tiempo cuando el ejercicio es el gran protector el cerebro. Por eso la gente mayor debe ejercitarse más físicamente que intelectualmente. Y, si el deporte es reglado, a los niños les organiza mucho la conducta y es un antídoto contra la obesidad, la droga o el alcohol. Además, deberíamos dar más protagonismo a los profesores de Educación Física y Teatro, porque tienen un acceso —sobre todo en secundaria— a los alumnos diferente. Nadie en en la cancha discute que el entrenador sabe cómo se juega y quiénes son los jugadores.

Por Elisa Salió

Esta entrevista fue publicada por el diario EL PAÍS el 30 de octubre de 2019

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VERÓNICA RONDA. LA ACTRIZ TOTAL

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»VERÓNICA RONDA. LA ACTRIZ TOTAL» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

El viernes pasado nos fuimos a El Pavón Teatro Kamikaze a echar un rato de charla con Verónica Ronda, que justo ese día cumplía años, para que nos contara qué tal eso de formar parte del último montaje que ha dirigido Miguel del Arco, RICARDO III y hablar un poco de la profesión y sus caminos. 

En estos momentos en que las fake news parecen tener más peso en nuestras vidas que las real news, Miguel del Arco y Antonio Rojano firman una versión brillante y tremendamente actual del Ricardo III de Shakespeare -escrita en 1592- y transportan la sociedad inglesa de entonces a la España política y social de nuestros días.  Y nos muestran a toda esta caterva de reyes, jueces, ministros y un largo etcétera de autoridades y ladillas juntos, revueltos y bien podridos. 

Sobrepasa lo esperpéntico, es una locura, el hedor que sale de las instituciones es insoportable, ¿no, Verónica?

Es lamentable que en quinientos años que han pasado resulta que la historia sigue siendo la misma y las traiciones por subir y alcanzar el poder siguen siendo las mismas. Miras hacía atrás en la historia y te das cuenta de que se repite constantemente y te dices: qué pena, qué perdidos estamos. Y sí, Antonio y Miguel   hacen una versión muy bien traída a la realidad actual, en la que nos cuentan que en pleno s. XXI seguimos siendo partícipes de toda esta parafernalia y por qué seguimos estando en manos de todos estos mamarrachos. De alguna manera es el monstruito que ha creado Israel Elejalde, esa especie de bicho que podría ser Trump o Bolsonaro. Un ser caricaturesco, cómico, vergonzoso. ¿Por qué llegan al poder? ¿Por qué somos manipulados por estas cabezas que son extremadamente malignas y perversas?

Hay una frase de Ricardo que dice: Todos me amáis, porque todos amáis lo que soy porque yo soy el poder. Esto resume muy bien de lo que va esta obra de Shakespeare, Ricardo III. Todos quieren mantenerse en el poder. 

Vemos cómo Ricardo está completamente podrido, pero es que todos y cada uno de los que le rodean están igualmente podridos. 

Claro, gente que se ha agarrado a la corte y no están dispuestos a bajar de estatus, y eso sucede y lo estamos viendo. Y da igual en qué lugar del mundo estemos. Es muy patético y nos sentimos como títeres, el mundo gira en torno a estos monstruos que tenemos en el poder. 

El otro día después de la función hubo un coloquio y alguien decía que Ricardo nos gusta porque en él no hay duda. Hace el mal y lo tiene claro desde el principio. El resto de personajes duda en si acceder o no a esa compraventa. Él no, y eso es importante para el que vota, y lo que la gente recibe de su discurso, por encima de cualquier otra cosa, es que lo tiene claro y lo va llevar a cabo. 

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Es una maravilla poder ver el trabajo que hacéis cada uno de los que formáis parte del elenco de este espectáculo.

He empezado a llamar a la función Ricardo Crossfit III porque no os podéis imaginar las carreras que hay ahí detrás. Cuando estamos en los camerinos antes de empezar nos decimos: madre, la que nos queda. Realmente descansamos cuando estamos en el escenario. Cuando desapareces de él empieza la guerra. Súbete una planta, cámbiate entero de ropa, baja… y todo esto en cuestión de muy pocos minutos. Todos doblamos personajes, solo somos siete actores y tenemos que resolver treinta papeles. Como actor es muy divertido, ya que no dejas de estar generando un juego, es muy loco pero genial poder hacerlo. Y el espectador forma parte de ese juego porque asume con normalidad que la que antes era una duquesa se da la vuelta y ahora es un obispo. 

O una niña…

Eso es muy divertido y fue una macarrada. Antes de empezar los ensayos me escribe un mensaje Miguel que dice: Por cierto ¿sabes que eres la Duquesa pero también eres la niña? Y yo: ¡Sí, claro, claro! Y luego cuando leí la escena me di cuenta de que se dan la réplica y me dije: ¿pero esto qué es? Entonces cuando empiezan los ensayos nos cuenta que va a haber dos títeres con los que haremos los niños. No te puedes imaginar cómo fue el primer día que lo ensayamos. 

Miguel es un tipo muy disciplinado en el trabajo. Él pide, sobre todo, que el texto esté muy bien aprendido, muy asegurado. Y eso es estupendo porque tú sientes que tienes una red de seguridad, entramos todos a trabajar, a él no le hace perder el tiempo y eso al final permite que cosas técnicas tan complicadas de montar se puedan resolver. Si llevas muy agarrada la propuesta entras directamente al juego.

Recuerdo que el primer día que cogimos el títere nos dijo: bueno, vamos a pasar este momento cuanto antes… para que nos pudiéramos reír y de alguna forma entrar a hacer eso, porque es muy loco pasar desde la duquesa que esta llorando como una Magdalena a tener que ponerle voz a la niña. Bienvenidos al show de Maricarmen y sus muñecos. Pero hay algo ahí de bipolaridad actoral muy fantástica de la que yo estoy aprendiendo un montón. Es mágico. Es un ejercicio de atención brutal que te obliga a estar ahí poniendo todo lo que tienes y que la niña finalmente tenga vida.  

Ahora que hablamos de Maricarmen y el control de la voz ¿quién aparece antes, tu cantante o tu actriz?

Pues mira en mi casa mis padres siempre se dedicaron al canto lírico. Mi hermana y yo los acompañábamos a las funciones cuando tenían bolo. El teatro y la música siempre han estado muy presentes en mi casa. Mi abuelo, el padre de mi padre, era director tenía una compañía en Cuenca, con la que se vino a Madrid, de la que por cierto salieron Tip y Coll. Y por otro lado mi abuelo materno era un jazzero bestial, llegabas a su casa y sonaban Nat King Cole, Sinatra, Sarah Vaughan… Así que no sabría decirte, porque se han ido fusionando a la par, aunque es verdad que la música ha estado presente desde que éramos muy pequeñas.  

