BALENCIAGA Y LA PINTURA ESPAÑOLA

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»BALENCIAGA Y LA PINTURA ESPAÑOLA» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

«Mi padre era pescador, mi madre costurera. Mi suerte fue que en mi pequeño pueblo, Guetaria, cercano a San Sebastián, se encontraba la residencia de verano de una gran dama, la marquesa de Casa Torres, abuela de la reina Fabiola. Yo no tenía más que ojos para ella cuando llegaba a misa el domingo, bajándose de su tílburi, con sus largos vestidos y sus sombrillas de encaje. 

Un día, reuniendo todo mi coraje, le pedí que me dejara visitar sus armarios –mi madre era su costurera de confianza– y divertida, aceptó. Así viví meses maravillosos: cada día después del colegio, trabajaba con las planchadoras de la marquesa en el último piso de su palacio de verano, acariciaba los encajes, examinaba cada pliegue, cada punto de todas aquellas obras maestras. 

Tenía 12 años cuando la marquesa me autorizó a hacerle un primer modelo. Podéis imaginar mi alegría cuando, al domingo siguiente, la amable dama llegó a la iglesia luciendo mi vestido. Así fue cómo hice mi primera entrada en la alta costura y en la alta sociedad.»

Aquella marquesa le pagó sus estudios con un sastre en Burdeos y así fue como comenzó la carrera en el mundo de la moda del que muchos no dudan en llamar el maestro de maestros: Cristóbal Balenciaga. 

De Balenciaga se ha escrito todo. Arquitecto de la moda, sofisticado, mago de los tejidos, escultor de los volúmenes. Rey de la sublimación de la líneas puras y simples. 

Pensar en Balenciaga es pensar en sus trajes sastre, sus abrigos o sus vestidos de noche. Fue la vanguardia de la verdadera elegancia.

Perfección, sutileza y rigor.

Era extremadamente discreto e inaccesible. Lo único que existía para él era su trabajo, su equipo –formado por casi quinientas personas– y las tiendas que tenía en París, San Sebastián, Barcelona y Madrid. Sus colecciones y diseños siempre estuvieron inspirados profundamente por el arte, la cultura y la historia de España. 

Desde el próximo 18 de junio y hasta el 22 de septiembre podremos visitar en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza la exposición Balenciaga y la pintura española donde veremos los diseños más icónicos del maestro vasco frente a los cuadros de El Greco, Velázquez, Zurbarán o Goya, pintores que influenciaron sin lugar a dudas su universo creativo. 

 

Por Chechu Zeta | 14 junio 2019[/vc_column_text][vc_empty_space height=»2em»][/vc_column][/vc_row]

EL ARTE MIENTE, PERO NO ENGAÑA

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Yo, rebelde, presumo en voz alta de cuanto rechazo. En eso he salido a mi padre. Y si la afonía vence, me chuto con el aliento de mi marido: si el mundo fuese claro, no existiría el arte. Esto dice mi marido. Mi marido se llama Albert Camus

Exterior noche. Miles de millones de botellas de plástico a la deriva, en el interior de cada una hay un mensaje, en todas pone ¡SOCORRO!

Toca reconocer que el fin del Diluvio se trató de una fake new. Chapoteamos, luego existimos en el relato de un incurable desorden. Sin culpa, ni fortuna, cándidos pero ungidos con el signo de la razón, hemos sido arrojados a la sinrazón del mundo. Pronto adivinamos que la pretendida superioridad que otorga el juicio –bien exclusivo que nos distingue del resto de las especies– topa impotente contra una eterna e invisible arbitrariedad. Atados a la camisa de fuerza de la lógica en un mundo que por irracional lo es también inhumano, solo el arte posee el talento para ordenar el fracaso de Dios preservando la idea del mismo. 

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El arte es la idea de Dios. 

El arte fue la primera de la religiones. Será la última. Y es la única que no promete la vida eterna.

El arte cura. El arte mata. El arte resucita.

El arte vive en el limbo. Exacto, allá, donde los inocentes.

El arte solo tiene un defecto: es perfecto. Si no fuera por eso sería perfecto.

El arte tiene el rostro de todas nuestras verdades.

El arte miente, pero no engaña.

El arte es la única razón por la que no hay más suicidios.

El arte sin pies ni cabeza mira directo a los ojos. 

El arte es lo primero que persiguen los tiranos. El arte es temido por el miedo.

El arte coloca al ser humano entre el universo y el microscopio.

El arte es una broma que conviene tomarse muy en serio.

El arte no se habla con el ocio.

El arte es eso que hace que lo imposible parezca sencillo.

El arte es la venganza de la melancolía.

El arte es la más naif de las obscenidades. 

El arte y el amor son el mismo misterio. Y en ocasiones lo parece. 

El arte deforma. El arte conforma. El arte transforma. Todo en el arte es forma.

El arte es voluptuosidad, bruma, deseo, cadencia, verano y petróleo.

El arte es un rayo de luz, que se esfuerza, y es el sol.

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Toda obra de arte consiste en un acto de rebeldía. Todos los miles de millones de almas que somos deberíamos exigir ser educados como artistas. No permitamos que los necios lleven hasta el final su conjura. Hay que aprender a decir NO. Hay que decirlo más.

 

Por Juan Codina | 12 junio 2019

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ENTREVISTA A EUSEBIO CALONGE. LA ZARANDA

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Llegó quince minutos antes de mi cita con Eusebio Calonge a la cafetería del teatro Español para ver si me voy haciendo al espacio y me relajo, porque la posibilidad de poder charlar un rato con él me alegra profundamente pero estoy tan nervioso como si tuviera que salir a escena, ya ves tú qué tontería. Pero es que La Zaranda probablemente sean de los primeros recuerdos teatrales de mi vida –no recuerdo qué edad tendría, pero era muy pequeño la primera vez que los vi en mi pueblo a principios de los noventa– y eso de alguna u otra manera me impone. Historia viva del teatro. Es como cuando ves por primera vez la catedral de Sevilla o el David de Miguel Ángel, se queda grabado en tu retina para siempre. 

A la hora acordada aparece y me invita a pasar al maravilloso patio de butacas del que es el teatro en funcionamiento más antiguo de Europa, para poder charlar con tranquilidad. La última vez que los vi fue el año pasado precisamente en este escenario, con Ahora todo es noche, donde uno de los personajes de aquel espectáculo decía algo así como: Si tenemos unos telones y unas tarimas puestas en cualquier sitio, podremos seguir viviendo, refiriéndose a lo poco que realmente necesitan un espectáculo y un actor para que el hecho teatral ocurra. 

¿El teatro es algo sencillo, no necesita de grandes parafernalias? 

La gente no deja espacio al teatro porque enseguida meten coordenadas de diseño de producción, diseño de escenografía, de iluminación, de dirección, diseño de interpretación, todo eso que no te deja estar perdido ahí en el escenario, y cuando no estás perdido no puedes encontrar, porque posiblemente el teatro sea estar perdido. Incertidumbre. El teatro es riesgo hasta el final. Quien no esté dispuesto a montarse en ese hilo, en esa cuerda floja, yo creo que tiene poco que hacer aquí, y podrá ser un reputado actor famoso de series y todas estas cosas de ahora –que no tengo nada en contra– pero eso lo considero otro oficio.

El teatro artesanal, el de compañía, ese teatro que hoy día es ya tan raro, tan ninguneado y silenciado en muchas ocasiones, el que incorporaba una dramaturgia propia, con hondura y que se expresa a través del juego en el escenario, ese teatro dista mucho de ese otro que se ha levantado sobre unas fórmulas de un equipo de gente que se integra pero por parcelas, pero no brota desde la raíz, la palabra y la acción. 

Pero lo único que te puedo decir sin temor a equivocarme es que  después de cuarenta y dos años en esto lo único que sé es que estoy más perdido que nunca y con el mismo miedo de siempre, quizás con más, porque soy más viejo. 

