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BLANCA PAULINO. LA ÚLTIMA APUNTADORA.

Casi al final de la programación de la temporada pasada en los Teatros del Canal pudimos disfrutar de SOPRO (Soplo), un espectáculo del dramaturgo y director portugués Tiago Rodrigues que protagonizaba Cristina Vidal –una de las últimas apuntadoras del Teatro Nacional D. Maria II de Lisboa– interpretándose a sí misma. La función, un profundo acto de amor y respeto hacia la profesión del apuntador, me hizo preguntarme si en nuestro teatro aún quedaban apuntadores en activo; bueno, estaba casi seguro de que no, nunca conocí a ninguno en ningún teatro, pero pensé que tal vez en el Clásico o en el Real a lo mejor todavía había alguno en plantilla. Y si no era el caso a ver si por lo menos conseguía localizar a alguien que lo hubiera sido y que me contara de primera mano los entresijos del oficio. 

Finalmente comprobé cómo los apuntadores, que en el pasado formaron parte de la piedra angular en la estructura de cualquier teatro o compañía, habían empezado a desaparecer a mediados de los ochenta y que en los noventa se podían contar con los dedos de una mano. Pero logré dar con la que había sido la última apuntadora de teatro en nuestro país, Blanca Paulino, y hace unos días tuve la ocasión de poder conversar con ella en NuBel, en el Museo Reina Sofía.

Al principio de la década de los setenta el panorama teatral en la capital era muy diferente a lo que hoy conocemos, eran otros tiempos. Se mezclaban las compañías de repertorio con las que empezaban a hacer teatro experimental, el teatro universitario con la revista, los balbuceos del teatro independiente con el de las grandes figuras. Madrid estaba lleno de teatros. Había muchos, por todas partes, grandes, pequeños, para casi todos los gustos podríamos decir, y en la mayoría era normal lo de la doble función. Y cómo no, la censura del Régimen campaba a sus anchas intentando controlar lo que se decía en sus escenarios. Camuflados entre el público en el patio de butacas, los censores vigilaban las palabras en boca de los actores a la caza de textos subversivos. 

Por entonces la gente de la profesión se reunía en la cafetería Dorín –hoy convertida en una sucursal de una cadena de bocadillos– en la calle del Príncipe, junto al Teatro de la Comedia. Un lugar frecuentado por los directores y productores teatrales de la época donde cómicos y técnicos se dejaban caer en busca de algún bolo o algún contrato que les salvará el mes o la temporada. Un día, de casualidad, Blanca –que acababa de terminar el bachillerato y estaba cursando estudios de secretaría, inglés y francés– entró a tomarse un café y dentro se topó con José Luis Alonso, director del Teatro María Guerrero en aquel momento, que le propuso trabajar como actriz. Y a sus diecisiete años, y sin haberse planteado nunca dedicarse a esto, le dijo que sí. Pronto comprobó que aquello no era fácil, que se ponía muy nerviosa y lo pasaba realmente mal. Pero ya tenía dentro el veneno del teatro y en apenas unos días se vio atrapada en un mundo del que no quería salir. 

Tenía claro que su sitio en la profesión no era ponerse delante del público, pero también estaba segura de que su futuro profesional iba a estar muy ligado a aquello. Ahora tenía que encontrar cuál sería su lugar, qué labor iba a desempeñar dentro de ese nuevo universo que se abría ante sus ojos. Y no tardó mucho tiempo en descubrir que la parte técnica le permitía desenvolverse con soltura y la presión que le provocaba aquello de la actuación  desaparecía. 

Entonces no había escuelas como ahora y la única manera de aprender cualquiera de las labores técnicas del gremio era trabajar a modo de becario junto a un profesional para poder conseguir un carnet que acreditase que estabas capacitado para desempeñar ese oficio. Blanca se pegó a un regidor, casi día y noche, armada con un bloc de notas donde apuntaba hasta el último detalle y, tras seis meses de meritoriaje –dos meses haciendo tragedia, dos de comedia y otros dos de teatro musical– y el sello correspondiente que acreditaba su aprendizaje, empezó a trabajar como regidora en una profesión donde todos eran hombres y ella la única mujer. Corría el verano del 72.

Se sentía una afortunada, porque de alguna manera sabía que estaba haciendo historia. A veces tuvo que poner a más de un compañero en su sitio cuando intentaba propasarse. Gracias a su mano izquierda y a la seguridad que tenía en ella misma consiguió que todos la respetaran y la considerasen como a uno más. Trabajó con los productores más importantes del país –Redondo, Collado o Goyanes– que intentaban colársela a la censores atreviéndose a montar obras de los entonces proscritos Arrabal y Alberti. Unos productores que, por cuenta y riesgo propios, invertían grandes cantidades de dinero en espectáculos que corrían el peligro de tener que suspender a los pocos días de haber estrenado. Eran tiempos complicados para la libertad de expresión y de las oscuras cloacas del Régimen llegaban a veces amenazas de bomba que se quedaban en eso, amenazas, pero que provocaban el desalojo de los teatros, cortes de tráfico y el consiguiente revuelo. 

Pero un día Blanca dejó de ser regidora para convertirse en apuntadora. La razón que le hizo cambiar de oficio a pesar de que le iba estupendamente fue que su pareja también era regidor, y en las compañías no había sitio nada más que para uno. Así que si querían poder salir de gira juntos tendrían que desarrollar diferentes trabajos dentro de una misma compañía y se puso manos a la obra. Después de otros seis meses del correspondiente y riguroso meritoriaje empezó a trabajar como apuntadora. 

La labor del apuntador era vital para el perfecto desarrollo de la función. Por ejemplo, en las compañías de repertorio los espectáculos se montaban en quince días, y al tener varias obras en la cabeza era más común que los actores pudiesen olvidarse del texto. Si esto ocurría, sonaba cual resorte desde la penumbra de la primera primera caja del escenario la salvadora voz del apuntador que, proyectada desde el diafragma y a un volumen adecuado, el actor alcanzaba a oír sin que el público se percatara y finalmente conseguía salir del jardín en el que se hubiera metido.  

Blanca, como todos sus compañeros de oficio, ha trabajado muchas horas en la más absoluta oscuridad –que le ha provocado algunos problemas de fotofobia en la vista– siguiendo el texto con una minúscula linterna. Invisible a ojos del espectador pero acompañando a los intérpretes en ese adrenalínico viaje que es una función. Después de casi cincuenta años dedicados a esta profesión y de haber trabajado con todos los actores y actrices que podamos imaginar, en casi todos los teatros de Madrid y de España, han sido muchas las anécdotas. Toda una vida. Incluso estuvo a punto de dar a luz a uno de sus hijos en un teatro, el Teatro Reina Victoria, donde rompió aguas aunque finalmente consiguió llegar al hospital.