Con dieciocho años,  que ya llevaba un tiempo de gira trabajando con mis padres en las zarzuelas, durante una comida les dije que quería estudiar Arte Dramático, y mi padre, comiéndose un filete me dijo: te vas a pagar tú la carrera para que sepas lo que es morirse de hambre el día de mañana. Y yo: ¿what?. Luego evidentemente me echaron una mano, pero de algún modo lo que me quería dar a entender era que la que se me venía encima era gorda si me quería dedicar a esto del arte. Y bueno… aquí estamos. Al acabar Arte Dramático volvió a picarme la curiosidad, a la vez estaba estudiando ortofonía y de repente me fui a Barcelona a estudiar teatro musical, hice el recorrido profesional de danza… Y comencé a hacer una investigación físico-vocal, o sea, que todo ha ido fluyendo y retroalimentándose.

Cantante, actriz, y no podemos dejar de hablar de la pedagogía, de la Verónica profesora. Son ya algunos años enseñando a los demás todo lo que sabes acerca de la voz. 

Al principio no pensé que fuera a deberle tanto a la pedagogía. Y de alguna manera me dedico a esto gracias a mi maestro Alfonso Romera y a Ricardo Vicente, que me invitó a que fuera a su escuela, en Barcelona, a dar clases como profesora de voz con veinticuatro años. Yo no confiaba nada en mí, a pesar de llevar muchísimos años estudiando canto y voz, pero creía que aún no tenía las herramientas suficientes para poder enseñar a nadie. Pero miro atrás y ahora pienso que qué bueno que Ricardo me abriera aquella puerta y casi me obligara, porque a través de la pedagogía me he conocido más a mí misma. He conocido mucho más sobre lo que es la investigación vocal y la relación que hay entre la voz, las emociones y el cuerpo. Poder ayudar a otras personas a transformar. Ver cómo otros descubren cómo son a través de su sonido es maravilloso. La pedagogía es el mejor regalo que me ha dado la vida y al final se ha convertido en uno de mis patrones; aunque esté hasta arriba de trabajo en el teatro con giras me obligo a seguir con las clases. Me gusta relacionarme con el alumno, necesito seguir encontrando cosas y de alguna u otra manera seguir creando.

Nosotros estamos encantados de que uno de esos lugares donde das clases sea nuestro Estudio y que formes parte del equipo de profesores.  

Es genial, yo me siento como en mi casa. Es un hogar donde puedes desarrollar tu trabajo, ponerlo en contacto con otros profesores, que los alumnos puedan vincularlo a sus otras clases y hacer un seguimiento. 

¿Qué le dirías a todos esos jóvenes a cerca de la profesión?

Que hay que luchar, que si uno tiene las ganas hay que ir a por todas. Cuando eres joven y te cierran una puerta eso te provoca mucha angustia, pero que tengan en cuenta que esta es una profesión que se va cuajando poco a poco, lentamente, es como hacer una tortilla bien, la primera vez no sale. Hay que ir preparando los ingredientes adecuadamente, sin prisas. 

Al estar en contacto con tanta gente joven te das cuenta de la ansiedad que tienen, que está provocada por el tipo de sociedad en la que estamos viviendo, donde consumimos de manera muy veloz y necesitamos los resultados ya. Ahora con la tecnología todo lo tenemos a un golpe de clic y claro, la tecnología nos ha traído cosas muy buenas, pero a la vez nos está generando un ansia que no es sana. La voz es un instrumento y como tal hay que entrenarla. Un actor tiene que entrenar, luchar y ser constante. Y decirse a uno mismo que sí hay sitio para los sueños, y que tenemos que forjarlos. 

Te veo en un momento dulce… 

Pues sí, estoy súper feliz. Trabajar con Miguel era un sueño, nunca pensé que me fuera a llamar y de repente mira, este es mi segundo montaje con él después de Ilusiones. Me encuentro ahora mismo en un lugar donde quiero estar, donde estoy a gusto. Contenta de compartir escenario con gente como Israel, que lleva tantos años en la profesión. Estoy muy agradecida, mi vida laboral se ha ido colocando en un sitio donde me gusta estar y rodeada de compañeros con una generosidad extrema. Al lado de Miguel que es un ser de luz.

Corran al teatro a ver a La Ronda en acción, actriz total donde las haya. Es una fortuna poder disfrutar en directo del talento que derrocha este torbellino de mujer.

¡No se la pierdan! 

Ricardo III en el Pavón Kamikaze hasta el 17 de noviembre

Por Chechu Zeta | 29 octubre 2019[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

ANATOMIA SENSIBLE

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»ANATOMIA SENSIBLE» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

El martes pasado Andrés Neuman, escritor y amigo del Estudio presentaba en Madrid su nuevo libro ANATOMÍA SENSIBLE en la Librería Rafael Alberti, una pequeña y coqueta  librería familiar de barrio que lleva abierta más de cuarenta años y que si no conoces todavía no deberías tardar en hacerlo. Además hace unos días acaban de recibir el premio Boixareu Ginesta al Librero del Año 

Lo hizo acompañado de su editor Juan Casamayor de Páginas de Espuma y de la periodista y filóloga Ana Pardo de Vera. 

Dice la editorial que ANATOMÍA SENSIBLE es una celebración del cuerpo en toda su amplitud. Una defensa de la imperfección y sus bellezas alternativas, mediante un recorrido poético, político y erótico por la materia que somos. Así es, y tener la oportunidad de poder escucharlo de boca de su autor es una magnífico regalo. Andrés y su delicado y atinado tempo siempre son un deslumbrante espacio para el disfrute de la palabra. 

Nos contó que le daba una mezcla de emoción y de terror hablar del cuerpo en libro desde él y no solo había intentado jugar con la ambigüedad del género literario –este pertenece a muchos géneros literarios a la vez y no se adscribe a ninguno en particular. Es un proyecto unitario en cuanto que tiene una idea detrás y una estructura clara a modo de novela, que además tiene mucha argumentación conceptual como un ensayo pero que está lleno de chisporroteos poéticos o líricos y cada pieza se resuelve más o menos micronarrativamente–. Que hay una voluntad de ser indetectable en términos de género canónico y que por eso es multigénero en cierto sentido, ya que la voz que observa el libro no es ni un hombre ni una mujer, ni un hetero, ni una lesbiana, ni todo lo contrario y es todo eso junto, es decir hay un intento de mirar el poliedro que es el cuerpo desde todas las apetencias, identidades y puntos de vista.

Habló de las redes, de lo viejo y lo nuevo en este mundo virtual, de como estamos en el enésimo turno de Grecia con respecto al cuerpo. Y de como Instagram es un campo de batalla donde todavía hay que discutir con esos cánones, de que no hemos avanzado demasiado en la batalla Dionisíaca, que hay un imperativo apolíneo que además se llena de consumo, de opresión, de política, etc. O de que como la cita Nadie está por encima de la ropa sucia de Cynthia Ozick –una de sus escritoras de cabecera– le ayuda determinantemente a conformar esa idea de lo bello, que no lo es tanto para la masa, y que definitivamente terminamos no enseñando en ese endiablado selfie.