Cuando uno está creando cree que está cerca de algo, que está encontrando un camino, pero luego se te vuelve a oscurecer simplemente porque tienes que seguir trabajando. Si crees que has encontrado la verdad absoluta, que el teatro te la ha dado, ya no merecería mucho la pena que siguiera aquí, ya hubiera tocado a Dios con las manos, ¿no?

¿Por qué ahora El desguace de las musas? 

He podido mentir en todo en mi vida menos en el teatro, siempre he sido muy sincero en el teatro, porque era la manera quizás de mostrarme ante mí mismo, era mi espejo más nítido. 

Es un desguace porque después de cuarenta años hay muchos elementos que están herrumbrosos, que ya no tienen el fulgor y la fuerza que podrían tener en un principio. En esta función hay un personaje que dice: yo creí que estaba más cerca y lo que estoy es cada vez más viejo y más cansado. En esta función nos enfrentamos con sinceridad a los oropeles y los brillos que venían a resumir una carrera que muchos han dicho mítica, ejemplar, en fin, a toda esa retórica que emplea la prensa, pero nosotros no somos más que un pequeño grupo humano que un día se enfrentaron a ellos mismos desafiando sus propias reglas del teatro. 

Es un trabajo muy sincero, muy desnudo como todos los de Zaranda, donde ahí hay una visión muy política a través de elementos que son muy obvios, urnas para votar, banderas, discursos de muñecos. Todo lo social que refleja el teatro aunque sea sin querer.

¿Qué le pasa a nuestra cultura?

Hace mucho tiempo que convertimos nuestra cultura en La sociedad del espectáculo, como decía Guy Debord. Parece que estamos hipnotizados por lo mediático y lo global, donde solo lo que funciona cara al espectáculo de la imagen es lo que puede verse y se ha ido acallando en contrapartida todo lo que era verdaderamente el sentido de la cultura: hacer personas cada vez con más conciencia para que fueran más libres y cultivadas en su propio espíritu. Esto se ha ido aboliendo en aras de una funcionalidad, todo intenta ser utilitario, todo debe servir para los engranajes del sistema y nos encontramos de pronto con que el teatro como poética, como arte deja de tener valor en un mundo que está plenamente devastado espiritualmente.

El dinero contamina todo y rápidamente te preguntan que qué taquilla has hecho, qué vale tu producto, y nos encontramos con el sistema de producción propio del capitalismo: mínimo gasto y tiempo y máxima explotación. El teatro de creación no se puede limitar a eso porque se necesita un tiempo extenso para tener un lenguaje. Eso está pensado para un público que confunde la cultura con el ocio. Ese mercado del ocio parece que pretende capturar a turistas de la cultura en vez de a un público real, sensitivo, con gusto por lo creativo. El arte y la cultura no deberían entrar en competencia con ese mundo, eso nos coloca a la altura de las revistas del corazón.

Estamos en una época de letargo, aunque creo que necesariamente tiene que volver el hombre a reflexionar, si no lo dejan es porque reflexionar te aparta de la maquinaria. No quiero hacer un teatro en el que no creo y eso te aparta necesariamente del mundo de la producción teatral. 

Y los jóvenes, los que vienen…

Confío profundamente en la gente joven, en la gente que sale de las escuelas. Creo que las escuelas tienen la responsabilidad de formar actores pero también a mujeres y hombres. La formación de actores y actrices debe ser integral. Ese conócete a ti mismo de Sócrates. En el actor eso forma parte de su formación diaria, pero realmente como práctica, no solo como algo teórico, no solo filosóficamente sino además físicamente para poder expresar, por ejemplo desde el hígado en vez desde el cerebro,  o desde la sangre o la respiración. El actor se conoce haciendo así que el papel de las escuelas en este sentido es fundamental. 

Hay que prestar especial atención a esto ya que los jóvenes de hoy lo tienen más complicado incluso que nosotros cuando empezábamos. Nosotros lo tuvimos muy mal pero estamos vivos por Latinoamérica. Cuando llevábamos diez años aquí llegó un momento en que ni llegaban contratos ni nada, nadie se fijaba en nosotros y fue en Argentina o Buenos Aires, países donde medularmente están más familiarizados con el el teatro, donde se nos empezó a reconocer de alguna manera. Para nosotros la salvación y la inmensa fortuna fue poder atravesar el charco y darnos cuenta de que allí nuestro teatro sí tiene una vigencia que parece que aquí no se nos reconocía. Eso es lo que nos mantuvo vivos verdaderamente. 

Aquí hay grupos o compañías jóvenes que muchos están desapareciendo porque el vacío que se ha generado alrededor de la programación los absorbe. Les dan dos días en un teatro o giran por un pequeño núcleo de salas alternativas pero no se pueden mantener. Cuando quieres hacer un trabajo profundo, cuando tienes un lenguaje y quieres desarrollar tu poética, necesitas más tiempo, tú no puedes hacer un trabajo cada seis meses para responder a un circuito que al final tampoco te va necesitar ni a querer con tanta frecuencia. 

Estos jóvenes merecen que sus trabajos se puedan ver, que puedan llegar al público y permanezcan durante más tiempo en los escenarios, y sobre todo que ellos puedan aprender, porque es en el escenario y frente al público donde tu trabajo se fragua. Pero claro, cuando te programan tan poco tiempo los que van a verte son tus propios amigos y familiares, que te vitorean –lógicamente– pero no te estás enfrentando a un espectador neutral, a un público real.

Nos encontramos ante una realidad desoladora

Se necesitan locales de ensayo, los que gestionan lo público tienen que  facilitar de una vez por todas que los jóvenes tengan acceso a locales de ensayo, porque solo alrededor de un local es como se puede formar una compañía. La compañía es básica, somos la gente de teatro, personas que trabajamos en un arte de colectividad, no un arte de yo te encargo y tú me haces, no, hacemos un arte de contagio. Para la gente de teatro el contagio es fundamental, necesitamos contagiarnos de la esperanza, de la fuerza, del sentido del fracaso y eso solo se da alrededor de un espacio donde poder encontrarse. Las instituciones y organismos tienen que entender esto, la nave de ensayo es algo vital más que salas de exhibición incluso.

Hay mucha precariedad para cualquiera que luche por llevar su propio lenguaje al escenario, algo que no sea un repertorio diseñado desde las oficinas de los productores de turno, o las oficinas de un ministerio. Las producciones no nacen de las compañías porque no se orienta ni se forma a la gente en eso. La burocracia es una máquina de triturar lo vivo, y ante esto lo único que puedes hacer es salir corriendo para que no te atrape. Parece que lo único que interesa es el teatro comercial, que desde mi punto de vista es tremendamente aburrido.  

¿Cómo vive La Zaranda esta fiebre de lo efímero, de la necesidad y urgencia de inventar algo nuevo cada cinco minutos y que lo que ocurrió ayer ya no tenga valor ninguno?

En el arte, cuando se quiere ser actual se tiene que crear para lo eterno, esto es una máxima que llevamos a rajatabla. Cada palabra tiene que ser dicha como si se dijera en el oído de un agonizante, para que sea verdad, para que no sea pura retórica, que no se caiga. 

En este mundo de ahora donde no existe la crítica, pero si hay muchas opiniones, que fluctúan, que hacen ruido pero ni siquiera tienen verdadera furia, lo único que uno tiene que hacer es estar sumergido en su propia creación, donde conseguir que el ruido de ese mundo sea cada vez más leve y alejarse de esa velocidad que no va hacia ninguna parte. Como decía Juan Ramón Jiménez: No corras, ve despacio, que donde tienes que llegar es a ti mismo. Uno tiene que ir atento a su propio camino y confiando en su propio dolor, ese es un buen baremo, las cosas que te duelen o te preocupan son las que merecen la pena. 

¿A qué problema se enfrenta hoy La Zaranda?