Poco a poco las labores del apuntador fueron siendo absorbidas por el traspunte o el regidor. A mediados de los noventa podemos decir que la profesión había desaparecido. Blanca fue la última, consiguió aguantar hasta hace diez años. Desde entonces sigue trabajando en la misma casa –La Comedia, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico– pero desarrollando su otro oficio, la regiduría, paradójicamente con el que empezó en esto.

Fue un placer escucharla. Siempre es hermoso encontrar a gente que ama su profesión. Me transmitió un entusiasmo y una dedicación extraordinarias. Una mujer maravillosa y que, a falta de cuarenta y cinco funciones para jubilarse, aún sigue deseando que le toque la lotería para poder montar su propia compañía.  

Eso es entrega y lo demás son tonterías. Yo con personas así me voy al fin del mundo si hace falta.

BRAVO.

Por Chechu Zeta | 7 octubre 2019

QUE LA FUERZA OS ACOMPAÑE

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»QUE LA FUERZA OS ACOMPAÑE» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]A mis padawanes:

Si me dicen que me queda una hora de vida, no me lo pienso, acudo al primer vicario joven, guapo y de boca mediterránea que encuentre urgiéndole confesión. Aclaro que en ningún caso es el arrepentimiento el motor de mi deseo, y sí el arrebato que a cualquier dama del teatro ilumina si sabe que tiene la oportunidad de representar a lo grande su última función. Es obvio que en este microteatro fatal no tiene la verdad cabida, un poco ordinaria ante el decisivo paso. Solo la partitura de la mentira salva al actor del vacío. No pierdo pues, la oportunidad que el arte del monólogo ofrece e invento una vida abyecta, llena de pecados y aflicción. Dificilísima de perdonar. Confío en que mi bello confesor, a pesar de no recibir la separata de su réplica final, es lo suficientemente previsible para preguntar con horror: “Hijo, ¿te arrepientes de tan espantosos pecados?” Y yo contestar: “Pues… no Padre, pero sea caritativo y béseme antes de morir. Piense que el último suspiro solo merece el deleite” Conmovido, el Príncipe de la Iglesia abre las puertas del Evangelio que de su boca sale, y besa a la melancólica rana que siempre fui. Entonces, sí, en el instante del beso concentro toda mi vida… incompleta… que se va. Y en el centro del beso, como una corola que sabrosa se abre para que las abejas liben, se revela el sueño que a la hora de la muerte, más orgulloso se vuelve.

Hace doce años inaugurábamos un espacio comprometido en la formación de actrices y actores, aunque lo más emocionante ha sido asistir a su desarrollo personal: como hombres y mujeres. Hoy comienza un nuevo año. Nada me hace sentir tan vivo como saberme el comandante de un ejército de padawanes.

QUE LA FUERZA OS ACOMPAÑE Y FELIZ AÑO NUEVO, INCAUTOS 

Por Juan Codina  | 1 octubre 2019

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¿DE QUÉ ESTÁ HECHA UNA MANZANA?

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»¿DE QUÉ ESTÁ HECHA UNA MANZANA?» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Mi educación erótica empezó leyendo libros: Madame BovaryAnna Karenina, a Jane Austen, Virginia Woolf, Emily Brontë. Tras leer muchas novelas sobre la vida espiritual de las protagonistas, con mínimas alusiones veladas y censuradas a su vida carnal, llegué a un punto —pasa algo parecido al aprender a conducir— en que ya estaba casi preparado para el examen teórico. Para el examen práctico aún me quedaba un buen trecho. Pero de pronto lo comprendí. Lo comprendí, y para eso me ayudó el fantástico regalo que recibí de mi madre: la imaginación. Al leer aquellos libros, empecé a preguntarme si, en el fondo, yo podía ser Emma Bovary: piensa, ponte en su piel, métete debajo del vestido de Anna Karenina; no debajo del vestido como yo desearía, sino en sentido espiritual. De aquellas novelas aprendí cosas que ni sabía ni imaginaba sobre las mujeres, y, como ocurre a veces al leer buena literatura, se pone de manifiesto que los chinos no son tan diferentes de nosotros como pensábamos, que las personas de la Edad Media no son tan distintas a nosotros, y que ni siquiera las mujeres eran tan distintas a mí como pensaba hasta entonces. El gran extraterrestre empezó a ser menos extraterrestre, menos asustadizo y furibundo, y hasta un pelín parecido a mí. Eso me emocionó tanto… Fue una catarsis.

El odio nacido de la envidia, la humillación y la desesperanza empezó a desvanecerse, la ira empezó a disiparse. Poco a poco, en medio de la espesa niebla, empezaron a apreciarse algunos contornos; por ejemplo, ¿por qué ellas no “daban”? Ahora ya sabía que no era por crueldad o egoísmo. ¿Qué les asustaba? ¿Qué les resultaba repulsivo? Nunca me habían dicho lo que les resultaba repulsivo ni lo que les asustaba, y por supuesto nunca me habían dicho lo que les agradaba, lo que las fascinaba, lo que las atraía. Y es que, desde la muerte de mi madre, en realidad desde mucho antes de su muerte, ninguna mujer había hablado nunca conmigo. Ninguna mujer ni ninguna niña. Jamás. Se lo debía todo a los libros que leía.

Y lo que aprendí de los libros produjo en mí una transformación. Poco a poco me fui llenando de envidia, de una especie de envidia vaga y difusa, hacia la sexualidad femenina, porque comprendí que era incomparablemente más rica y compleja que mi sexualidad, pese a que no tengo ningún derecho a hablar en nombre del sexo masculino. Aprendí que, al parecer, es más complejo estimularlas a ellas que a mí, que es más complejo satisfacerlas a ellas que a mí. Lo poco que conseguí adivinar sobre la sexualidad femenina por las novelas que leía me llenó de una mezcla de respeto y envidia, pero ya no era amargura, ni tampoco odio ni ira. Como un hombre del Daesh que, de pronto, comprende que tiene algo que aprender de la civilización que constantemente ha querido destruir. Y que incluso tiene algo que admirar. De pronto comprende que en varios sentidos el enemigo se parece a él, y que incluso es más avanzado que él, y que merece compasión, afecto e incluso respeto. Así que la pregunta ya no era, como durante toda mi infancia, “¿por qué ellas no dan?”. Desde ese momento, la pregunta era cómo hacer que las mujeres quisieran compartir conmigo esa gran felicidad que me resultaba inaccesible. Tenía tantas ganas de aprender; contaba quince años y tenía tantas ganas de que me lo explicasen. Quería saber. Incluso quería participar. ¿Comprendes lo que estoy diciendo? Quería que me hiciesen partícipe. No solo que me llevasen a la cama. Quería algo más: que me hiciesen partícipe de sus secretos. Quería tener los dos papeles al mismo tiempo: ser tanto yo como ella en la cama, o sobre las agujas de pino en el monte por la noche.