Nos cuenta que ahora que lo trans tiene una fuerza política en el discurso colectivo, él cree que sería interesante pensarlo más allá de lo temático, que lo interesante está en el origen de la apetencia, en esa ficción que es ser otra persona. Como por ejemplo en el teatro clásico, que por razones patriacarles pero que son muy delatoras también, los personajes femeninos los hacían hombres ya que las mujeres no tenían permitido actuar. 

Que le interesan las afirmaciones que son y no son suyas, que salen y no de su yo. Nos anima a plantearnos que ¿qué estamos diciendo cuando decimos este cuerpo me gusta, este cuerpo no me gusta o a mí me gustan las personas así o asa? ¿estamos hablando antes o después de la formación de la educación que hemos recibido? ¿La piel es tan instintiva cómo creemos o está muy premiada de cultura? Que a fin de cuentas lo que decimos que nos gusta o no nos gusta forma parte de un discurso cultural.

Aseguró que le interesaba retirarse de esos presupuestos de hombre, hetero, blanco, patriarcal del s. XXI y abrirse hacia otros poros para comprobar que podía ver de una espalda, de una nalga, de unos pies aprendiendo de otras miradas.

Un ejercicio bello, sincero y, supongo que, extraordinariamente liberador, que como resultado nos ofrece una voz en el libro que no es él conversando con otras voces sino una voz coral que le va dando la vuelta a cada parte del cuerpo como si fuese un prisma desde distintos puntos de vista, deseos e identidades.

Aborda el total de nuestro cuerpo en lo que serían treinta partes o capítulos, donde evidentemente muchas de ellas fueron más fáciles de abordar que otras. Y además se propuso desmitificar las más privilegiadas por la tradición artística o poética, bajándolas a la tierra y buscándoles la imperfección, o las cosquillas, nunca mejor dicho. Discutir esos modelos nobles como podrían ser los ojos, los pechos o la espalda frente esos otros rincones periféricos como un talón, el codo o la parte de atrás de las rodillas. Y confesó que en las áreas genitales –por razones obvias, políticas pero también de tradición– tenemos demasiados preconceptos sobre ellas como para intentar mirarlos por primera vez. 

En este libro está el homenaje final que Neuman necesitaba hacerle al cuerpo, ese que en sus últimas novelas ha visitado lateralmente pero que ahora recoge aquí de frente y en todo su volumen. Un libro, dice, inevitable para mí, para mi experiencia de escritura. Un  libro que le hiciese la guerra a Photoshop. Combatirlo no como herramienta, como software, sino como lógica cultural que deviene impotencia estética. El photoshop va reduciendo poco a poco el espectro con el que imaginamos los cuerpos ajenos y contemplamos el propio hasta que hay solo una manera de mirarlo, una especie de pensamiento único, anatómico, y me parece que la función de la poesía y del arte en general es resistir a esa mirada y construir otra.

Y Andrés lo hace desde el sentido del humor, la ironía,  desde el apetito lúdico. Sabe jugar y sabe reír, ya quisieran muchos. Porque como bien dice a veces el humor llega más lejos que la seriedad, que la interlocución con la seriedad es muy de vuelo corto, que no hay verdadera escucha desde la solemnidad. El libro parodia la solemnidad empleando un lenguaje elevado para parodiarlo. Mostrando hasta que punto es absurdo el exceso de seriedad. 

Lo triste de intentar parecer eternamente joven es que si a una cara de cincuenta años le intentas quitar treinta años de encima, le estas quitando toda su memoria narrativa. No hay historia sin arrugas. 

El paso del tiempo puede no ser solamente una erosión de la belleza si no un modo de generarla. La belleza es lo que sucede cuando el tiempo atraviesa las cosas. 

Por Chechu Zeta | 25 octubre 2019[/vc_column_text][vc_empty_space height=»2em»][/vc_column][/vc_row]

NUESTRA INOCENCIA

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»NUESTRA INOCENCIA» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Regreso de Bilbao, después de un mes en el que he impartido un taller en Dantzerti, la Escuela Superior de Arte Dramático y Danza de Euskadi. Por primera vez, mis años eran el doble que los de la mayoría de los alumnos. En sus cuerpos, en sus entusiasmos, en sus temores, en su incomprensión, en sus alegrías, en sus revelaciones, en fin, en todo el menaje de juventud que desplegaban cada mañana, he percibido luminoso y fiero el tiempo. Desfilando tras él, su batallón de “todavías”, de “ya no”, su arsenal de recuerdos, su albarán de pérdidas. 

   Es cierto que los estudiantes de Arte Dramático son en nuestros días una tribu misteriosa. Por edad, están en primera línea de nuestro presente movedizo, pero se entrenan para un arte milenario. Prestan cuerpo, voz y espíritu a Edipo o a Ofelia, y luego regresan a sus mundos tecnológicos. Algunas veces se han tenido que enfrentar a sus familias, que (como gran parte de nuestra sociedad) entiende el teatro como un arte residual, una profesión sin salida, en liquidación. Los he visto llegar agotados de trabajos tan mal pagados que no merecieran llamarse trabajos. Se han desesperado por no encontrar una habitación fuera de la usura. Llegan con su ropa de trabajo, sus libros de Shakespeare y sus ganas intactas. Y sobre todo, una y otra vez, se conmovían con los personajes de La gaviota de Chéjov, buscaban el vértigo purificador del escenario. Sueñan con dedicarse al teatro, sin saber que con eso ya se dedican al teatro; y de nuevo Chéjov, “cuando piensan en su vocación no temen a la vida”.

   De los alumnos del estudio Juan Codina, donde trabajo desde hace ya un lustro, son pocos los que llegan atraídos por el brillo de la fama, por las lisonjas de la popularidad. Muchos más son los que, sin saber muy bien por qué (que es el único modo de estar en este oficio), han decidido consagrar sus vidas a las artes escénicas.

   Al día siguiente de regresar de Bilbao fui a ver a mi madre, que sigue viviendo en el barrio de mi juventud, Villaverde Bajo, en el extrarradio de Madrid. En los menos de diez minutos de distancia entre el metro y su domicilio, me encontré con una casa de apuestas, unos predicadores de amenazadora amabilidad, algunos cuerpos desvencijados por la heroína, dos locutorios y poco más. Allí donde estaba la panadería donde nos fiaban el chocolate a los hijos de los obreros, había un local de “Ayuda de Dios”. Pensé en los jóvenes del barrio, cuáles serían ahora sus sueños, sus esperanzas; pensé en eso que llaman “ascensor social”, y sólo vi su hueco en el esqueleto de cada edificio. Nos hemos olvidado de los barrios, de sus gentes, de lo poco que hablamos de las casas de apuestas, de quiénes están detrás sustentándolas, del ascenso vertiginoso de las sectas religiosas y sus soldados homófobos y machistas, de las consecuencias de los recortes en la educación pública, de cómo les tienen que sonar a muchos de los jóvenes de esos barrios las polémicas espumosas del Twitter y demás…

   De repente, pensé en si alguno de estos jóvenes de barrio sueña con convertirse en actor o en actriz, si en alguno de estos pisos mordidos por la aluminosis, en estas calles en los que se despliegan cepos a cada paso, algún muchacho, alguna muchacha, está leyendo Bodas de sangre o Un tranvía llamado deseo, y pensando en cómo decirles a sus padres que quiere convertirse en estudiante de arte dramático. De nuevo el tiempo y el recuerdo del Alberto adolescente soñando en ese mismo barrio con estrenar algún día una obra de teatro.