El problema real siempre eres tú mismo, es fácil echar la culpa al mecanismo del mundo, a lo externo, eso es otra cosa, eso está fuera, pero el problema real eres tú mismo, tu miedo, tu propio agotamiento. 

Yo intento ser sincero siempre, siempre pongo lo que me pasa encima del escenario. El miedo real es el miedo a no tener nada que expresar, ¿no? Ese es mi miedo más grande. Otro gran miedo es no poder expresar lo que uno quiere. Yo creo que estos son los verdaderos miedos de un creador, lo demás son las circunstancias: que el mercado es cada vez más cerril con la obra de arte, que el espíritu está casi abolido, pero el miedo interno es el problema más poderoso. 

¿Después de tantos años, qué es para ti el éxito?

No hay que hacerle demasiado caso a esa idea del éxito, uno debe estar preparado porque crear es bajar a los infiernos, como en el mito de Orfeo. Necesariamente, para rescatar belleza vas a tener que sufrir mucho, hasta la extenuación casi, para que salga algo en un ensayo que vaya más allá de lo que tú habías pensado, que te sorprenda o te ilumine, que verdaderamente te haga seguir un camino. El éxito no es más que la posibilidad de trabajar y poder mostrar tu trabajo con humildad.

¿Qué le dirías a alguien que empieza en esto de la dramaturgia, que quiere dedicar su vida escribir teatro?

No hay un camino para esto. Si quieres estudiar medicina o matemáticas hay unos libros donde puedes aprender cómo hacerlo. ¿Para escribir teatro qué libros hay? Tienes que aprender de tu primer beso, de tu primera muerte, tienes que aprender de lo que la vida te va enseñando. Por supuesto leer y ver mucho teatro pero también ver mucha pintura, escuchar buena música, nutrirte de todo. Y estar dispuesto a bajar a los infiernos por muy romántico que nos pueda sonar. 

Y para terminar, algo que siempre me llamó la atención en vosotros. ¿Por qué no recogéis el aplauso del público al final de la función?

Nos gusta que el espectador se lleve la imagen de los personajes, principalmente es por eso, que la obra siga viva y que no tenga la conclusión de los actores. A mucha gente le parece raro, a otros les molesta, pero nos gusta la idea de que los personajes sigan dentro de los que los  han contemplado. 

Por Chechu Zeta | 6 junio 2019

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SALIR RANA

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»Salir rana» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

De vez en cuando aparece en escena la sobrina o sobrino de alguien más o menos cercano que quiere ser actriz o actor y sus mayores se acuerdan de ti -que, a lo tonto, llevas casi cuarenta años en esto- para que hablen contigo y les des algún consejo: explicarles qué pueden hacer, por dónde deben empezar, etc. Entonces se queda una pensando muy seriamente estas preguntas pues no son nada fáciles de contestar.

Lo primero que hago yo en estos casos es preguntarles por qué quieren ser actores. Es importante saber qué idea tienen ellos del oficio. Suelen responderte que, porque quieren hacer cine, salir en una serie, parecerse a tal o cuál actriz o actor de renombre; también mencionan a otros que trabajan en series de moda que yo no conozco porque no veo tele. Entonces me agarro a lo de la actriz de renombre y les pregunto qué trabajos conocen de ella, si de teatro, cine o televisión. Suelen responder que de la tele; contadas veces del cine. Al teatro ni lo nombran. Entonces me doy cuenta de que yo no soy actriz tal y como ellos conciben que es o debe ser una actriz: no hago cine, apenas he hecho televisión, no tengo representante, no soy famosa, tampoco tengo premios. Así que, a partir de mi trayectoria y experiencia, paso a presentarles otra cara del actor.

Yo caí en esto por accidente, no soy como tú, que tienes claro lo que te gustaría ser: persigues un sueño. A tu edad, yo tenía una confusión muy grande. Iba fatal en los estudios, sentía que no encajaba en nada; me aburrían las cosas que supuestamente me tenían que divertir. En fin, lo estaba pasando francamente mal. El futuro, ése que de pequeños pensamos que está muy lejos y que nunca va a llegar, estaba llamando a mi puerta en forma de pesadilla. En el instituto (femenino) me juntaba con las más tiradas de la clase: hacíamos pellas y nos poníamos moradas a litronas y porros. Mi cuerpo se rebelaba contra estas prácticas y terminaba poniéndome muy mala: vomitonas y todo eso. Así que, tampoco era un buen refugio. Estaba convencida de que nunca saldría de ese pozo en el que me encontraba. Me sentía muy culpable. Pensaba que yo, efectivamente -tal y como alguna vez había oído lamentarse a mi padre- había salido ‘rana’. 

Entonces pasó algo completamente imprevisto: sin esperarlo ni buscarlo, el Teatro se presentó un día ante mí y me dijo: “¿Quieres trabajar de bailarina?” “¿De bailarina, yo?” “Sí, tú. Tu ru rú.” Y yo, como no sabía decir que no a nada porque me daba mucha vergüenza todo, dije: “Vale”. Y así, empecé yo en esto. Sin saber muy bien dónde me metía. 

Trabajé bastantes años en teatros y salas de fiesta como bailarina ‘de revista’ y ‘music hall’; también en ballets ‘modernos’ de programas ‘de variedades’ que se llevaban mucho en la época (década de los 80, principios de los 90), en una tv que tan solo tenía dos canales (la uno y la dos). En aquellos espectáculos y programas de tv conocí, además de a una generación de cómicos anterior a la mía -gentes muy peculiares-, a ventrílocuos, acróbatas, magos, transformistas, payasos… En fin, un mundo extrañísimo que no hacía más que abrir mi cabeza y corazón a vivencias que jamás hubiera podido imaginar. Al mismo tiempo, sin darme cuenta, había sido rescatada de aquel callejón sin salida en el que años atrás, ante mi angustiada conciencia, aseguraba encontrarme. A esas edades, imaginar tu suicidio por razones así (no saber por donde tirar en la vida), es algo bastante común y, siguiendo la tendencia, confieso que también, a la joven que fui, se le pasó alguna que otra vez por la fantasía. Se ve que ya empezaba a cogerle gusto a eso de meterme en el drama.  