Y pasaron unos años más hasta que aprendí que todo lo que creía haber descubierto a los quince años sobre la sexualidad femenina solo era una media verdad. Que el diapasón de la sexualidad femenina puede ser mucho más parecido al diapasón de la sexualidad masculina de lo que yo pensaba por aquel entonces, cuando leí Madame Bovary y Anna Karenina. Esos libros los escribieron hombres, hombres que sabían del tema, es cierto, pero hombres al fin y al cabo, hombres del siglo XIX que también eran rehenes del cliché sobre la relación entre femineidad y delicadeza o fragilidad. También las diferencias que descubrí entonces entre sexualidad femenina y sexualidad masculina son cambiantes. Unas veces, como la diferencia entre un tambor y un violín, pero otras veces, un dueto de tambores o un dueto de violines. Unas veces de una forma y otras veces de otra. Y no es que una mujer sea así y otra mujer no sea así. Aprendí que lo que creía haber aprendido a los dieciséis años de los libros que había leído en Hulda era cierto, importante y nuevo, pero que eso no era todo. Con los años aprendí otras cosas sobre las mujeres, cosas que Anna Karenina y Emma Bovary no te enseñan, ni siquiera Jane Austen o Virginia Woolf. Pero aquellos libros fueron el primer nivel, y sin él no habría recibido mi primer bautismo de miel, ni habría llegado con los años a hacer un máster y un doctorado. No voy a repetir esto, está escrito en Una historia de amor y oscuridad. Pero, como dijo la hermana mayor de un amigo mío de Jerusalén, la que me pilló intentando espiarla a los doce años: “Amós, si aprendieses a pedir, no tendrías que espiar más”. Con los años aprendí que también eso es una media verdad. Muchas veces es así, pero no siempre.

Aprendí una cosa más… Agárrate a la silla. Aprendí que el tamaño sí importa. El tamaño de la imaginación erótica. El tamaño de la empatía. Esa fue una de las cosas más maravillosas que me han ocurrido en la vida, el descubrimiento de que en capacidad de invención, de innovación…, la mía era mucho más grande que la de esos chicos que metían goles. Ni te imaginas cómo, de pronto, esos nubarrones que me angustiaron durante la infancia empezaron a disiparse, por fin el sol brillaba para mí: “La mía era más grande”.

Qué momento tan formidable. No fue un momento. Fue un proceso. Casi por casualidad descubrí ese secreto, que la caja fuerte a veces se abre simplemente con las palabras apropiadas. No solo con palabras. Puede que haga falta una melodía. Comprendí que la melodía que excita a una mujer es completamente distinta que la melodía que estimula a otra. Y también eso es una media verdad, porque la melodía que la estimuló ayer no tiene por qué ser la que la estimule también esta noche. 

AMOS OZ 

Extracto de uno de los seis capítulos de ¿De qué está hecha una manzana?el libro que ha publicado el pasado 10 de abril la editorial Siruela donde se reúnen los últimos pensamientos del autor israelí sobre escritura, amor, remordimientos y otros placeres, sacados de las conversaciones que mantuvo con su editora Shira Hadad. 

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Escuela de interpretación en Madrid

LA NOCHE DE MAX EXTRELLA

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Ya está todo preparado para realizar la peregrinación bohemia que se organiza cada año —ideada por Ignacio Amestoy y dirigida por Ainhoa Amestoy y Javier Huerta—, con la intención de que los devotos de Max Estrella, el inolvidable protagonista de Luces de Bohemia de Valle-Inclán, celebren al autor y su personaje recorriendo los escenarios más significativos de Madrid por los que discurre esta obra culmen del esperpento.

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Te puedes unir a esta procesión laica en cualquier punto del recorrido (los horarios son aproximados): 

18:00h. Mayor, 84. Como es ya costumbre inveterada, se congregan los bohemios, cerca del Pretil de los Consejos, donde se inicia el viaje a ninguna parte de Max Estrella, acompañado de su perro lazarillo, poco de fiar, don Latino de Hispalis. Ainhoa Amestoy y Javier Huerta, barandas de la ronda nocturna, abrirán boca recitando a pachas el romance de «Valle y Lorca, Lorca y Valle», escrito para la ocasión por un ingenio de esta corte. A continuación, el catedrático Francisco Gutiérrez Carbajo, teatrero de pro en la UNED, pronunciará el pregón de salida. Casa Ciriaco, taberna de solera y tronío, ofrecerá, para tomar fuerzas, un refrigerio a los cofrades.

18:30h. Santa Clara, 3. Ante la casa de Mariano José de Larra donde un aciago 13 de febrero de 1837 sonó la fatal detonación. Carmen Losa, virtuosa de las palabras y las acciones en la contemporaneidad teatral, contemplará a Fígaro desde la atalaya de la mujer de hoy, con Dolores Armijo en la recámara.

18:45h. Plaza Mayor. Junto a la estatua del rey Felipe III, conmemorando la inauguración en 1619 de tan histórico lugar, que habría de ser magnificente escenario de corridas de toros, juegos de cañas y fiestas sacramentales durante el siglo de los Austrias. Obra del arquitecto Juan Gómez de Mora, nadie mejor para recordarlo que otro arquitecto ilustre, Juan Miguel Hernández León, presidente del Círculo de Bellas Artes, prologado por Ignacio Amestoy. Intervendrán después Juan Cañas, músico y actor de la Cía. Ron Lalá, y la dramaturga Julieta Soria, que interpretarán un fragmento sobre Madrid de su reciente y tirsiana obra Mestiza.