   Por último, recordé estas líneas de Nuestra inocencia, de Wadji Mouawad (obra que ojalá se publique por fin en la excelente traducción de Coto Adánez); para mí, el mejor retrato de los estudiantes de arte dramático y de la juventud de nuestros días.  Ojalá, sí, lucháramos por cuidar de la inocencia, por proteger, su futuro. Aún hay tiempo. Pero hay que darles la voz:

¿Qué os creéis que somos?

¿Qué creéis que decimos

cuando hablamos de vosotros?

¿Qué creéis que pensamos cuando exhibís 

vuestras victorias como quien exhibe su polla

y, con una palmadita en la espalda, 

queriendo darnos consejos,

nos hacéis arrodillarnos obligándonos a 

mamar el relato de las revueltas del pasado?

¿Qué creéis que pensamos cuando, sin ser conscientes

de lo que odiáis nuestra juventud, nos ordenáis:

«Chupa, chupa mi juventud perdida, 

chupa esa libertad que nunca conocerás,

chupa mi precioso piso comprado 

por dos duros y que jamás podrás pagarte,

chupa lo que fueron nuestras utopías

y que te prohíbo anhelar,

chupa el amor sin preservativo,

chupa mi viaje a la India,

chupa la fraternidad que demostramos y 

que para ti sólo es un balbuceo, ¡chupa!»?

¿Qué creéis que pensamos 

cuando nos metéis hasta la garganta

vuestros compromisos políticos, 

que para vosotros reflejan vuestro valor

y para nosotros 

vuestras traiciones y renuncias,

y metiendo y sacando,

jadeando, gimiendo de placer,

nos introducís hasta la garganta

vuestras ideologías y principios de mierda,

vuestro socialismo empalmado,

vuestro comunismo acre,

vuestro respeto republicano,

vuestro apestoso gaullismo,

vuestro vomitivo jansenismo, vuestro benévolo

racismo, vuestra política de mierda,

vuestra moral social de mierda 

y metiendo, sacando, jadeando,

cuando notáis que llega la leche blanca

de la autosatisfacción, nos ordenáis:

«¡Chupa, sí, así! Eyaculo en tu boca 

el fin de la despreocupación,»

«descargo en tu garganta 

el fin de la historia, ¡traga!»

«¿Está bueno el fin de la historia? 

Espera, voy a darte otro guantazo».

Y, gruñendo de placer, eyaculáis 

en nuestra cara el confort que os debemos,

deuda infinita cuyo fin nunca veremos.

¡Aplastáis! ¡Aplastáis! ¡Nos aplastáis!

Vuestras son las jubilaciones, la alegría, 

la historia, y nuestra la confusión.

«¿Por qué no haces algo con tu vida?

Ni idea, papá, mamá, no tengo ni idea.»

«No sé, no sé, no sé, no sé, no sé…»

«O sea no tengo ni idea,

no sé, no tengo ni idea.»

«Me palpo, me examino, 

me analizo y hay un vacío absoluto.»

«Y ni toda la sabiduría del mundo 

me impedirá decir que no tengo ni idea.»

 

Por Alberto Conejero | 22 octubre 2019

Este artículo fue publicado el 9 de octubre en la web de AISGE[/vc_column_text][vc_empty_space height=»2em»][/vc_column][/vc_row]

PAUL B. PRECIADO O EL TIEMPO QUE AÚN NO HA SUCEDIDO

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»PAUL B. PRECIADO O EL TIEMPO QUE AÚN NO HA SUCEDIDO» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Creo recordar que la primera vez que escuché el nombre de Paul B. Preciado fue en un espectáculo de El Conde de Torrefiel en el CDN. Supongo que al salir del teatro busqué su nombre en internet y en algún momento, pasado el tiempo, terminé leyendo alguno de sus textos en la red. Aunque no podría recordar ahora mismo qué fue exactamente lo que leí en aquel primer contacto. Lo que no he olvidado es la sensación como de estar en casa, fue algo parecido a llegar al hogar lo que aquellas palabras me produjeron. De algún modo, su universo no era del todo nuevo ni desconocido para mí pero la manera en la que lo exponía fue algo que me pareció completamente revelador. Si la calculadora no me falla han pasado cinco años de aquello.

El filósofo y comisario de arte burgalés presentaba la semana pasada en la librería La Central de Callao su último libro Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce  (Anagrama, 2019) en el que reúne más de setenta artículos escritos para el diario francés Libération entre 2013 y 2018. En ellos relata su proceso de transformación de Beatriz en Paul B., donde las hormonas y el cambio de nombre legal son tan importantes como la escritura. Esta no es solo la crónica de una transición de género, sino también la de una transición planetaria: Preciado analiza otros procesos de mutación política, cultural y sexual, abordando temas diversos, como el procés catalán, el zapatismo en México, la crisis griega, la América de Trump, las nuevas formas de violencia masculina, la apropiación tecnológica del útero, la figura de Assange, el trabajo sexual, el acoso a niños trans o el papel de los museos como motores de una revolución cultural posible.

Media hora antes de que comenzara el acto en la última planta de la librería ya no cabía ni un alfiler, la expectación y el ambiente –casi festivo– eran incontenibles. No era para menos, el protagonista hace más de una década que no vive en España y no es muy normal poder disfrutar de su presencia por estos lares. El espacio era demasiado pequeño para acoger a todes les que queríamos oír y ver en directo a una de las mentes más poliédricas y brillantes que ha dado nuestro país en mucho tiempo, el mismo que si tiene que definirse lo hace así: No soy un hombre. No soy una mujer. No soy heterosexual. No soy homosexual. Soy un disidente del sistema sexo-género. Soy la multiplicidad del cosmos encerrada en un régimen epistemológico y político binario, gritando delante de ustedes. Soy un uranista en los confines del capitalismo tecnocientífico.

Escuchar a Preciado te transporta a otro lugar, a otro tiempo, a una realidad que no existe. Una utopía a la que constantemente nos empuja e invita a conquistar. Cada palabra que sale de su boca lo hace para articular un discurso de ataque contra todo lo establecido, contra todos los patrones que conocemos y que hemos asumido como la norma y lo normal de nuestra sociedad. Afronta una lucha personal contra cualquier tipo de etiqueta, te anima a deshacerte de la que sea que te apliques a ti mismo, a dejar de hacerlo cuanto antes. Sostiene que cualquier identidad en la que nos reconozcamos terminará por convertirse en la peor de nuestras jaulas. 