De ser bailarina, surgió un día la posibilidad de evolucionar mi carrera y pasar a convertirme en actriz. Tampoco esto lo había deseado, ni siquiera imaginado. De nuevo el Teatro se presentó ante mí y me dijo: “¿Quieres trabajar de actriz?” “¿De actriz, yo? “Sí, tú. Tu ru rú”. Y, al igual que la vez anterior, como seguía sin saber decir que no a nada y continuaba avergonzándome de todo, dije: “Vale”. Me contrataron para hacer una gira muy, muy larga, de casi un año, en una compañía de teatro ‘comercial’. La temática de la obra se tildaría hoy de súper machista: maridos que ponen los cuernos, líos que se forman con la aparición de una fulana en escena, salida de personajes por una puerta a punto de ser pillados por sus mujeres que entran en ese mismo momento por la otra, etc. Una comedia, como decían, ‘de puertas y armarios’; también enmarcada en el género del ‘vodevil’. No me encontraba en mi salsa: en aquella gira me sentía muy sola, tampoco terminaba de cogerle gusto a eso de ser actriz. Tenía realmente muchas ganas de acabar y volver a casa, también a la danza. Pero, al regreso, el Teatro se presentó de nuevo con otra propuesta: “¿Quieres presentarte a una ‘audición’ en la que buscan actores jóvenes para formarlos en el teatro del ‘Siglo de Oro’?” “¿El ‘Siglo de Oro’? ¿Y, eso qué es?” “Teatro clásico, en verso. Los ‘octosílabos’, las ‘sinalefas’…” “¿’Sinalefas’?” Había mejorado algo en el tema de la vergüenza, pero aún no había superado el atreverme a decir no. Así que, solté: “Vale”. Me presenté y me cogieron: entré en la escuela de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Fue un año maravilloso. Éramos veintitantos actores, chicos y chicas. Lo primero que hacíamos nada más llegar a los vestuarios del viejo cine de Portazgo -lugar donde se impartía el curso-, era ponernos una ‘basquiña’ (enagua blanca larga que se pone bajo los vestidos de teatro clásico para dar volumen a la falda). De esa guisa, comenzaba la clase de esgrima. Después continuábamos con las clases de historia del teatro, interpretación, verso, canto y danzas ‘pavanas’, propias del Siglo de Oro. Estrenamos la obra de fin de curso en el Festival de Almagro e hicimos temporada en la sala Olimpia de Madrid (hoy convertida en el Teatro Valle Inclán); también realizamos una pequeña gira. Fui feliz. Allí me di cuenta de que quería dedicarme a esto, al teatro. Consagrarme a él. Decidí prepararme todo lo que pudiera: estudiar voz, canto, teatro gestual, de texto, improvisación… Al terminar la escuela me volvieron a llamar para trabajar en otra compañía de teatro comercial. De nuevo tenía que hacer de amante en braguitas y sujetador. Y después, cuando terminó, me comí el primer paro gordo de mi vida (casi un año). Fue un bajón enorme, lo pasé fatal. Otra vez me di a los porros desenfrenadamente. Pero el Teatro vino de nuevo y me dijo: “Déjate de porros que te vas a estropear la voz. Mira, anuncian unas pruebas para entrar en un teatro que van a abrir nuevo. Quieren formar a actores jóvenes pero que tengan ya algunos años de experiencia profesional. Te voy conociendo, se que éste es un proyecto en el que te gustará estar. Hazme caso, preséntate”. Y me presenté. Así fue que entré en el Teatro de la Abadía. Formé parte de la primera promoción de actores. De nuevo, un año de formación intensiva con cinco o seis horas de clase al día de distintas disciplinas y técnicas teatrales. Todo eran descubrimientos y aprender con pulcritud un bello oficio que me acogía generosamente y para el que, decían, valía. Al fin me sentía útil y apreciada en algo que, al mismo tiempo, me liberaba del terrible estigma de haber salido ‘rana’. Mi padre empezó a venir a verme al teatro, a los montajes. Permanecí allí seis años en los que, además de la formación continuada, participaba en bellos espectáculos. Pero las cosas tienen su tiempo y me tocó marchar. No sólo del teatro, de España. Pedí una beca para ampliar estudios en el extranjero y me largué a Londres a estudiar con Phillipe Gaulier, quien tenía una forma muy distinta de entender el teatro. Cogió las técnicas que llevaba yo tan bien aprendidas y a las que me agarraba tan férreamente y no dudó en hacerlas añicos frente a mis compañeros. ¡Menudo ‘flopazo’! Pero, cuidado, antes de que me concedieran la beca, no me libré de comerme el segundo paro gordo (casi otro año). Todo esto te lo voy contando para que veas que no todo es un camino de rosas. Esta es una profesión muy bonita, que incluso te puede salvar la vida, como hizo conmigo, o librarte del trabajo tedioso en una oficina, pero también tiene momentos muy duros. Y duros, durísimos, fueron los trabajos que tuve que desempeñar en Londres para poder pagar la escuela y mantenerme. La beca no cubría ni un cuarto de los gastos y mi inglés era ‘chafalleiro’, por lo que los trabajos a los que tenía acceso eran los más desagradables y los peor pagados que desempeñaba un emigrante. Mis manos estaban llenas de herpes, mis pies de ampollas. Un amigo me mandaba de vez en cuando una china de hachís desde España: volví a engancharme al porrete. Era necesario doparse un poquito para aguantar aquello. Lo conseguí, hice los dos años que duraba la escuela. Tuve la suerte de que, antes de que terminar -quedaba tan solo un mes- me llamaran desde España para trabajar en una producción. Así que, al poco de regresar, comenzaron los ensayos. Al término de la ‘turné’ -por cierto, ¡qué giras más largas y maravillosas se hacían antes, recorríamos toda la península!- volví a quedarme sin trabajo una larga temporada. Pero, tranquilo/a, dicen que Dios aprieta, pero nunca ahoga, y es verdad. Siempre van saliendo cosas para ir tirando. Mientras todo esto sucedía, amigos y compañeros de clase se habían ido colocando. Algunos llegando a hacerse muy famosos. Observas que también se van alejando de tu vida porque los caminos se separan. 

La gran crisis viene cuando cumples cuarenta. Para una mujer que se dedica al teatro es una edad fronteriza: empiezan a llamarte menos. Comienzas a darte cuenta de que ahora solicitan a las actrices que van por detrás de ti, más jóvenes. Entras en sintonía con Doña Rosita la soltera, pero sin embargo nadie te da ese papel. Ni ése, ni otros. Entiendes que se te ha pasado el arroz: que ya no vas a hacer ni a la Laurencia, ni a Rosaura, ni a la hija del aire. Y que, a las Lady Macbeth, Medeas, Clitemnestras… que se monten tampoco vas a tener tú acceso, porque, de hacerlo una actriz madura, lo hará una con nombre y no tú. Ya no te ponen los porros, entonces empiezas a comer y a engordar. Te echas a perder. Pasas una etapa terrible, destructiva a tope. Pero dicen que en el fango nacen flores y es verdad. A mí se me revolvió todo y comencé a escribir. Sí, el Teatro vino y esta vez me dio un lápiz. Dijo: “Sueltalo todo” Y lo hice. Dejé que saliera por la mina lo que por lo bajo me estaba rebullendo. Así fue que estrené mi primer monólogo: protAgonizo, un texto escrito por mí. Salía en pelotas al escenario: sin tapujos, sin importarme lo que pudiera pasar, sin expectativas. Tenía la fuerza que da el no tener nada que perder pues ya lo tenía todo perdido. Sin saber ni cómo, se convirtió en un éxito. Después he vuelto a estrenar otros espectáculos del mismo corte y formato, que a la gente le siguen gustando y tocando mucho, pero nada: te encuentras con las mismas dificultades para que te programen que tenías al principio. Te hinchas a escribir correos, pero la mayoría de las veces ni te contestan. Empiezas a quemarte y a perder el ánimo otra vez. Es una desesperación. No te hacen hueco ni pa Dios. 

Y cumples los cincuenta. Ahora ya, pasas de todo. Te has dejado hasta las canas. De vez en cuando surge algo sorprendente, y es que se acuerda de ti alguien con quien trabajaste hace veinte años y te llama. Entonces vuelves a los escenarios, pero, ahora ya, los trabajos son muy cortos. Hay que chuparse un montón de ensayos, muchas veces sin que te los paguen, para hacer la función -en el mejor de los casos- tan solo dos semanas: ni te da para comer, ni para disfrutar del trabajo actoralmente, pues, cuando le vas cogiendo el punto y empieza a venir el público por el boca a oreja, se acabó. Pero, la verdad, es que, como te digo, se va tirando. No tengas miedo. Si no te llaman, siempre te puedes inventar algo tú. 

No voy a darte consejos, porque no conozco la fórmula ni creo que las haya para trabajar de actriz o de bailarina. Solo puedo contarte un poco por encima mi historia, mi experiencia. No quiero dejar de decirte que, con el tiempo, me fui dando cuenta de que lo importante no es el ‘éxito’ o el ‘fracaso’, si no, lo que durante todos estos años ha ido pasando: la gente que has conocido, tantas experiencias y escenarios compartidos: con compañeros, con el público… Las clases que tomaste y tomas (porque esto nunca se acaba de aprender), las que das tú de vez en cuando, haberte ido hasta Londres a estudiar, la cantidad de wáteres que limpiaste allí, verte bailando, actuando o escribiendo (cosas todas ellas fantásticas, impensables para uno en otro momento de la vida). Lo más bonito de una profesión, lo mismo que de un amor, es la sorpresa. Ser actor/actriz tiene esa bendita cualidad: te brinda experiencias que ahora mismo no podrías imaginar por claro que creas que tienes lo que persigues. En realidad, la vida es así en todos sus aspectos: nos rompe -por gracia- los esquemas a cada paso, revelando cosas y valores que uno no esperaba para nada. Te puedo decir que, hasta los momentos más crudos, me parece un lujo haberlos vivido. Al final, no encuentro que sea nada malo ‘salir rana’. 

