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Escuela de interpretación Madrid

NOMINADOS A LOS PREMIOS DE LA UNIÓN

[vc_row padding_bottom=»2em» background_image=»0″][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»70″ text=»Nominados a los premios de la unión» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Hoy se ha dado a conocer la lista de sesenta y seis nominados y nominadas a los Premios de la Unión de Actores y Actrices en su XXVIII edición.

En esta casa nos encontramos felices por partida doble. El director del Estudio, Juan Codina, ha sido nominado como Mejor Actor Protagonista en la categoría de teatro por su trabajo en Luces de Bohemia dirigida por Alfredo Sanzol.

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Juan Codina (izq) en un momento de Luces de bohemia en el Teatro María Guerrero

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Y una de nuestras profesoras, Sonia Almarcha, nominada en la categoría de cine como Mejor Actriz de Reparto por su personaje en El reino, la cinta de Rodrigo Sorogoyen.

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Sonia Almarcha durante el rodaje junto al director de la película. ©JulioVergne

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Además de los premios en las diferentes categorías de teatro, cine y televisión, la Unión entrega el premio Toda una vida, reconocimiento honorífico a la carrera de una figura destacada de la profesión que por su trayectoria interpretativa, humanidad, compromiso e influencia es considerada un claro referente para el gremio. El ganador/ra de este galardón se dará a conocer en una rueda de prensa en los días previos a la gala de entrega que está prevista para el 11 de marzo.

Enhorabuena a todos los nominados.

CINE

MEJOR ACTRIZ PROTAGONISTA

Bárbara Lennie por LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO

Penélope Cruz por TODOS LOS SABEN

Susi Sánchez por LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO

 

MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA

Alexandra Jiménez por SUPERLÓPEZ

Ana Wagner por EL REINO

Carolina Yuste por CARMEN Y LOLA

 

MEJOR ACTRIZ DE REPARTO

Elvira Mínguez por TODOS LOS SABEN

Petra Martínez por PETRA

Sonia Almarcha por EL REINO

 

MEJOR ACTOR PROTAGONISTA                                    

Antonio de la Torre por EL REINO

Javier Bardem por TODOS LO SABEN

Jose Coronado por TU HIJO

 

MEJOR ACTOR SECUNDARIO

Alberto San Juan por EL REY

Juan Margallo por CAMPEONES

Luis Zahera por EL REINO

 

MEJOR ACTOR DE REPARTO

Carlos Bardem por ALEGRÍA, TRISTEZA

Luis Bermejo por TU HIJO

Oriol Pla por PETRA

 

TEATRO

MEJOR ACTRIZ PROTAGONISTA

Bárbara Lennie por EL TRATAMIENTO

Laura Toledo por LA VOZ DORMIDA

Susana Hernáiz por LA EXTRAÑA PAREJA

 

MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA

Clara Sanchis por CONSENTIMIENTO

Mabel del Pozo por EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE

Natalia Hernández por LA TERNURA

 

MEJOR ACTRIZ DE REPARTO

Ángeles Martín por HABLAR POR HABLAR

Lidia Navarro por LLUEVEN VACAS

Montse Peidro por EL AUTO DE LOS INOCENTES

 

MEJOR ACTOR PROTAGONISTA

Alberto Berzal por 1984

Carlos Hipólito por BILLY ELIOT

Juan Codina por LUCES DE BOHEMIA

 

MEJOR ACTOR SECUNDARIO

Adrián Lastra por BILLY ELIOT

Luis Rallo por 1984

Pepe Viyuela por EL BURLADOR DE SEVILLA

 

MEJOR ACTOR DE REPARTO

Antonio Gil por HABLAR POR HABLAR

Jorge Torres por EL AUTO DE LOS INOCENTES

Juan Vinuesa por ALGÚN DÍA TODO ESTO SERÁ TUYO

 

TELEVISIÓN

MEJOR ACTRIZ PROTAGONISTA

Alba Flores por La casa de papel

Belén Cuesta por Paquita Salas

Inma Cuesta por Arde Madrid

 

MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA

Adriana Ozores por Velvet Colección

Anna Castillo por Arde Madrid

Elisabet Gelabert por Gigantes

 

MEJOR ACTRIZ DE REPARTO

Miren Ibarguren por Arde Madrid

Pepa Gracia por La otra mirada

Yolanda Ramos por Paquita Salas

 