Supongo que para los gobiernos y los poderes establecidos el pensamiento cósmico y extraterrestre que proyecta Paul B. Preciado, lo convierte en lo más parecido a un terrorista al que vigilar de cerca. Para mí escuchar sus teorías y sus infinitas y revolucionarias propuestas para cambiar la estructura global del planeta me hace conectar con la esperanza y la posibilidad –quién sabe– de que las sociedades del futuro sean capaces de aplicarlas e incluirlas en el funcionamiento de sus estructuras.

Cualquiera de los cinco libros que ha publicado hasta el momento constituyen una poderosa arma contra cualquier intento de colonización de las almas y cuerpos por parte del sistema. Toda su obra es filosofía, claro está, pero también literatura, y por supuesto lucha queer. Preciado es un pensador autocobaya, piensa con y a través de su propio cuerpo. Una luz radical, bella y provocadora que se anticipa de tal modo, que quizá aún sea preciso aguardar a tiempos venideros para que su deslumbrante discurso sea entendido en toda su dimensión. Y como bien dice Virgine Despentes en el prólogo de Un apartamento en Urano:  

Los niños nacidos después del año 2000 leerán tus textos, entenderán lo que propones y te amarán. Desde tu pensamiento, desde tu horizonte, desde tus espacios. Escribes para un tiempo que aún no ha sucedido. Escribes para los niños que aún no han nacido y que vivirán, como tú, en esta transición constante, que es lo propio de la vida. 

Por Chechu Zeta | 16 octubre 2019

 

 

 

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Richard Gwyn

POETA VIVO Y MUERTO

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»POETA VIVO Y MUERTO» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

El narrador de este libro escribe vivo y muerto. Hace ya bastantes años, al poeta galés Richard Gwyn le diagnosticaron una hepatitis C que lo condujo a una cirrosis terminal, la cual sólo podía acabar en trasplante o fallecimiento. Pero, incluso en el primer caso, otra persona –«un extraño»– debía morir antes, con todo lo que eso implicaba de expectativa y pánico, de culpa y salvación entrelazadas. Precisamente este concepto, la muerte de un extraño, funciona como punto de vista narrativo en El desayuno del vagabundo (editorial Pre-Textos). Sólo que aquí ese otro es también él mismo. 

En esta memorable autobiografía —que es además un ensayo tan íntimo y conflictivo como el Estar enfermo de Virginia Woolf— su autor nos relata cómo salvó la vida a última hora gracias a un trasplante de hígado. Un hígado como el que Roberto Bolaño se quedó esperando. Ese que su hepatólogo no logró conseguirle a tiempo, mientras él le dedicaba un texto que se publicaría póstumamente. El hígado que hoy Gwyn le dedica a Bolaño. 

Las consecuencias éticas y poéticas del trasplante quedan analizadas por el excelente poeta que ha sido siempre Gwyn y, al mismo tiempo, por el crítico que también es. Sólo desde este desdoblamiento, que en última instancia se relaciona con su vocación de traductor, podía afrontarse con éxito ese otro desdoblamiento radical que propone el texto: el de una mirada póstuma sobre la propia vida. Ideal narrativo después del cual, en cierta forma, sólo cabe el silencio. «Me he convertido en algún tipo de zombi», bromea, o no tanto, el narrador, mientras nos cuenta cómo pudo seguir viviendo gracias al cuerpo de otra persona. Y, antes de que se produzca esta inflexión iniciática, desarrolla un teoría del dolor y sus límites, del mutismo que aguarda más allá de lo físico. 

«Se me ocurre», escribe Gwyn, «que he pasado diez años investigando la subjetividad del enfermo, que he dedicado una tesis a la construcción narrativa del paciente, que he publicado en revistas especializadas e incluso escrito un par de libros sobre el tema…» En efecto, quien haya pasado una temporada en un hospital, o cuidando a un ser querido, conoce esa sensación: estar enfermo de enfermedad. «Nada de eso puede ayudarme ahora», concluye el autor: «estoy en una zona post-discursiva. He llegado al Fin de la Teoría». Un fin que tampoco nos cura de nada, salvo quizá de la esperanza de encontrar El Remedio Final, La Idea Filosófica, La Comprensión del Fenómeno. Males altamente tóxicos para el metabolismo de la literatura. 

Sorteando estos peligros, Gwyn nos ofrece impagables reflexiones sobre el cuerpo, sobre qué es contar una vida, sobre cómo la enfermedad transforma la mirada y, de algún modo terrible, también vivifica la memoria. «De vez en cuando», escribe, «sentimos la necesidad de volver a empezar, de liberarnos de todas las posesiones –o narraciones– acumuladas durante la vida». Su escritura funciona entonces a modo de despojamiento para un personaje demasiado lleno, infestado de memoria física. 

En permanente búsqueda de un punto de observación literaria de su propia dolencia, la voz protagonista va construyendo una narrativa de la enfermedad, una especie de sintaxis del paciente. En el libro se analizan dos lógicas opuestas, que combaten entre sí manteniendo el equilibrio: la lógica de la restitución, donde la salud funciona como una normalidad destinada a recuperarse; y la lógica del caos, que refuta la anterior anulando cualquier posibilidad de regreso al bienestar. Por el justo medio entre ambas, o más bien por un difícil tercer camino, avanza la voz funámbula de Gwyn, que se pasó una década vagabundeando por países mediterráneos (en particular España y Grecia), hundido en el alcoholismo aunque también en turbias epifanías. 

Esas revelaciones dieron el fruto de este libro, que relata aquellos años de viaje y adicción, o de adicción al viaje. En su reciente poemario Stowaway (Polizonte), el autor evoca los encuentros humanos en los márgenes que fueron dibujando un mapa outsider. Un grupo de desclasados que conforman la cara oculta de sus países o, dicho de otro modo, el inconsciente de sus respectivas sociedades: «Me los encuentro en tránsito, en bares sombríos o albergues,/ en pasarelas de canales, en cementerios abandonados./ Hombres nerviosos, transpirados; mujeres que siguen un código de etiqueta/ propio de una cultura ficticia. Con rastas desteñidas, apelmazadas,/ sin lavarse durante semanas; con camisetas del ejército,/ pantalones cargo, bolsillos repletos/ de droga y cuerda, piedras, algas, chicles;/ bocas preparadas para salirse por la tangente…» 

El Desayuno del vagabundo (que debe su título al irónico diálogo que sostiene el narrador con su amigo tunecino Fadi, filósofo formado en la cárcel) cuenta a continuación el proceso de su enfermedad y las metamorfosis que fue causando. Su casi inexplicable recuperación. Y, sobre todo, el problema de cómo escribirla. Esta pregunta básica —¿qué es escribir la experiencia, qué experiencias produce la escritura?— infecta el libro entero. Otro poema del mencionado Stowaway sintetiza a la perfección las inquietudes resultantes: «Cada noche se despierta a la misma hora, entre las tres y las cuatro, perplejo por las rutas que hace años tomó (…), atisbando momentos de un viaje recordado a medias. O quizá se equivoque, y no es el viaje lo que lo despierta, sino la necesidad de escribir sobre él (…) ¿Cómo alcanzamos el estado en que la cosa recordada se mezcla con su recuerdo mismo, el acto de escribir con el objeto de esa necesidad…?»