Y ahora, si quieres, paso a recomendarte algunas escuelas. 

Por Ester Bellver | 31 mayo 2019

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DERECHOS PARA TODOS

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Este es el panorama de la Europa democrática. Un total de 35.597 personas han muerto, solo desde 1993, intentando acceder a Europa por carecer de vías y procedimientos de acceso seguro y garantizado. El Mare Nostrum se ha convertido en el Mare Mortum, el mar de los ahogados. No se han reubicado los miles de personas que llevan meses y años hacinadas en pésimas condiciones —en auténticos campos de concentración— en los países del sur de Europa. Son permanentes las agresiones sexuales que sufren las mujeres en el tránsito y el secuestro de muchas por las redes de trata.

La UE que iba a suprimir las fronteras ha creado en los últimos años más vallas, en y entre sus propios países, que todo el resto del mundo, Trump incluido. La nueva guardia europea de fronteras se ocupa de las fronteras interiores mermando la soberanía de los Estados, y, en los países de origen de las personas migrantes (África, Asia), entrenando a sus policías/milicias, para obstaculizar los movimientos de las personas desplazadas a la fuerza. Una pregunta, ¿cuánto dinero público, que podría ser empleado en mejorar las condiciones de vida de europeos y migrantes, va a ser utilizado en la construcción de campos de detención/concentración en Marruecos o Turquía?

En los últimos tiempos, los Gobiernos europeos están ya decididamente asumiendo estas políticas de sistemático rechazo y exclusión de inmigrantes y refugiados. Un conjunto de intereses económicos y del mercado de trabajo marcan estas decisiones, pero lo que resulta más grave es la creciente presencia de las fuerzas de extrema derecha, neofascistas, tanto en los procesos de gobernanza europeos como en importantes sectores de la población.

Estas fuerzas están arrojando olas de odio sobre las personas migrantes y refugiadas, a las que culpan de todos los males de nuestras sociedades, del desempleo, de los bajos salarios, de la crisis social y económica, del aumento de la delincuencia y del machismo. Esas fuerzas extremistas, demasiadas veces apoyadas por fuerzas políticas que se autodenominan democráticas, utilizan esos discursos que contribuyen a incrementar las injustas políticas migratorias existentes, como las expulsiones masivas y el cierre de fronteras arrojando a la muerte a decenas de miles de personas en las aguas del Mediterráneo, en los desiertos de África y en otros lugares sin nombre, negándoles derechos humanos básicos, la vida y el derecho a migrar.

La política neofascista se asienta y alimenta en la defensa de una sociedad jerárquica basada en el individualismo, la competición y la desigualdad. De una sociedad autoritaria y patriarcal basada en el odio y la exclusión de las personas vulnerables, empobrecidas, excluidas, diferentes, migrantes. De una sociedad donde quienes son diferentes, quienes soportan y también rechazan la desigualdad y la jerarquía de personas —las personas pobres, emigrantes, precarias, mujeres insumisas, disidentes en general— deben ser marginadas y expulsadas.

El crecimiento de estas fuerzas políticas neofascistas y la facilidad con la que están buscando alianzas en otros partidos y fuerzas de derecha empieza a hacer desgraciadamente posible una estrategia que, siendo ahora las personas emigrantes y refugiadas las primeras víctimas, incluiría, si crecen más, no dentro de mucho tiempo, represión y sometimiento a todas las otras personas arrojadas fuera del sistema. Sobre todo a quienes desde la diferencia —mujeres, personas jóvenes, precarias, paradas, etcétera— lo rechazan. Estas fuerzas de derecha buscarán marginar el pensamiento y la acción política y social que lucha por establecer una sociedad de iguales en derechos y libertades, regida por los valores y prácticas de dignidad, respeto, solidaridad, inclusión y democracia.

Es necesario revertir este proceso, luchar y movilizarse a favor del respeto radical de los derechos humanos de personas inmigrantes y refugiadas. Sobre todo, por su derecho a la libertad de circulación. En los últimos meses, en Europa resultan continuas las manifestaciones con un mismo objetivo: la lucha contra la represión a las personas más débiles. Está la iniciativa del 5 de mayo en un conjunto de ciudades europeas que, junto con otras convocatorias, especialmente en Alemania —19 de mayo— y Francia —25 de mayo—, constituyen la “cadena” de la primavera de los migrantes en Europa. Se harán antes de las elecciones europeas para visibilizar que son muchas personas quienes piensan que las mismas deben invertir la tendencia y expresar la deslegitimación de la extrema derecha.

Un acto público representado con un abrazo colectivo. Un símbolo de la solidaridad y búsqueda de igualdad entre diferentes, frente al establecimiento de la sociedad jerárquica, dividida y desigual de ellos.

Nancy Fraser (filósofa), Joan Subirats (catedrático en la UAB) y Saskia Sassen (catedrática en la Universidad de Columbia) firman esta tribuna junto a Donatella de la Porta, Tariq Ali, Amaia Pérez Orozco, M. Eugenia Rodríguez Palop, Silvia Federici, Carmen Magallón, Yayo Herrero, Manuel Castells y Santiago Alba Rico.

Este artículo fue publicado en el diario EL PAÍS el 17 de mayo de 2019

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SHOCK: LA ÉPICA DE LO HUMANO

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»SHOCK: LA ÉPICA DE LO HUMANO» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Shock (El Cóndor y el Puma) es una obra de teatro que habla de nuestro presente. Las cosas no pasan porque sí, pasan porque hay personas que toman decisiones sobre la historia. Personas que deciden sobre la vida de otras personas. Shock hace un recorrido por los comienzos del neoliberalismo salvaje de los años cincuenta, y avanza hasta el expolio que hicieron los Estados Unidos a toda America Latina, apoyando y en algunos casos creando las grandes dictaduras de derechas, que sumieron al continente en una gran desigualdad social. Millones de desaparecidos, asesinados, exiliados, desplazados y torturados. Los humanos somos iguales o eso nos creemos, nos diferencia el capitalismo salvaje que  nos atraviesa y como un dragón enfurecido sobrevuela por encima de nuestras cabezas. El dragón nos está devorando poco a poco y solo cuando muramos abrasados nos daremos cuenta de lo que había encima. En el capitalismo hay codicia, hay avaricia, hay envidia, hay una mirada del éxito que poco tiene que ver con mirar a todo el mundo por igual. Hay ciudadanos de primera y sobre todo ciudadanos de segunda que sistemáticamente y a lo largo del tiempo y del espacio han sido masacrados para conseguir engordar al gran dragón capitalista. ¿Seguiremos mirando hacia otro lado?

Es muy difícil hacer buen teatro de todo esto, pero Andrés Lima lo ha vuelto a hacer, conseguir que lo imposible se lleve a escena. Horadar esta historia salvaje a pie de escenario. Una puesta en escena a la altura de la historia que cuenta. Esto nos duele, nos toca y eso se nota nada más entrar en el teatro. La implicación que hay con este espectáculo, late mano a mano, los actores y los técnicos palpitan juntos cada noche.  Hay una vibración litúrgica en todo el edifico teatral. No sales igual, no, este espectáculo te pone en el filo de la espada. Un escenario que gira como el mundo y que como el mundo nos hace girar y nos termina poniendo patas arriba. No es fácil permanecer en un teatro durante dos horas y media sin poder parar de recibir estímulos. La narrativa escénica viaja de un código a otro de manera que el cerebro no tiene tiempo para pensar, lo único que quiere es saber más, conocer la historia. La épica de lo humano se va desgranando en cada migaja hasta convertirse en polvo de estrellas, que es en definitiva en lo que nos convertiremos todos al final de este viaje. El escenario queda convertido en una gran herida abierta y cada risa, cada palabra, nos va sacudiendo con el látigo afilado de la historia. 