19:15h. Plaza de San Ginés. Frente a la Chocolatería de San Ginés, antigua Buñolería Modernista, lugar gamberro donde los haya de Luces de bohemia. De aquellos jóvenes modernistas a los jóvenes artistas de la Real Escuela Superior de Arte Dramático, asunto del que nos hablará su director, Pablo Iglesias Simón. Y también el profesor Eduardo Pérez-Rasilla, que acaba de publicar una edición fetén de la Biblia de los cofrades, o sea, Luces de bohemia. Y para aquellos que empiecen a sentir gusa habrá algún que otro churro, gentileza de la popularísima Chocolatería.

19:45h. Puerta del Sol. Casi en el mismísimo kilómetro cero, ante la proteica fábrica de la Casa de Correos, que fuera después Gobernación, y fuera después (¡lagarto, lagarto!) Dirección General de Seguridad, y ahora es sede de la Comunidad de Madrid. El ya mencionado Ignacio Amestoy, laureadísimo autor y artífice de la Noche de Max Estrella, hará la remembranza de tan histórico lugar, con más sombras que luces, a más de sus aledaños: Pica Lagartos, Café Colón, etcétera. Ángel Solo y Tomás Repila, cumplidamente vestidos por Cornejo, interpretarán el texto titulado Te van a matar por este libro, debido a la garbosa pluma del no menos grande José Ramón Fernández.

20:15h. Callejón del Gato. Espacio mítico por sus espejos cóncavos y convexos, que a Valle-Inclán inspiraran su célebre teoría del esperpento, y que hoy cuida la taberna Las Bravas, que con su brava generosidad de costumbre ofrecerá un vino a los concurrentes. Pero antes saborearemos el verbo del escritor y director Alfredo Sanzol, responsable de la última puesta en escena de Luces en el Teatro María Guerrero. Le acompañará en el trance Juan Codina, o séase Max Estrella en la antedicha representación. Y ambos dos (Max y Latino) rememorarán la famosa escena undécima.

20:30h. Plaza de Santa Ana. Frente por frente al antiguo Coliseo del Príncipe, escenario de los grandes éxitos de Lope, Tirso y Calderón, hoy Teatro Español, regido por Carmen Portaceli, que nos dirigirá unas palabras a modo de salutación. Seguidamente intervendrán los actores Nacho Sánchez y María Isasi que rematarán la faena interpretando un texto de El sueño de la vida, la comedia sin título de Federico García Lorca que ha completado para la escena de hoy Alberto Conejero. Y, en fin, como testigo mudo de todo ello, la estatua de Federico, aunque el espíritu más vivo que nunca.

21:00h. Cervantes, 11. Ante la Casa de Lope de Vega, creador de uno de nuestros mitos dramáticos más universales, Fuente Ovejuna, comedia publicada hace justamente 400 años, o sea, otra efeméride digna de recordación. A destacarla, comme il faut, se aplicará la complutense profesora Elena di Pinto. María Besant, actriz hecha a sinalefas y encabalgamientos, recitará unos versos del Fénix de los Ingenios.

21:30h. Prado, 21. Ateneo de Madrid. En su historiado e histórico Salón de Actos, César Navarro, presidente de la Docta Casa, nos dará la bienvenida. Intervendrá luego Margarita Piñero, profesora de Escritura Dramática en la RESAD. Como en el Ateneo debieron coincidir en más de una ocasión, como socios que fueron de la venerable institución, el viejo don Ramón María y el joven Federico, dos estudiantes del máster del Instituto del Teatro de Madrid, Víctor Iván Heras y Carlos Espejo, se encargarán de evocar uno de aquellos posibles encuentros.

22:00h. Círculo de Bellas Artes. Al amparo de la diosa Minerva, la bohemia procesión será recibida por el custodio de esta institución, Juan Miguel Hernández León. Xerardo Pardo de Vera, asiduo de la Noche desde sus tiempos fundacionales, completará con unas palabras la bienvenida a la ilustre casa, cual redivivo Valle-Inclán. Finalmente, escucharemos muy atentos el Mensaje del Día Mundial del Teatro. Sala de Columnas. Apoteosis del recorrido valleinclanesco, con intervenciones varias y variadas. Primero, la del director Miguel del Arco, encargado del montaje Proyecto Lorca Joven, estrenado en los Teatros del Canal. Después, la Compañía Atelans, bajo la dirección de Juan Ollero, representará un fragmento de Las galas del difunto, en clave musical expresionista. Y, a manera de traca final, la simpar Silvia Marsó interpretará el himno de los bohemios, el Babilonio, acompañada al piano por Blanca Trabalón. Sin olvidar, claro, el chocolate y los churros.

¡Y hasta el año que viene, que viene veinte!

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Ella somos tomas las mujeres

ELLA SOMOS TODAS

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Tienes dieciocho años y te violan.

Estás de fiesta, has bebido, te has divertido, tienes el cuerpo relajado, la sangre te pide libertad, porque tienes dieciocho años, porque te gusta la vida, porque la calle y el mundo también te pertenecen. Te gusta salir, la noche y la brisa fresca de una ciudad nueva.

Un chico guapo se sienta a tu lado y te dice cosas bonitas, parece que el mundo sonríe. Va con unos amigos, son majos, también son sevillanos, la tierra del sol y la alegría. Estás bien, pero cansada y decides irte a dormir al coche. Como no conoces bien la ciudad les preguntas, ellos se ofrecen, dos de ellos pertenecen a las fuerzas de seguridad de este país, uno es policía y otro guardia civil.

Te sientes bien y segura, vas protegida. Confías.

De pronto, empiezas a sentirte rara con tanta amabilidad. Tu cuerpo te avisa, algo en tus riñones se estrecha y la respiración se empieza a acelerar.

De pronto ese chico tan guapo te besa, tú también le besas, pero te das cuenta de que no quieres beso. No, ya no quieres, te quieres ir, lo dices. El chico tan guapo te coge de la mano y te mete a un portal. Se querrá fumar un porro con sus amigos. Piensas bien, no pasa nada, son buena gente, mientras, tu cuerpo te habla, empiezas a notar que ya no estás borracha. Tu cuerpo se está despertando y toda la sangre está avisándote de que algo pasa. Tarde, muy tarde ya.

Cuando te quieres dar cuenta estas rodeada por cinco hombres en un portal que solo tiene una salida, una mano te ha bajado las bragas mientras tu dices NO.

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La manada: Jose Ángel Prenda, Alfonso Jesús Cabezuelo, Jesús Escudero, Ángel Boza y Antonio Manuel Guerrero

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Tienes una polla en la boca y te da una arcada. NO, NO, NO POR FAVOR. No solo lo dices, encima eres educada.