Resultará difícil que sus lectores dejemos de sentirnos cuestionados sobre nuestra propia experiencia, que suele basarse en un concepto más o menos maniqueo de esas dos potencias totalitarias —como las calificó Bolaño— llamadas salud y enfermedad. Y quién sabe si, también, sobre la división entre el cuerpo y esa protuberancia que denominamos alma. Partiendo del que tal vez sea el mejor ensayo del maestro chileno (incluido en El gaucho insufrible), Gwyn razona en ecuaciones hasta concluir que la enfermedad termina despejando toda incógnita. Cualquier elemento al que se sume queda restado, subsumido: sexo + enfermedad = enfermedad; viaje + enfermedad = enfermedad; sexo + enfermedad = enfermedad, y así sucesivamente. 

Retomando ciertos conceptos de Susan Sontag, El desayuno del vagabundo nos presenta dos reinos que se sueñan opuestos: el de los enfermos y el de los sanos. El narrador ha vivido en ambos, y ya no está seguro de cuál es el suyo. «Es», lo resume Gwyn, «como si tuviera dos pasaportes de países que sospechan el uno del otro»… Los súbditos del reino de los sanos, por supuesto, recelamos de nuestro reino futuro. Tomamos nota de él. Lo estudiamos en busca de algún pasaporte diplomático que nos ahorre los trámites más sórdidos. Al terminar nuestro desayuno con Gwyn, tenemos la sensación de hallarnos a un paso de la frontera, asustados y agradecidos. 

Con hilarantes golpes de humor escatológico que alivian sin anestesiar, a semejanza del Profesor W (de quien el narrador dice, acaso autorretratándose, que «tiene un lindo sentido para lo macabro que no puede mantener a raya»), este portentoso libro toca la vena de lo que somos en primer o segundo grado: supervivientes que hablan. Y también, por fortuna, lectores que escuchan y viven más. 

Por Andrés Neuman | 10 octubre 2019[/vc_column_text][vc_empty_space height=»2em»][/vc_column][/vc_row]

BLANCA PAULINO. LA ÚLTIMA APUNTADORA.

Casi al final de la programación de la temporada pasada en los Teatros del Canal pudimos disfrutar de SOPRO (Soplo), un espectáculo del dramaturgo y director portugués Tiago Rodrigues que protagonizaba Cristina Vidal –una de las últimas apuntadoras del Teatro Nacional D. Maria II de Lisboa– interpretándose a sí misma. La función, un profundo acto de amor y respeto hacia la profesión del apuntador, me hizo preguntarme si en nuestro teatro aún quedaban apuntadores en activo; bueno, estaba casi seguro de que no, nunca conocí a ninguno en ningún teatro, pero pensé que tal vez en el Clásico o en el Real a lo mejor todavía había alguno en plantilla. Y si no era el caso a ver si por lo menos conseguía localizar a alguien que lo hubiera sido y que me contara de primera mano los entresijos del oficio. 

Finalmente comprobé cómo los apuntadores, que en el pasado formaron parte de la piedra angular en la estructura de cualquier teatro o compañía, habían empezado a desaparecer a mediados de los ochenta y que en los noventa se podían contar con los dedos de una mano. Pero logré dar con la que había sido la última apuntadora de teatro en nuestro país, Blanca Paulino, y hace unos días tuve la ocasión de poder conversar con ella en NuBel, en el Museo Reina Sofía.

Al principio de la década de los setenta el panorama teatral en la capital era muy diferente a lo que hoy conocemos, eran otros tiempos. Se mezclaban las compañías de repertorio con las que empezaban a hacer teatro experimental, el teatro universitario con la revista, los balbuceos del teatro independiente con el de las grandes figuras. Madrid estaba lleno de teatros. Había muchos, por todas partes, grandes, pequeños, para casi todos los gustos podríamos decir, y en la mayoría era normal lo de la doble función. Y cómo no, la censura del Régimen campaba a sus anchas intentando controlar lo que se decía en sus escenarios. Camuflados entre el público en el patio de butacas, los censores vigilaban las palabras en boca de los actores a la caza de textos subversivos. 

Por entonces la gente de la profesión se reunía en la cafetería Dorín –hoy convertida en una sucursal de una cadena de bocadillos– en la calle del Príncipe, junto al Teatro de la Comedia. Un lugar frecuentado por los directores y productores teatrales de la época donde cómicos y técnicos se dejaban caer en busca de algún bolo o algún contrato que les salvará el mes o la temporada. Un día, de casualidad, Blanca –que acababa de terminar el bachillerato y estaba cursando estudios de secretaría, inglés y francés– entró a tomarse un café y dentro se topó con José Luis Alonso, director del Teatro María Guerrero en aquel momento, que le propuso trabajar como actriz. Y a sus diecisiete años, y sin haberse planteado nunca dedicarse a esto, le dijo que sí. Pronto comprobó que aquello no era fácil, que se ponía muy nerviosa y lo pasaba realmente mal. Pero ya tenía dentro el veneno del teatro y en apenas unos días se vio atrapada en un mundo del que no quería salir. 

Tenía claro que su sitio en la profesión no era ponerse delante del público, pero también estaba segura de que su futuro profesional iba a estar muy ligado a aquello. Ahora tenía que encontrar cuál sería su lugar, qué labor iba a desempeñar dentro de ese nuevo universo que se abría ante sus ojos. Y no tardó mucho tiempo en descubrir que la parte técnica le permitía desenvolverse con soltura y la presión que le provocaba aquello de la actuación  desaparecía. 

Entonces no había escuelas como ahora y la única manera de aprender cualquiera de las labores técnicas del gremio era trabajar a modo de becario junto a un profesional para poder conseguir un carnet que acreditase que estabas capacitado para desempeñar ese oficio. Blanca se pegó a un regidor, casi día y noche, armada con un bloc de notas donde apuntaba hasta el último detalle y, tras seis meses de meritoriaje –dos meses haciendo tragedia, dos de comedia y otros dos de teatro musical– y el sello correspondiente que acreditaba su aprendizaje, empezó a trabajar como regidora en una profesión donde todos eran hombres y ella la única mujer. Corría el verano del 72.

Se sentía una afortunada, porque de alguna manera sabía que estaba haciendo historia. A veces tuvo que poner a más de un compañero en su sitio cuando intentaba propasarse. Gracias a su mano izquierda y a la seguridad que tenía en ella misma consiguió que todos la respetaran y la considerasen como a uno más. Trabajó con los productores más importantes del país –Redondo, Collado o Goyanes– que intentaban colársela a la censores atreviéndose a montar obras de los entonces proscritos Arrabal y Alberti. Unos productores que, por cuenta y riesgo propios, invertían grandes cantidades de dinero en espectáculos que corrían el peligro de tener que suspender a los pocos días de haber estrenado. Eran tiempos complicados para la libertad de expresión y de las oscuras cloacas del Régimen llegaban a veces amenazas de bomba que se quedaban en eso, amenazas, pero que provocaban el desalojo de los teatros, cortes de tráfico y el consiguiente revuelo. 