Todos y cada uno de los actores y actrices hacen interpretaciones que están a la altura de las circunstancias, su corazón se pone a contar el cuento, solo tiene que latir en esa dirección, no hay más, están tan presentes que asusta. Entran y salen en distintos personajes a la velocidad del rayo como los niños en el patio del colegio. Ernesto Alterio, Ramón Barea, Natalia Hernández, María Morales, Paco Ochoa y Juan Vinuesa juegan con la precisión de un orfebre. Pasan de convertirse en Richard Helms a Victor Jara, de Salvador Allende a Pinochet o de Hebe De Bonafini a Margaret Thatcher. No es fácil entrar y salir de esas máscaras sin pudor, sin juicio, sin temor, sin expectativa. La historia es suya y la escriben ellos cada noche sobre el escenario. 

La dramaturgia la firman Albert Boronat y Andrés Lima con textos suyos, pero también de Juan Cavestany y Juan Mayorga, es sencilla, propia del teatro documental bien hecho, no pone ni quita, cuenta lo que pasó y cómo pasó. La escenografía corre a cargo de Beatriz San Juan que crea un espacio escénico polifacético y al servicio del todo. Pedro Yagüe, mago de la luz, va generando las atmósferas precisas que van pintando los distintos momentos. 

Sí, esto es una declaración de amor a un espectáculo brillante, y a un equipo que se ha fundido para contarlo. Hay muchos crímenes a lo largo de la historia que se han cometido y ni por el forro los criminales han pagado por ello. La historia no les ha juzgado pero el teatro lo puede contar, y ahí caemos rendidos ¿Qué es lo que nos une como pueblo sino el relato de que lo fuimos? No hay nada más poderoso que la memoria, no hay tirano que frene al relato de lo que pasó. Saber lo que fuimos para que no vuelva a suceder. En este caso “La semilla de la conciencia” está en nosotros, en el público. Solo de esta forma más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pasará el hombre libre y Allende desde una estrella descansará tranquilo.

Por Vanessa Espín | 24 mayo 2019[/vc_column_text][vc_empty_space height=»2em»][/vc_column][/vc_row]

SILENCIO con M de Mayorga

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Por paradójico que nos pueda parecer, hasta el pasado domingo por la tarde la Real Academia Española (RAE) andaba sin un dramaturgo entre sus sillones, desde que hace un par de años muriera Francisco Nieva. Pareciera que a la institución se le hubiera olvidado que el teatro es también literatura. España.

En abril del año pasado, a propuesta de Luis María Anson, Luis Mateo Díez y José Manuel Sánchez Ron, el dramaturgo y doctor en filosofía Juan Mayorga era elegido para ocupar la silla M, que dejó libre el poeta Carlos Bousoño tras su fallecimiento en 2015.

En 1994, a punto de alcanzar la treintena, Mayorga, madrileño del barrio de Chamberí y por entonces profesor de Matemáticas en un instituto, estrenaba en la Sala Cuarta Pared de Madrid Más ceniza, el primero de sus textos teatrales llevados a escena de los casi sesenta –incluyendo piezas breves– que ha escrito hasta la fecha. En aquel momento no podía imaginar que su futuro iba a estar unido de por vida al Teatro, que hoy, veinticinco años después, iba a ser el autor de teatro español vivo más representado en el mundo, pero lo que seguro no sospechó es que aquella nueva profesión en la que se adentraba terminaría convirtiéndolo en académico de la Lengua.

El domingo a las siete de la tarde en el salón de actos de la Academia no cabía ni un alfiler, lo más granado de la profesión –que lo ha celebrado orgullosamente como un reconocimiento a sí misma– quiso acompañar al maestro de las palabras y escuchar de su boca Silencio, su discurso de ingreso, en el que habló tanto de la palabra en sí como de la idea. Miguel del Arco, José Sanchís Sinisterra, Sanzol, Lavelli, Andrés Lima, Nuria Espert, Flotats, Helena Pimenta, Messiez, José Carlos Plaza, Magüi Mira, Pedro Casablanc, Pablo Remón, Pere Ponce o la Portillo –entre otros– disfrutaron y en directo de un bello discurso en el que Mayorga homenajeó a los grandes silencios de la historia del teatro.

«No hay tragedia sin silencio, pero en ninguna este ocupa el centro como en Antígona, donde se representa el antagonismo entre la voz del tirano y todas las demás». Dijo también que «Silencio es la primera y la última palabra que se escucha en La casa de Bernarda Alba de Lorca» sin olvidarse de los silencios de Woyzcek, de Nina en La Gaviota o de los de Segismundo o Hamlet.

Explicó que silencio en el teatro es «la más conflictiva de sus palabras» recordando que puede «enfrentarse a todas las demás. Sucede que en el teatro, arte de la palabra pronunciada, el silencio se pronuncia […], puede pensarse y su historia relatarse atendiendo al combate entre la voz y su silencio. Sucede que en el escenario basta que un personaje exija silencio para que surja lo teatral; basta que, al entrar un personaje en escena, otro enmudezca; basta que uno, requerido a decir, se obstine en callar. Si el silencio es parte de la lengua, lo es, y determinante, del lenguaje teatral»

Y destacó la imprescindible necesidad del silencio en la comunicación cotidiana: «El silencio nos es necesario para un acto fundamental de humanidad: escuchar las palabras de otros. También para decir las propias. El silencio, frontera, sombra y ceniza de la palabra, también es su soporte. Por eso, los que hablan bien dominan, tanto como la palabra, el silencio, estructura fundamental del discurso, cuya arquitectura, atractivo e incluso sentido dependen en buena parte del saber callar. Los elocuentes saben que, si la sigue o la precede un silencio, el valor de una palabra se transforma».

«Enfermo de teatro» dijo «vivo pendiente de lo que las personas hacen con las palabras y de lo que las palabras hacen con las personas», tal vez por este paciente empeño, su brillante y personal producción dramática ha sido reconocida con hasta cinco Premios Max, el Premio Nacional de Teatro (2007), el Valle-Inclán (2009), el Nacional de Literatura Dramática (2013) o el Premio Europa de Nuevas Realidades Teatrales (2016) aunque se quite mérito y aseguré que no es «un científico de la lengua; soy más bien un carterista y un trapero y un remendón. Camino al acecho de palabras que, pinchadas en la plaza o en el metro, quizá merezcan una noche, cosidas a otras, subir al escenario».

Ahora, además de coser palabras unas a otras, y con qué mano, señores, tendrá la muy honorífica tarea de «velar por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad», objetivo fundamental de la Academia.

Enhorabuena, académico Mayorga.

 

Por Chechu Zeta | 21 mayo 2019

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LAS BECAS DE LA FUNDACIÓN JUAN CODINA

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»40″ text=»El acuerdo entre La fundación ATRESMEDIA y la Fundación Juan Codina para becas» title_tag=»h1″ font_weight=»500″ text_transform=»none» letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

La Fundación ATRESMEDIA y la Fundación Juan Codina alcanzan un acuerdo para becar a alumnos con discapacidad en Interpretación.

Los alumnos que quieran acceder a estas becas tienen hasta el 30 de Junio para presentar su solicitud.

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La directora general de la Fundación ATRESMEDIA, Carmen Bieger y el director del Estudio, Juan Codina

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La Fundación ATRESMEDIA y la Fundación Juan Codina han firmado un acuerdo de colaboración, enfocado a ofrecer un programa de becas para personas con discapacidad en cursos de Interpretación.

Esta iniciativa se enmarca dentro del Proyecto PRO, la primera escuela audiovisual para personas con discapacidad creada en 2010 por la Fundación ATRESMEDIA, con el fin de favorecer su integración social y laboral.