Lo demás ya lo sabemos todas, algunas lo hemos sabido más y otras menos. Ahora un juzgado dice que esto no es una violación, y con esto está diciendo que nuestro NO, no se oye. Que nuestro cuerpo no nos pertenece. Que nuestra opinión no cuenta. Todo este juicio se ha empeñado en demostrar y en juzgar la libertad sexual de una mujer, con preguntas capciosas y frases retrogradas.

En el hipotético caso de que ella se quisiera ir con los cinco, cosa que dudo. ¿Cuál es el problema? ¿Dónde están los límites? Nosotras también podemos estar en una orgía y nos puede gustar, pero si en el último momento decidimos que no, ya no es orgía es violación.

¿Se nos puede juzgar por querer ir a una orgía? Nuestro cuerpo es nuestro, y vamos con el donde nos de la gana.

Esta violación estaba planificada, estaba retransmitida, había un grupo de hombres esperando para ver los vídeos de la violación. Ellos, los violadores, en ningún caso hablaban de consentimiento, hablaban de dopar, de ir a la caza, de engañar, de dominar, de humillar. Es la violación que ha dejado más pruebas de todas las violaciones. Pero ella no se resistió, entonces es abuso, no violación. Si te resistes, como Diana Quer, como Nagore Laffage o como María Goreti, igual no es violación solo, igual termina en asesinato.

Esta sentencia juega en nuestra contra, en contra del cuerpo de las mujeres. Quieren dejar claro que nuestro cuerpo es un lugar que se puede seguir conquistando.

Ella estaba borracha, es uno de los argumentos del juez que pide libertad sin cargos para los acusados. ¿Y qué? yo también puedo salir y estar borracha, la calle también es mía. Ella no tenía cara de dolor, ni de sufrimiento. “Está claro que dolor, dolor, no sintió usted” ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo se puede valorar el dolor que siente una mujer en esa situación? ¿Cómo se puede medir?

Esta sentencia es contra nosotras, contra nuestra palabra y contra nuestra libertad. Ella somos todas, por eso este juicio es a todas. Hermana, yo sí te creo. Hermana, la calle es nuestra y la conseguiremos.

VANESSA ESPÍN[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Escuela de Interpretación en Madrid

MIGUEL DE MOLINA AL DESNUDO

Lunes. 18 de marzo. Víspera de primavera. Salgo, y no me avergüenzo, excitado del Teatro Infanta Isabel, tras asistir a una de las últimas representaciones de Miguel de Molina al desnudo. El culpable que tanto placer me desata está fichado. Mora en la deshonesta calle de Carretas y titula con el nombre de Ángel Ruiz. Sólo un actor de la escuela antigua –pienso en un segundo de inspiración– puede ofrecer un recital de tamaño descaro. Exhibe el señorito un dominio tan virtuoso de su instrumento que acabas por dilatar las pupilas tratando de descubrir el truco que lo protege. Nada, no hay truco. Ángel canta. Ángel baila. Ángel actúa. Ángel fuma. Y aunque nada de todo esto ocurra en el Madison Square Garden, yo les exhorto: NO SE LO PIERDAN. 

Pero además este espectáculo, escrito por el susodicho angelito –sí, chica, también escribe– se convierte deliberadamente en un ajuste de cuentas a una figura y una época. Honra la memoria febril de un fetiche de la copla; aquel que irrumpía insolente en el escenario, mientras que desde la platea una masa republicana y devota le jaleaba como La Miguela: Miguel de Molina. Que lo mismo le daba. Para entender mejor de qué hablamos cuando hablamos de Miguel de Molina, conviene recordar que en su momento de mayor popularidad, el prenda, cobraba cinco mil pesetas. Ocho mil euros de ahora. Chúpate esa mandarina.

El milagro que Ángel Ruiz obra al filo del proscenio es admirable. La identificación que alcanza con el ídolo que representa es plena sin que la personalidad del propio Ángel se desvanezca. Un delicadísimo trabajo actoral que bascula entre la mímesis y la independencia. Y entonces se alumbra la paradoja. Mientras que el espectáculo avanza empiezas a acariciar la impagable sensación de estar retrocediendo en el tiempo, de estar asistiendo como testigo excepcional a una representación que en realidad sólo pudo ocurrir en los años treinta. La nostalgia aplasta a la estadística, para demostrar al fin que cualquier tiempo pasado fue efectivamente mejor. En la puerta de salida del teatro algunos vecinos de la Villa esperamos a que apareciera el artista para rendirle tributo con un aplauso cerrado en mitad de la rue.

Un poco más tarde, después del comadreo y los chupitos, me dirijo a casa acompañado por dos de mis alumnas, Ana y Julia, actrices de raza. Al paso por la Gran Vía, me asalta de nuevo la primera intuición, y les confieso el secreto del fenómeno que hemos tenido el privilegio de contemplar: Ángel Ruiz es un actor de la antigua escuela. Ellas, tan malvadas, me preguntan qué significa eso de ser de la antigua escuela. Yo les hablo de un espíritu, de un perfume, de un estilo. Pero acierto a decir poco más mientras la noche me esfuma.

El caso es que no hay mucho más, la antigua escuela fue aquella que no pudo estudiar. Fue la escuela de la supervivencia. Y la del atrevimiento. Un oasis que diseñaron aquellos que tuvieron la valentía de soñar en libertad. Un espacio donde reivindicar la singularidad, que es la madre de la provocación. Era un mundo sin likes. Todo se jugaba a una sola carta, la del carisma. No había más. Eso, y muchas ganas de triunfar. Y de vivir…

En esas andaba Miguel de Molina, cuando una noche cuatro miembros de la Dirección General de Seguridad, los matones de Franco, le sacaron del teatro donde actuaba y le metieron en un coche. Le llevaron hasta un descampado y le dieron una paliza que lo dejó al borde de la muerte. Después el exilio. Lo que el asesino y sus esbirros no pudieron impedir es que permaneciera en la memoria de tantos que le adoraron. Aquel apóstol de la libertad, que daba cien mil vueltas a mucha moderna que hoy cree que ha inventado la pólvora, puede descansar en paz. La escuela antigua, aunque pique, sigue viva.

Gracias, Ángel Ruiz, por derrochar tanto arte y repartir tanta justicia.

Por Juan Codina | 26 marzo 2019

Escuela de interpretación en Madrid

ENTREVISTA A HUGO SILVA Y NATHALIE POZA

Es algo muy nuestro eso de sacarle punta a todo, en España somos así. ¿Por qué llamar a las cosas por su nombre si se lo podemos cambiar? En nuestro país, en la calle, los billetes de 500 se conocen como binladens por aquello de que todo el mundo sabe que existen, pero nadie los ha visto.