Pero un día Blanca dejó de ser regidora para convertirse en apuntadora. La razón que le hizo cambiar de oficio a pesar de que le iba estupendamente fue que su pareja también era regidor, y en las compañías no había sitio nada más que para uno. Así que si querían poder salir de gira juntos tendrían que desarrollar diferentes trabajos dentro de una misma compañía y se puso manos a la obra. Después de otros seis meses del correspondiente y riguroso meritoriaje empezó a trabajar como apuntadora. 

La labor del apuntador era vital para el perfecto desarrollo de la función. Por ejemplo, en las compañías de repertorio los espectáculos se montaban en quince días, y al tener varias obras en la cabeza era más común que los actores pudiesen olvidarse del texto. Si esto ocurría, sonaba cual resorte desde la penumbra de la primera primera caja del escenario la salvadora voz del apuntador que, proyectada desde el diafragma y a un volumen adecuado, el actor alcanzaba a oír sin que el público se percatara y finalmente conseguía salir del jardín en el que se hubiera metido.  

Blanca, como todos sus compañeros de oficio, ha trabajado muchas horas en la más absoluta oscuridad –que le ha provocado algunos problemas de fotofobia en la vista– siguiendo el texto con una minúscula linterna. Invisible a ojos del espectador pero acompañando a los intérpretes en ese adrenalínico viaje que es una función. Después de casi cincuenta años dedicados a esta profesión y de haber trabajado con todos los actores y actrices que podamos imaginar, en casi todos los teatros de Madrid y de España, han sido muchas las anécdotas. Toda una vida. Incluso estuvo a punto de dar a luz a uno de sus hijos en un teatro, el Teatro Reina Victoria, donde rompió aguas aunque finalmente consiguió llegar al hospital.

Poco a poco las labores del apuntador fueron siendo absorbidas por el traspunte o el regidor. A mediados de los noventa podemos decir que la profesión había desaparecido. Blanca fue la última, consiguió aguantar hasta hace diez años. Desde entonces sigue trabajando en la misma casa –La Comedia, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico– pero desarrollando su otro oficio, la regiduría, paradójicamente con el que empezó en esto.

Fue un placer escucharla. Siempre es hermoso encontrar a gente que ama su profesión. Me transmitió un entusiasmo y una dedicación extraordinarias. Una mujer maravillosa y que, a falta de cuarenta y cinco funciones para jubilarse, aún sigue deseando que le toque la lotería para poder montar su propia compañía.  

Eso es entrega y lo demás son tonterías. Yo con personas así me voy al fin del mundo si hace falta.

BRAVO.

Por Chechu Zeta | 7 octubre 2019

QUE LA FUERZA OS ACOMPAÑE

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»QUE LA FUERZA OS ACOMPAÑE» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]A mis padawanes:

Si me dicen que me queda una hora de vida, no me lo pienso, acudo al primer vicario joven, guapo y de boca mediterránea que encuentre urgiéndole confesión. Aclaro que en ningún caso es el arrepentimiento el motor de mi deseo, y sí el arrebato que a cualquier dama del teatro ilumina si sabe que tiene la oportunidad de representar a lo grande su última función. Es obvio que en este microteatro fatal no tiene la verdad cabida, un poco ordinaria ante el decisivo paso. Solo la partitura de la mentira salva al actor del vacío. No pierdo pues, la oportunidad que el arte del monólogo ofrece e invento una vida abyecta, llena de pecados y aflicción. Dificilísima de perdonar. Confío en que mi bello confesor, a pesar de no recibir la separata de su réplica final, es lo suficientemente previsible para preguntar con horror: “Hijo, ¿te arrepientes de tan espantosos pecados?” Y yo contestar: “Pues… no Padre, pero sea caritativo y béseme antes de morir. Piense que el último suspiro solo merece el deleite” Conmovido, el Príncipe de la Iglesia abre las puertas del Evangelio que de su boca sale, y besa a la melancólica rana que siempre fui. Entonces, sí, en el instante del beso concentro toda mi vida… incompleta… que se va. Y en el centro del beso, como una corola que sabrosa se abre para que las abejas liben, se revela el sueño que a la hora de la muerte, más orgulloso se vuelve.

Hace doce años inaugurábamos un espacio comprometido en la formación de actrices y actores, aunque lo más emocionante ha sido asistir a su desarrollo personal: como hombres y mujeres. Hoy comienza un nuevo año. Nada me hace sentir tan vivo como saberme el comandante de un ejército de padawanes.

QUE LA FUERZA OS ACOMPAÑE Y FELIZ AÑO NUEVO, INCAUTOS 

Por Juan Codina  | 1 octubre 2019

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“EL REY LEAR” PARA HABLAR DE LOS CUIDADOS: ROLES Y CONTEXTO

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»“EL REY LEAR” PARA HABLAR DE LOS CUIDADOS: ROLES Y CONTEXTO» title_tag=»h1″ font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Cada vez que comienzo un proceso de creación como director de escena tengo que superar el prejuicio establecido de que el director es la persona que “lo decide todo”, “todo pasa por él/ella”, “esto sólo tiene que ver con su mundo y su imaginario”. En la estructura teatral actual, la figura del director hegemónico está tan instaurada que es difícil discernir qué va primero: si la preponderancia personal de cada uno/a, o si la necesidad del resto del grupo de que haya un líder que lo decida todo. De ahí que hace dos años comenzara a investigar con mi compañía [los números imaginarios] con procedimientos de creación colectiva, donde todos los integrantes realizan “acciones” en torno a los conceptos de la pieza. Y donde actores, diseñadores, ayudantes, etc…, todos son co-creadores de la pieza porque todos están aportando desde su imaginario y sus acciones durante el proceso, y su voz tendrá una repercusión directa y efectiva en el montaje final.

Esto me ha llevado a reflexionar en torno a dos conceptos: los roles adquiridos y el contexto de creación. En realidad, la diferencia entre un estudiante y un profesor, entre un actor y un director, entre un dramaturgo y un diseñador de luces, tiene que ver con el rol que han decidido asumir, el enfoque de su atención y cómo miran y escuchan de manera concreta. Pero poco más. Yo pasé de ser estudiante a ser profesor en el mismo mes, pasé a dirigir espectáculos un día que decidí asumir ese rol, por eso no “soy” director, sino que ejerzo como tal. Esta idea de los roles puede extrapolarse directamente al reparto de papeles protagonistas y secundarios dentro de una obra. En nuestra compañía, los actores asumen el rol que necesita la pieza para desarrollarse, pero no hay actores principales, no hay protagonistas, no hay cabezas más brillantes que otras, no todo gira en torno a una única persona. Y con respecto al contexto, en mi experiencia es fundamental generar un marco donde puedan ocurrir cosas, donde los integrantes de la compañía sientan que pueden aportar, opinar, decidir, nutrir al proceso. Esto suena a lugar común, pero la decisión efectiva de construir un espacio donde realmente pueda ocurrir una experiencia es quizás el único punto previo necesario antes de comenzar a ensayar.