MEJOR ACTOR PROTAGONISTA

Álvaro Morte por La Casa de Papel

Javier Gutiérrez por Estoy Vivo

Javier Rey por Fariña

 

MEJOR ACTOR SECUNDARIO

Alejo Sauras por ESTOY VIVO

Antonio Durán (Morris) por FARIÑA

Jaime Lorente por La CASA DE PAPEL

 

MEJOR ACTOR DE REPARTO

Borja Maestre por AMAR ES PARA SIEMPRE

Jesús Castejón por VIS A VIS

Julián Villagrán por ARDE MADRID

 

REVELACIÓN

MEJOR ACTRIZ REVELACIÓN

Abril Zamora por VIS A VIS

Eva Llorach por QUIÉN TE CANTARÁ

Zaira Romero por CARMEN Y LOLA

 

MEJOR ACTOR REVELACIÓN

Álex Villazán por EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE

Borja Luna por ANIMALES SIN COLLAR

Sergio Castellanos por LA PESTE

 

INTERNACIONAL

MEJOR ACTRIZ PRODUCCIÓN INTERNACIONAL

Belén Rueda por NO DORMIRÁS

Natalia de Molina por NO DORMIRÁS

Penélope Cruz por AMERICAN CRIME STORY: VERSACE

 

MEJOR ACTOR PRODUCCIÓN INTERNACIONAL

Alberto Ammann por NARCOS

Oscar Jaenada por LUIS MIGUEL

Paco León por LA CASA DE LAS FLORES

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Alberto Conejero vuelve al CDN con La Geometría del Trigo

ENTREVISTA A ALBERTO CONEJERO

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»ENTREVISTA A ALBERTO CONEJERO» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»1em»][wolf_fittext max_font_size=»20″ text=»Hablamos con el dramaturgo con motivo del estreno de La geometría del trigo» font_weight=»500″ text_transform=»none» letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Hace cuatro años se estrenaba en el Teatro María Guerrero La piedra oscura, un montaje que terminaría llevándose cinco Premios Max. Entre ellos, el de mejor autor para Alberto Conejero, que ayer volvía a un escenario del Centro Dramático Nacional, esta vez a su sede del Valle-Inclán en el barrio de Lavapiés, con La geometría del trigo (dosbigotes, 2018)un espectáculo que escribe, dirige y produce él mismo.

La geometría del trigo nace a partir de un recuerdo que le contó su madre. Es la historia de lo que le ocurrió a unos amigos del pueblo cuando eran jóvenes, antes de que él naciese, y aprovecho precisamente ese salto en el tiempo para viajar hasta el Alberto que no conozco, al niño nacido en Vilches (Jaén) en 1978.

Alberto Conejero es andaluz, pero realmente nunca ha vivido allí, solo durante los veranos que de pequeño pasaba con sus abuelos en el pueblo. Antes de cumplir los dos años sus padres se trasladaron a vivir al madrileño distrito de Villaverde. A pesar de todo, Alberto Conejero tiene un fuerte arraigo con su tierra y se siente profundamente andaluz, él mismo define como un madrileño de Jaén y muestra sorpresa al pensarlo en voz alta: “Es curioso esto, sentirse tan arraigado a un lugar que no se ha conocido, bueno, que no se ha vivido, mejor dicho. Yo me he escolarizado y educado en Madrid”.

¿Qué llega antes, la poesía o el teatro?

La poesía. Pero para mí no hay una distinción genérica tan fuerte, no lo vivo como si estuviera escribiendo desde dos lugares distintos. Creo que el teatro siempre ha sido un buen albergue para la poesía, y a la inversa, pero lo primero fueron poemas –malísimos– de un niño repelente y raro de once años que hablaban de la soledad.

¿Tu primer recuerdo del teatro, Alberto Conejero?

Bueno, recuerdo… Yo creo que el recuerdo inventa. No sé si esto me lo he inventado, pero sí tengo claro que he tratado de encontrarlo. Y no es uno, son dos: un montaje de Las Bacantes en el Festival de Teatro de Segóbriga, que debía tener unos trece o catorce años y luego la lectura de Bodas de Sangre. Ambos son casi inmediatos, van muy seguidos, de la mano.

Imposible olvidar esa primera lectura de Bodas de Sangre, ¿no?

Me sucedió el teatro leyendo aquel libro y me dije: “esto es lo que quiero hacer”, sentí que ahí estaba todo.

¿Casi como un pálpito, justo en ese momento, después de leerla hallaste lo querías ser?