Este viernes 8 de marzo llega a los cines la última película de Koldo Sierra, 70 BINLADENS. Esa es la cantidad –setenta de los morados, 35.000 euros— que necesita la protagonista, Raquel (Emma Suárez), una mujer cerebral y muy inteligente pero que en ese momento de su vida se encuentra completamente desesperada. El tiempo corre en su contra, antes de que pasen 24 horas debe reunir la cifra, y su última esperanza es conseguir un préstamo bancario. Cuando finalmente se lo conceden y está cerrando el trámite con el banco, aparecen en la sucursal un par de atracadores de medio pelo, lamentablemente torpes —Lola y Jonan (Nathalie Poza y Hugo Silva)—, y el alivio que por un momento creyó alcanzar se va al traste.

El director bilbaíno construye un thriller trepidante en el que hay momentos incluso para la comedia, sin que esta consiga rebajar la tensión, que mantiene constantemente gracias a los sorprendentes giros de su guión. La atmósfera de toda la cinta es asfixiante, claustrofóbica. La película fue rodada cronológicamente y casi al completo en dos únicas localizaciones, el banco y la plaza donde se ubica este.

Intuimos el gusto de Serra por el género de suspense americano –al que de alguna manera homenajea– pero va más allá y demuestra un rotundo dominio de este. Adaptando con inteligencia la teoría y aplicándola con maestría a nuestra realidad. No se pierde en liturgias efectistas hollywodienses, es franco, y sin ningún tipo de complejo ni reparo acude a algo que todos reconocemos perfectamente: el costumbrismo español del cine quinqui de los 70. Todo un acierto.

Y claro, si estamos en España –como no puede ser de otra manera– este atraco va salir mal. Muy mal. Y aquí es donde entran en juego los personajes que interpretan, de manera memorable, los dos actores de nuestro vídeo.

Hace unos días estuvimos en el preestreno de la peli y en la presentación a los medios. Y no quisimos perdernos la ocasión de poder hablar con Nathalie Poza y Hugo Silva, y que nos contasen de primera mano como fue dar vida a estos dos balas. Lola, esa psicópata, descabelladamente impulsiva y peligrosa, y Jonan, el frágil y manipulado yonki, a los que interpretan poderosamente.

Todo un lujo.

el problema es cómo la pantalla se ha apoderado del cerebro

“EL PROBLEMA ES CÓMO LA PANTALLA SE HA APODERADO DEL CEREBRO”

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Franco Bifo Berardi combina la docencia como profesor de historia social de los medios de comunicación en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán) con la agitación cultural: creó el fanzine A/Traverso, Radio Alice —la primera emisora pirata de Italia— y la TV Orfeu, cuna de la televisión comunitaria en Italia. En sus libros indaga cómo las tecnologías digitales están generando una mutación del ser humano y aceleran de forma tan vertiginosa el tiempo que no deja tiempo para la pausa, la escucha o la capacidad crítica ponderada. Cartografía un tejido social en el que, como en las shitstorm [una tormenta de mierda] de las redes sociales, los individuos se mueven por los estímulos de todo tipo que reciben sin tiempo para reflexionar, y donde reina el resentimiento identitario, la desertificación del pensamiento complejo y el autismo coral. Ayer habló en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona con Ingrid Guardiola sobre cómo “los dispositivos tecnológicos se han convertido en una prótesis de nuestros cuerpos y en una herramienta de relación permanente con el mundo, devaluando así nuestra experiencia directa e inmediata de la realidad, afectando a las emociones, el psiquismo, la percepción y la relación con el otro”.

Pregunta. ¿En qué está mutando el ser humano?

Respuesta. La modernidad nace cuando la escritura se hace medio de masas y la imprenta permite difundir el pensamiento en miles de copias. Hoy vivimos una segunda mutación técnico-comunicativa mucho más profunda, porque mutamos de una forma conjuntiva del pensamiento, de la comunicación, del afecto, a una forma conectiva.

P. ¿Cuál es la diferencia?

R. Que la presencia de la corporeidad ya no es decisiva. En la comunicación conjuntiva la creación de significado, de sentido, pertenece a la esfera de la presencia. Yo puedo decir algo que puede tener un significado diferente según la manera en que lo digo, de su contexto, de la relación afectiva que existe con mi interlocutor, pero en la comunicación conectiva es la sintaxis, la estructura técnica del medio, el formato, el sentido mismo. Además, la comunicación conectiva nos permite una aceleración, una intensificación infinita de la información, que no es solo información, este el problema, sino al mismo tiempo estímulo nervioso, es shitstorm. La consecuencia es que las capacidades críticas que la humanidad tenía en la época de la imprenta se están perdiendo. Y esta transformación está vinculada a la aceleración de la infoesfera que produce efectos en la psicoesfera, es decir, en el cerebro, en la mente, en la emocionalidad humana. Vivimos una época de patologías masivas, como las crisis de pánico, la depresión, la ansiedad, que no son patologías simplemente psíquicas, sino de la relación comunicacional.

P. ¿Hemos perdido sentido crítico de la complejidad?

R. El universo técnico se ha vuelto demasiado complejo para el entendimiento humano. Tenemos que reconocer que la posibilidad de una crítica de la discriminación racional es imposible cuando se habla de fake news, por ejemplo. El problema no son las fake news, que siempre han existido, el problema verdadero es lo que está pasando en el cerebro. El cerebro se ha vuelto incapaz de elaborar la complejidad del universo técnico. La velocidad, la intensificación, no permite que el cerebro pueda discernir, redistribuir. Cuando leemos un texto escrito o hablamos con un compañero la velocidad de esta comunicación nos permite discriminar entre bueno y malo, verdadero o falso.

P. Ya hace muchos años que vivimos un proceso de desculturización del individuo.

R. No estoy seguro de que podamos utilizar la palabra desculturización. El problema es que estamos pasando de una cultura a otra. Podemos identificar la cultura como nuestra cultura, la que nos gusta, la progresiva, la democrática, pero hay otras, estamos entrando en otra condición cultural. La mutación es más profunda, es cognitiva, lo que significa que no implica solo un cambio de las formas simbólicas, políticas, racionales, significa una mutación de la maquinaria. Lo que pasa en la esfera política, social, parece una locura porque seguimos interpretando comportamientos, sí, dementes, con las categorías de la racionalidad política. Por un lado, como decía Eco, está el crecimiento de la inteligencia artificial y por otra el crecimiento de la demencia humana. No es casual. Cuanto más atribuimos la actividad inteligente a la máquina, tanto más renunciamos a la capacidad de actuar de manera inteligente.