Del mismo modo que preparamos una casa para que tenga lugar una fiesta, o preparamos el dormitorio para recibir a nuestra pareja o amante, y sabemos, de manera tranquila, que es importante el ambiente, que esté todo despejado, que “el otro” se sienta bien y que sienta que puede moverse con facilidad, y “habitar” ese mundo, deberíamos pasar por el mismo proceso siempre que vayamos a ensayar una pieza, dar clase en la escuela, recibir a público en una función. Con la misma predisposición a dar una sorpresa a alguien, con el mismo cuidado para que el que venga, sienta que está como en casa. Expongo todo esto porque nuestro última montaje, LEAR (desaparecer) ha puesto a la compañía en un disparadero muy frágil: hemos trabajado a partir del “Rey Lear” de Shakespeare con un grupo de personas afectadas con Alzheimer y sus familiares. Hemos realizado talleres desde octubre de 2018 y presentamos la pieza durante nueve días en los Teatros del Canal en mayo de 2019.

Todo lo que vivió el público fueron dinámicas que hemos venido desarrollando en los talleres durante el año en un proceso de larga duración, que son los habituales en la compañía. Lo que no queríamos era que fuera una obra sobre la enfermedad o una obra con gente con Alzheimer haciendo cosas. Es una obra de gente que acompaña a otra gente, una obra donde se asume que nadie es inmune a la enfermedad, pero la enfermedad no es lo que los determina ni lo que los define. Es una obra sobre roles, sobre cómo la naturaleza llega y tienes que gestionarla, y te puede tocar ser cuidador o que te cuiden. Esas dos premisas sobrevuelan y atraviesan el montaje. Desde ahí, todos podemos ser rey Lear, un anciano con demencia que rechaza los cuidados de sus hijas. Por eso decidimos que cada función el rey Lear lo haría un actor o actriz diferente.

Hemos hecho un reparto de manera aleatoria porque aquí lo importante no es quién hace de rey Lear, sino que uno de los ocho intérpretes se convierte en Lear para que la función pueda darse, para que las hijas de Lear y por tanto el público, puedan relacionarse con este mundo, para que todo esto pueda pasar. Es un acto de generosidad porque el actor asume un rol, como decía antes, y mañana ocupará otro. Y por supuesto superando la idea de género y de edad: da igual que el rey Lear lo haga una actriz de treinta años o un actor de veinticinco. Lo importante es lo que representa, lo que define a Lear: arrogancia, necesidad de seguir “siendo”, incapacidad de aceptar sus propios límites.

Esto responde al concepto de inestabilidad y de incertidumbre que rodea esta problemática de los cuidados. Tú mañana puedes tener Alzheimer o demencia, o depresión, y por tanto ser Lear, y da igual que estés más preparado o no, da igual que tengas la energía o no, da igual que quieras o sepas hacerlo, o que lo hayas ensayado más o menos. Te toca. Y tu entorno se adaptará a esta nueva realidad, negándote, enfadándose, acompañándote, cuidándote. Y esta es la familia alrededor, los amigos, los parientes, las parejas, el público.

El problema es considerar a la persona con Alzheimer como un enfermo, como si esta palabra lo definiera. Tienes esto, eres esto. Y es mucho más que eso, mucho más complejo que eso, es alguien que ha perdido facultades en un sentido pero que puede desarrollar otras de una manera nueva y desconocida tanto para él/ella como para su acompañante. Los propios familiares comentan que el proceso ha sido incluso más terapéutico para ellos, porque han podido relacionarse con este “estado” desde otro sitio, descubrir que desde el contacto, el amor, la posibilidad, la potencialidad, hay todo un campo por descubrir, porque además la compañía no tiene experiencia en este sector, el fracaso era inevitable. Pero desde esta no experiencia, hemos ido a sitios que el propio terapeuta reconocía que no se hubieran explorado nunca en otros contextos.

Aquí vienen y sienten que se les necesita y que pueden ser y estar. Pero el problema es que no existen más contextos así, donde ancianos y jóvenes compartan tiempo y espacio, habitualmente estamos separados, desplazados. De ahí la importancia del contexto, de generar un marco común de convivencia y de relación, por tanto, de cuidados.

La vejez como “estado”, invita a un “no puedes”, un “no debes”, un “compórtate”, “no hagas esto”, que ya no tienes edad, no hables… Y o que proponemos es todo lo contrario: habla si quieres, muévete si quieres… Parece que el único destino es la desaparición, pero Lear quiere aparecer. Y esto es Lear, que con 80 años reparte su reino pero se reserva sus 100 caballeros, porque quiere seguir siendo, quiere “aparecer”. Y las hijas le dicen: “no”. Así que él se adentra en el bosque, se enfrenta a la naturaleza, y claro, descubre que no es inmune a la enfermedad y también que ha sido injusto con sus hijas, sobre todo con Cordelia, que le quería de otra manera a como él reclamaba.

Por eso “Rey Lear” es una obra fundamental, porque está poniendo el ojo directamente sobre “¿cómo cuidamos, cómo acompañamos?” Y por supuesto no hay solución. Lo único que decimos en alto es: habitemos esto como venga, pero habitémoslo.

“En este acompañar/nos hemos “despistado” -abandonada en su propia tormenta- a la demencia, al Alzheimer… transmutándose la forma de mirar, en particular la de los/as familiares acompañantes, este cambio ha provocado que sea una mirada más nítida, abierta y trascendente, dejando a un lado la enfermedad para reencontrarse con aquellas emociones y afectos que quedaron perdidos entre tanta tempestad. Los/as familiares se han reencontrado con ellos/ as mismos/as y con sus compañeros/as, tal y como eran antes de que comenzara la tormenta. Los/as familiares, transformados/as en paraguas protector, acompañan a su familiar enfermo/a en esta travesía hacia lo desconocido, dejando de lado su propia tormenta que les/as acecha, dejando que el agua les/ as empape y el frío los/as penetre, mientras, incansables, protegen y abrigan a su ser querido/a. Es una entrega generosa de cariño sincero, es AMOR,¡¡algún tipo de amor¡¡. Como nos diría Cordelia, AMOR que trasciende las palabras. A lo largo de este viaje me han preguntado en varias ocasiones si creo que esta experiencia ha sido terapéuticamente positiva para las personas con enfermedad de Alzheimer y sus familiares, y no tengo una respuesta clara, pero creo que ha sido  una experiencia sanadora, que empodera y visibiliza, una experiencia que mejora la autoestima, el estado de ánimo y, por ende, mejora todas las capacidades  cognitivas y las relaciones sociales. La visibilidad ayuda a romper estereotipos y miedos que nos provoca lo desconocido, el abismo”.

Alberto Sánchez Cañizares. 

Psicólogo asesor de [los números imaginarios] en LEAR (desaparecer). 

Foto ©Luz  Soria

 

Por Carlos Tuñón | 18 junio 2019

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