A la firma del convenio han asistido el Director del Estudio, Juan Codina, y la Directora general de la Fundación ATRESMEDIA, Carmen Bieger.

En virtud de este acuerdo, Estudio Juan Codina pone a disposición del Proyecto PRO dos plazasen su Formación Regular en Interpretación.

La formación comenzará en el mes de Octubre y se extenderá durante tres cursos lectivos. Al finalizar, los alumnos recibirán un Certificado de Estudios finalizados del Estudio Juan Codina.  

El plazo de recepción de solicitudes permanecerá abierto hasta el próximo 30 de junio. Los futuros alumnos podrán inscribirse en proyectopro.org, donde encontrarán también datos sobre las bases y el formulario, o llamando al teléfono 91 6230727. Para optar a las becas, deberán superar un proceso de selección que incluye dos entrevistas.

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EUTANASIA

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»Eutanasia» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Yo he venido aquí a hablar de la muerte. 
Vaya, bien podría hablaros de otra cosa.
De Abascal por ejemplo o del orgasmo, que al fin y al cabo los dos pican.
La petite mort le llaman los de Francia.
Al orgasmo, digo. 
Qué hijos de puta. 
Nunca he querido estar menos muerto que después de correrme. 
La felicidad existe y empieza con arañazos en la espalda. 
Bueno, que me pierdo, la muerte 
o mejor dicho: 
mi muerte. 
A mí plantadme como a un melocotón.
Quiero que a mis frutos les salga pelito 
que ya se sabe, 
donde hay pelito 
hay alegría. 
Quiero que en mi tronco esté tallada la pintura
para que recordéis que importa más lo que se está viendo que vuestra cara. 
Quiero que se baile sobre mi maceta.
Quiero que con mi madera reconstruyan Nôtre Dame y con mis hojas recojan la caca de los perros
-mira, yo que no iba a hablar de Abascal-
para recordar que tan pronto puedes estar en el techo de uno de los edificios más bonitos que la humanidad ha creado, como puedes acabar pisando mierda. 
 
Yo no quiero morir, a mí que me maten.
Quiero decidir sobre mi muerte.
Mi cuerpo, mis cenizas, mi decisión.
 
El arte y la belleza de lo cotidiano. 
 
Qué poco se habla de la belleza de la muerte. 
No hablo de la muerte romántica, si no de la muerte como es: Un día está y al siguiente no, punto. No hay más. Como un storie de Instagram solo que con menos visitas, afortunadamente.
 
Es fácil aceptar la muerte de una persona cuando llevas 8 años sin verla.
Lo que no es fácil es aguantar el dolor de 8 personas durante los 8 años siguientes. 
 
Me he quedado con los calcetines de alguien que no veía hace 8 años. Decidme vosotros qué se hace con los calcetines de un muerto. 
¿Croquetas? 
Mi abuela dice que se pueden hacer croquetas con todo. No creo que ahora quiera hacer croquetas con los calcetines de su hija. 
 
-Siento el frío, es que no me pilláis en buen momento-
 
Esta es la muerte que estoy viviendo ahora y créedme que no es fácil.
Que alguien te coja de la mano cuando, de por sí, cada mañana ni te mira. 
Es bonito, pero no es fácil. 
La muerte hace eso. 
Hace que se oigan palabras de quien no se han oído nunca y que te toquen cuando hace días no te sonreían.
No es fácil, pero es bonito.
 
En este país no está permitido quitarle el sufrimiento a alguien, no te dejan. 
 
Explicadme qué hacéis vosotros cuando se os rompe un jarrón. Si lo intentas arreglar con celo quedan trozos sueltos y con el pegamento se ven grietas. 
Yo no quería que tuviera grietas más allá de las internas que todos tenemos. 
 
Ojalá el celo arreglara el daño cerebral, tendríamos unos gorros curiosos y Carlin lo dirigiría María Luisa Carcedo desde su cueva pintada de eticidad.
 
Siento que tengáis que leer esto. 
En mi defensa diré que yo no he venido a voluntad, a mí me han buscado. 
 
Por Guillermo López | 1 mayo 2019

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ACÁ ESTOY, AGRADECIDA, EMOCIONADA

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=» ACÁ ESTOY, AGRADECIDA, EMOCIONADA» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Debí pensar y escribir lo requerido para una ocasión que habiéndome llegado tarde, realmente me sorprendió: pudieron sobrar oportunidades de imaginarla, pero muchas cosas obvias y muy poco concebibles requisitos me hubieran llamado a un sensato equilibrio.

Pero lo inconcebible llegó en un momento en el que la opacidad del descenso imprime en mi vida una geometría ilógica e imprevistos recaudos. Acepto que el azar o un orden regido por una mágica fusión de benévolos caprichos me han señalado, como en una época, aceptábamos algún suceso generoso, con alguien muy querido que ya no está a mi lado, suponiéndolo —así decíamos— manifestación de un eón bien dispuesto.

Ahora seres benévolos y palpables movieron las piezas de un superior ajedrez, situándolas en posición favorable y acá estoy, agradecida, emocionada. Recuerdo mis inquietudes en un camino de montaña alto y estrecho por el que me llevaban en auto a una velocidad que pensaba inadecuada. No era un sueño. Esto, claro, tampoco lo es. Por eso mismo, prefiero ser consciente y agradecer, claro, en español, cosa que, además, es un valor añadido a la felicidad de este instante.

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Busco una más cómoda aceptación interior de lo nada esperado, ya que suelo ser escéptica o descreo con familiaridad de tantas cosas, pero a la vez tengo una fabulada confianza, sin duda de origen infantil, en los pequeños desajustes con lo racionalmente ordenado, en las coincidencias, sin siquiera razonarlo mucho. Estos días, casual y repentinamente me tocó oír dos veces Pompa y circunstancia, pese a que Elgar no es un músico que integre mi parnaso musical establecido, frecuentado. También, ya de regreso definitivo a Montevideo, ordenando y reordenando la biblioteca, no dejé de detenerme en la sección cervantina, en las diversas ediciones repetidas de don Quijote, conservadas por distintos motivos todas, cuando las reiteraciones de otros autores suelen ser rápidamente corregidas, siempre en busca del espacio que tanta falta me hace.

Pero este tema de las coincidencias, casualidades o registros orientados u obsesivos, integran el capitulito poco analizado y compartido, en general reservado, de las manías personales.

Los libros que integraron una biblioteca “mía”, forrada y presuntuosamente numerada, eran libros para niños, algunos pronto relegados. En virtud de un proyecto claramente pedagógico, me correspondía limpiar un pequeño librero abierto del escritorio los sábados por la mañana. Mucho de su contenido no estaba en español. Sobre la casa planeaba, no diré la sombra sino la luz de mi abuelo italiano, abogado y culto, que en su viaje desde el Palermo natal hasta el Uruguay había sido acompañado por Homero, en edición bilingüe grecolatina, junto con el espíritu garibaldino que un día yo sentiría presente en la familia, constituyéndose en un héroe casi doméstico.

Es, pues, normal que entre mis primeros embelesos en el campo de los libros adultos aparezca Ariosto  —cuando ya la imborrable profesora de italiano, me hubiese permitido tantear, por mi cuenta, con abuso del diccionario, sus fantasías gratísimas. Le donne, il cavalier, l’armi, l’amoreformabanese escenario, para mí novedoso, donde encontraría anillos con poderes, caballos alados, magas que evocan las sombras de futuros descendientes de Bradamante, aquí el hipogrifo, más allá una sirena, luego un mirto que habla y es en realidad Astolfo, paladín de Francia convertido en planta. En fin, que este mundo de transformaciones que a cada paso surgen, irreales, me encanta pero no me prepara ni siquiera para la Galatea.