P. Platón creía que el paso de la transmisión oral a la escritura era una catástrofe. Zola se escandalizaba de que los primeros trenes a vapor circularan a 40 Km/h. ¿No hay un prejuicio de la generación predigital?

R. Ja, ja. Platón no se equivocó la capacidad de memorización de los hombres se ha empobrecido con la aparición de la escritura. Respecto a lo que dice, sí, creo que sí. Para la última generación alfabética o predigital, lo que está pasando es incomprensible porque las categorías en las que nos hemos formado, desde el comienzo de la modernidad, de Kant y Descartes, han definido la razón y la política. La política como técnica de discriminación entre bueno y malo y reducción del mundo a la razón, y esto está desapareciendo. ¿Qué pasa con las nuevas generaciones? El suicidio crece un 60 % en 40 años desde los noventa. En primer lugar, Corea del Sur, segundo Japón, tercero Finlandia, y cuarto Hungría. Corea del Sur es donde la aceleración informativa y el cambio digital han sido más violentos, más transformadores. Sí, la ola de depresión masiva, las crisis de pánico desconocidas hasta entonces, se explican solo a partir de esta mutación. Las nuevas generaciones viven de manera más normal que las anteriores, pero a costa de un sufrimiento psíquico y social, porque las formas de explotación, el regreso de la esclavitud de la precariedad, libre, pero esclavitud, es el precio que están pagando. Esto no se puede parar. No hablo desde la nostalgia, pues ya no existe, ni volverá, como no volverán ni la democracia ni la política. En sí la tecnología no es mala. Solo produce sufrimiento cuando se vincula con la competencia desenfrenada, con la soledad y la violencia social, con el neoliberalismo. Si no corres, mueres. Si no eres más veloz, no ganas. Los trabajadores han de competir entre ellos. La relación entre jóvenes es de competencia y soledad.

P. La democracia ha muerto, dice usted

R. Democracia es la dimensión donde nadie tiene razón porque todos tienen derecho a razonar conflictivamente en una sociedad abierta, porque no hay verdad, pues la verdad es el diálogo, y eso no significa nada hoy. Con la aceleración tecno-comunicativa el diálogo se verifica entre el individuo y la pantalla, el individuo y la máquina, y hay que respetar las reglas ineludibles de la máquina digital, que son las reglas de las finanzas. Ingresar en el mundo de la economía financiera significa entrar en una dimensión en la que las reglas están escritas en la máquina, y no se pueden discutir. La democracia está muerta porque la democracia es la posibilidad de discutir todo, principalmente las reglas. La prueba la hemos visto en Grecia, en todos los lugares. Con la democracia no se puede cambiar nada. La revuelta de los chalecos amarillos es la última demostración. ¿Con la democracia no podemos cambiar nada? Pues salgo a la calle y hago algo violento. No es fascismo, es locura, la sinrazón.

P. Una corriente de emotividad recorre como un escalofrío el cuerpo social y surgen sentimientos peligrosos: humillación, dignidad…

R. Los movimientos de renovación social, de propuestas de posibilidades nuevas, han sido cancelados por la voluntad europea y las finanzas internacionales. El sentimiento de humillación es más peligroso que el de empobrecimiento. El empobrecimiento produce ira, violencia, pero también deseo racional de ganar algo. La humillación produce deseos de venganza, incluso el de matarse a sí mismos, fíjese el carácter absurdo de lo que estamos hablando. El pueblo inglés que votó por el Brexit, ¿esperaba ganar algo? Creo que no. Lo único, reaccionar contra los que les habían humillado. Humillar a los humilladores. Igual en el conflicto de Cataluña y España. O en Estados Unidos. Trump es el máximo humillador. Humillador de humilladores.Este es el núcleo de la discusión política contemporánea. No es política, es psicopatía. Vivimos una condición que es psicopática. Las herramientas de la política no sirven, porque la venganza no atiende a razones. Es la paradoja en la que nos encontramos hoy.

P. Cuando todo es incierto y nos mueve el miedo, ¿surge el deseo punitivo, el populismo punitivo?

R. En Italia hay quien tiene obsesión es castigar la casta hasta el punto de que estamos dispuestos a perder nuestra condición democrática para castigar a los ladrones de la casta, de la elite. La identificación de la elite tiene un carácter esencialmente punitivo: Lo que ha pasado con los chalecos amarillos y Finkielkraut es antisemita, pero quién ha preparado todo esto. La razón liberal, democrática, ha producido una humillación, al identificar la razón con el algoritmo financiero.

P. ¿El sueño de la razón produce algoritmos financieros?
R. Sí. El sueño de Goya. Adorno y Horkheimer ya lo dijeron: si la razón progresiva no logra entender la oscuridad que lleva en sí misma está firmando su condena de muerte. Hablaban del nazismo, pero está ocurriendo ahora mismo, si miramos los movimientos en Estados Unidos, España, Londres o el mundo árabe.
P. ¿La falta de una alternativa no lleva a la inacción?

R. La única terapia que yo veo tras la oscuridad presente es la reactivación del cuerpo colectivo, del placer de encontrar el cuerpo del otro en la dimensión colectiva. Si miramos los movimientos en Estados Unidos, España, Londres o el mundo árabe, vemos que no eran movimientos políticos, sino de un movimiento de reactivación del erotismo de la sociedad, erotismo entendido como una dimensión del psiquismo que es la dimensión empática, la dimensión del placer del otro. La patología que estamos viviendo es de des-erotización de la relación social. Si puedo imaginar algo bueno para el futuro es la reducción de la velocidad y de reactivación del cuerpo erótico de la sociedad. Es la única forma de reactivar lo que un día llamamos democracia. Una terapia poética, estética y ética, porque cuando hablamos de ética no estamos hablando solo del bien y del mal, sino también del placer. No creo en la batalla política por la democracia, es como un círculo vicioso. Cuando hablo con los jóvenes alumnos de sufrimiento, de impotencia sexual, de la falta de placer sexual, de la falta de reconocimiento erótico, de la fragilidad psíquica, me escuchan y algo se mueve. Cuando hablo de política, no se produce ningún efecto.