Mi devoción cervantina carece de todo misterio. Mis lecturas del Quijote, con excepción de la determinada por los programas del liceo, fueron libres y tardías. En realidad, supe de él por una gran pileta que, sin duda regalo de España, lucía en el primer patio de mi escuela. Allí nos amontonábamos en el recreo en busca de agua, y día tras día, me familiarizaba con las relucientes baldositas que contaban, sobre inolvidables cielos azules, la policroma historia que, según supe luego, era la de aquellos desparejos jinetes. No faltan claro, los molinos, los muchos episodios en que don Quijote terminaba por los suelos. Ya adolescente, me regalarían el volumen ilustrado y muy cuidado, que todavía prefiero a la menos infantil edición de Clásicos Castellanos, cuyos ocho volúmenes son menos traslaticios.

El ambular del Quijote lleva consigo la convicción de que hay un mago enemigo que transforma “a la sin par Dulcinea en una aldeana fea y olorosa”, y está detrás de los numerosos percances que sus obsesiones le deparan al pobre don Quijote.

Pero, ¡qué discreción, qué respeto muestra Cervantes por su personaje! En vez de rodearlo de magia y hechizos auxiliares, deponer a su héroe a disposición de tortuosos espíritus malignos hace que, una y otra vez, todos sus tropiezos nazcan de él mismo, de esos deslices de sus nítidas construcciones mentales, del adquirido delirio causado por peligrosas lecturas, deslices, que tanto pasman, fascinan y encabritan a Sancho, y lo llevan a someterse una y otra vez a la voluntad de quien lo arrastra a aventuras del todo ajenas.

Se suele aceptar como buena la motivación dada por Cervantes para su Quijote, de desprestigiar las novelas de caballerías. Pero no hay que olvidar la cuna desdichada que su obra tuvo: “Argel, Sevilla, fantasía, desengaño” es decir preso, pobre, enfermo, sin la protección que dedicatorias a altos señores podrían haberle guardado, como José Echeverría singulariza el período de su escritura. La concepción de un personaje que va, libre, por el mundo, fraguando su vivir, aunque de error en error, (donde otro personaje, el Cautivo dice: “jamás me desamparó la esperanza de tener libertad”) debería ser un respiro, aunque al fin para él todo concluya en la verdad innegable: “Y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño”, como concluye uno de los sonetos que cierran la primera parte. Pocos personajes han sido, como Quijote, habitados –más que obsedidos– por lo real. Porque aun lo que es astuta malquerencia vestida de supuestas precipitaciones mágicas, tiene detrás acciones de criaturas humanas, que pueden ser malignas y burlonas, pero siempre comprensibles, terrestres y sin inexplicables auxilios divinos.

Muchas veces lo que llamamos locura del Quijote, podría ser visto como irrupción de un frenesí poético, no subrayado como tal por Cervantes, un novelista que tuvo a la poesía por su principal respeto. Pero podríamos poner en la boca del por lo general descalabrado personaje, unos versos muy posteriores de Beaudelaire: “J’ai gardé la forme et l’essence divine de mes amours décomposés”.

Cervantes, como precisa José Miguel Marinas, es “el primer alegorista de la ética moderna” y va sobreviviendo a las menguantes transformaciones de ésta.

Mis lecturas del Quijote, con excepción de la primera, dispuesta por lo programado por la enseñanza o, bien pudiera ser, por el paciente tío Pericles, al que recuerdo bien dispuesto a traducirme Goldoni y soportar mis protestas cuando demoraba algún pasaje por surgirle alguna duda lexical o por estar organizando cómo sortear un pasaje considerado “no apto” para mi edad. Pero no me gustaba que se me leyera, cosa a la que me veía reducida porque muchos de los libros de los que podía disponer no estaban en español. Crecí a, no diré la sombra sino la luz de mi abuelo italiano, al que no llegué a conocer, abogado, culto, que había acompañado su viaje al Uruguay desde el Palermo natal con Homero en edición bilingüe grecolatina. Mis primeros embelesos los debí a Ariosto. Más tarde llegaría un Dante ya obligatorio, cuyo humor, para mí inexistente, se reducía al “Pape Satán, Pape Satán, alepe”, además incomprensible. Ya entenderán mi entusiasmo, mi devoción total cuando intimé con aquella pareja española tan tiernamente compatible, entre sí y con una lectora inocente y deseosa de amistades literarias a su alcance, ese Quijote y ese Sancho que hablaban de “otra” manera, que acepté de inmediato, como un lenguaje que me integraba a un mundo en el que, sola, me sentía acompañada, capaz de manejarme en él como si fuese el mío propio.

En el Persiles y Sigismunda dirá Periandro: “La salsa de los cuentos es la propiedad del lenguaje en cualquier cosa que se diga”. Todavía me felicito por haberme interesado más que en las aventuras, en el lenguaje en que me eran contadas.

Virtud siempre lograda de Cervantes ha sido no echar mano de milagros de los usuales en las novelas que no se privaban de gigantes y monstruos, cuando un argumento descontrolado las requería. Uno de los pasajes de Persiles y Sigismunda trae “una mujer voladora” que aparece bajando del cielo. Pero enseguida se aclara “que era una mujer hermosísima, que habiendo sido arrojada desde lo alto de una torre, le sirvieron de campana y de alas sus mismos vestidos”. “Cosa posible sin ser milagro”.

“Los encantadores pueden quitarme la aventura, pero el entusiasmo y el valor nunca”. Había dejado dicho Garcilaso: “No me podrán quitar el dolorido sentir. Lo que se ha llamado perspectivismo lingüístico alude al hecho de que cada personaje sea visto a través de su lenguaje, por el que está pintado, completado, dentro del acabado empaste que fluye por una obra de pasmosa unidad.

Toda la gracia proviene de que el Quijote haga de las suyas “cuando ya no se usan los caballeros andantes”. Radica en ello su razón de ser, el más sutil de los méritos de la obra. Nos reclama la inacabable virtud del libro: exigirnos la fidelidad atemporal a lo que, lector tras lector y época tras época, se ha ido consagrando, como un venerable sostén de la herencia humana.

Luego de las primeras lecturas del Quijote, las hubo reiteradas, más difíciles de determinar porque, parciales, se aplicaban, aquí y allá en el texto, con una determinación vagamente Zen o simplemente mágica: la elección del capítulo podía deberse al azar o a un vago recuerdo que podría suponer que allí encontraría una aprovechable aplicación a un tema importante en ese momento para mí, en busca de alguna iluminación necesaria o por recordar con suma precisión la felicidad de primer encuentro con aquellas páginas. No sé por qué atribuí a ese libro la capacidad de precipitar hacia mí la buena voluntad del azar. Quizás simplemente buscaba una ocasión de dicha dispersiva, de claridad sin reserva, cuando el disfrute viene sin proponérselo a veces, acompañado de una sensación de penuria de gracias en la vida diaria y necesidad degusto satisfecho, que depararán siempre las aventuras por las que ando tan a gusto cuando me reintegro al maravilloso mundo cervantino.

Pero considerarlo maravilloso me obliga a hacer distingos. Cervantes, que en la Galatea buscó someterse o simplemente aceptar la novela pastoril –que implicó tantas veces unir realidad e irrealidad o fantasía– se movía con castiza normalidad en lo real. “Ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano” dice don Quijote, que tantas veces se acepta perseguido o gobernado por malignos poderes, pero sin nunca encumbrarse ni claudicar.

Con todo lo que las afirmaciones de don Quijote, prudente y aun sabio, me reclaman de acatamiento, para terminar debo disculparle una afirmación que como suya, podría ser aceptada sin más “que no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo”. No es mi caso, puedo asegurarlo. Sin duda, don Quijote no imaginó jamás que ese género femenino al que se consideraba por oficio llamado a honrar y defender, pudiera caer en tan osada pretensión. Y en eso, estoy segura que acertó. 

IDA VITALE

Discurso de aceptación del Premio Cervantes 2018[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]