P. El sexo que no habla

R. Hay muchísimo sexo, pero se ha perdido la capacidad de ser algo dialogante.

P. ¿Quién auguró mejor el futuro: Huxley, Ballard, Orwell o Philip K. Dick?

R. Philip K. Dick, sin duda. Orwell llegó muy lejos, pero Dick vio algo esencial, que el problema no era solo la pantalla como Orwell, el problema era la relación entre la máquina y el cerebro, la interconexión e interdependencia. El problema es cómo la pantalla se ha apoderado del cerebro, cómo la tecnología digital está modificando la cultura, pero también la actividad cognitiva, y a nivel más profundo, la estructura neurofísica misma del cerebro humano. La humanidad siempre se ha orientado con los sentidos, la vista, el olor… Hoy nos orientamos a través de un mapa telemático de un satélite. ¿Qué pasará dentro de dos o tres generaciones con la capacidad de mirar el panorama, detectar señales olfativas, auditivas, en el ambiente? Es la actividad cognitiva misma la que se está modificando y cuando se modifica la capacidad cognitiva, pasa a la física del cerebro. Tendremos un cerebro conectivo que funcionará a través de conexiones sintácticas que cancelarán la capacidad pragmática de redefinir el contexto.

Entrevista realizada por JOSEP MASSOT y publicada en EL PAÍS el 20 de Febrero de 2019

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Yalitza Aparicio, candidata al Óscar a mejor actriz

LAS QUE TIENEN QUE SERVIR

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—Señorita, el café está servido.—

Con este único texto, u otros por el estilo, se iniciaron en la escena multitud de actrices cuando se hacían hasta tres funciones diarias. Figuración con frase, vaya.

Hoy domingo opta al Óscar una actriz por una película en la que apenas abre la boca, y cuando lo hace a menudo se expresa en una lengua de delicada musicalidad, pero incomprensible para la mayor parte del público. Yalitza Aparicio, que así se llama la candidata al premio, es una mujer indígena, una mejicana cuyos rasgos físicos no acostumbramos a contemplar ni sobre el escenario ni en la pantalla, pero sí en la caja del supermercado, limpiando váteres o cambiando el pañal de la abuela. 

Basta echar un vistazo a la historia de la Literatura y el Arte para percatarse de un hecho: en las escasas ocasiones en que sus protagonistas no pertenecen a las clases poderosas, hay una alta probabilidad de que el asunto se desenvuelva sin salir de lo anecdótico, encuadrándose las más de las veces en lo humorístico. Si el relato de las élites discurre por los cauces de la épica, la filosofía, las confrontación de las ideas complejas con los grandes retos de la existencia, la vida de los desheredados se ha relegado, casi siempre, al cuadro de costumbres, el sainete, el chiste en fin.

Resulta que la Humanidad se sostiene por su flanco más primario y elemental. Rigurosamente. Cada día hay que comer, beber, dormir, cagar y mear, en orden aleatorio. Tambien respirar, si bien, a diferencia de las anteriores actividades, esta necesidad se cubre de balde y sin generar residuos que precisen especial gestión. El resto es literatura. Habitualmente, la inmensa mayoría de los habitantes del planeta han dado respuesta a estos inexcusables mandatos de la naturaleza por sí mismos, en solitario o como miembros de un grupo familiar, sea este del tipo que sea. Pero una constante parece acompañar a la especie en su recorrido histórico: a poco que se prospere, se delegan estas cuestiones capitales en personas ajenas al núcleo familiar, situadas socialmente —obvio— en los escalafones más bajos del organigrama. Quienes nada poseen, obligados a sobrevivir solucionando todo a quienes todo tienen. Hasta quitarse de la teta a los propios hijos para alimentar con su leche a los de la dueña y señora.

Con su protagonismo silente y carente de énfasis, la discreta mirada de Cleo nos va atrapando de forma imperceptible mediante la acción pura, ya sea quitando la mierda o salvando —literalmente— las vidas de quienes no le permiten ni un instante de aliento. Resuelta la película en planos gigantescos que arrancan al espectador de la butaca para situarlo en mitad de la escena, respirando con los personajes, la hermosísima y subyugante historia que cuenta Alfonso Cuarón a través de los ojos de Yalitza se posa, durante más de dos horas, en el instante preciso en que entra en escena la criada para comunicar a los señores que el café está servido.

Por Marcos León | 24 febrero 2019

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Escuela de interpretación Madrid

EL DÍA DE LA BESTIA

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La Bestia ha vuelto. En los dioxidos de la boina ha aterrizado El Sacramento del Pecado. Tiembla Madrid al paso de La Exiliada cuando dobla con sus pupilas la dirección del aire. Reaparece La Fatídica para defecar. ¿Cabe mayor muestra de amor? No en vano la hez guarda el recuerdo imborrable de quien no disimula su naturaleza corrupta. Se afana La Carnicera en podar todos los juanetes censados. La Liddell ha vuelto, sí, pero para irse. No hay suficientes besos que puedan pagar la Voz del Desierto. 

La Arisca no concede entrevistas. ¿Hablan, acaso, las Tormentas? Ni a mirar se dignan antes de fulminar al rebaño. Vuelve La Indecente empalada en un trueno para infringir un dolor que solo los enamorados claman. Sube La Bruja al «patíbulo-escenario» a inmolarse. Quemarse. Abrasarse. Y reducida a cenizas sodomizar  al bello puritANO. La Eterna eyacula. Y allí, para horror de los disléxicos fecunda El Teatro Posdemocrático: «La ideología es lo contrario al pensamiento». No existe mejor forma de dominación que el sufragio universal.

Asusta  a los niños La Bárbara.  Ni la sienten feliz, ni adaptada. Intimida La Indigna a las almas mansas y bondadosas. Así que cierran sus infantiles ojitos y sueñan con volatiilizar a La Doña, (pero) La Doña entra en sus sueños y afilada su vagina hace de ellos cabello: dulce cabello de ángel. ¡Beatifica Angélica que viertes el sarro en las primulas ten piedad de los reprimidos! Pobres. Nada más patético que no saber nacer. 

Cosida en sus zarpas la letra A en Escarlata, regresa La Osa a su exilio. Sin lacitos ni banderitas que puedan ensuciar con sus ridículos colorines la inicial de su nombre. No se casa La Exclusiva con la banalidad. Ahí vive el mal, dice Hanna Arendt.

Respiran Jason y su prole sabiendo que La Maldita se aleja. Ingenuidad. No existe tecnología que supere a una pesadilla. Y Medea siempre vuelve.

JUAN CODINA

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