Encontré la vocación pronto, muy rápido. Descubrí que aquello de alguna manera tenía poesía, que también era música… Creo que, como fui un adolescente solitario, el teatro me daba la oportunidad de estar, de hacer un nosotros. En mi caso, la transición o el viaje de la poesía al teatro también tiene que ver con esto, con la necesidad de establecer un nosotros, de estar juntos.

Imagino que, igual que existieron aquellos primeros poemas, un día aterrizaron en el papel los primeros personajes que rondaban tu cabeza y le diste forma de obra de teatro. ¿De qué hablaba?

Era muy mala también, escrita en plena adolescencia, imagínate. El jardín de la Luna Negra se llamaba. ¿Puede ser un título más cursi? Era una obra muy afectada, muy intensa. El personaje principal era un jinete que se dedicaba a vender caballos, un tratante gay de caballos. No es una buena obra, pero tenía esa ingenuidad que es muy fértil y muy luminosa. Escribir sin esperar nada, escribir por el puro placer de hacerlo.

Supongo que, como nos ocurre a los actores, el del escritor, como el de cualquier oficio artístico en este país, no es un camino sencillo…

Mira, lo primero mío que se hizo profesionalmente fue Húngaros en el 2002, llevo casi veinte años haciendo esto. Es verdad que en los últimos años se ha intensificado todo a partir de La piedra oscura, y lo que te permite el tiempo es tener perspectiva. Pero sí, el de dramaturgo es un oficio bastante de intemperie y de invisibilidad casi todo el tiempo. Para que una obra llegue a estrenarse se tienen que producir una serie de azares y de voluntades que es muy difícil que se den. Yo, que he tenido la fortuna y también la responsabilidad de tener palabra pública, no solo con el teatro sino a través de la presencia en la prensa o en los medios, asumo esa responsabilidad agradecido. Creo que seriamos un país mejor si se escuchara más a los hombres y mujeres del teatro, a los dramaturgos y dramaturgas en concreto.

Es verdad que tengo por un lado esa suerte, pero también es verdad que se paga. Nada es gratuito, todo tiene su precio. Y asumo que cuando estás tan expuesto en una profesión haya algunos a los que les parezca malo lo que haces. He aprendido estos años a relacionarme con la crítica. Y creo que hay dos cosas muy peligrosas para un creador: el elogio unánime y la crítica feroz unánime. Esas dos cosas aplastan, a quien sea. Pienso que el equilibrio entre ellas es un lugar muy fértil para estar como creadores. Yo he aprendido mucho de críticas severas –algunas con razón– que me han hecho, y poco de críticas muy elogiosas, porque del elogio no se aprende nada, aunque de la crítica inmisericorde tampoco. 

Alguna vez he sufrido la incomprensión con alguna obra en particular, pero bueno, los creadores no somos infalibles, el teatro es la suma de muchas circunstancias, voluntades e imaginarios. Y hay obras que quizás no han alcanzado la temperatura que tenían que haber tenido. He vivido algo parecido al fracaso y me ha hecho muy libre. Se generan a veces expectativas sobre uno a las que no puede responder ni debe responder. ¿He fallado? Pues estupendo, ya está, como decía Beckett: fracasa mejor.

Alberto Conejero, estás en el Teatro Español con El sueño de la vida, dirigido por Lluís Pasqual, estuvo hasta principios de enero Todas las noches de un día –por la que acaba de ser nominado a los Premios Valle-Inclán– dirigida por Luis Luque en el Teatro Bellas Artes y ahora tú mismo diriges tu texto La geometría del trigo en el CDN. ¿Cómo estás viviendo este momento?

Lo llevo con agradecimiento y responsabilidad, pero lo vivo como una casualidad, la programación es caprichosa y puede generar una imagen muy distorsionada de la realidad, ya que los proyectos se han fraguado en diferentes años y de modo muy distinto. En el caso del Bellas Artes, es un teatro privado con una producción privada. Lo del Teatro Español es una producción pública y en La geometría del trigo en el CDN, donde estamos como compañía invitada, el grueso de la producción es mío, aunque cuento con el apoyo de la Diputación de Jaén, del Ayuntamiento de Vilches, de Producciones Teatrales Contemporáneas y La Estampida Teatro.

Hablemos de La geometría del trigo

Pues es la historia de un viaje de Barcelona a Jaén por Despeñaperros, es un hotel de mala muerte, es mi pueblo, mi infancia, el pantano, los olivos, la tierra roja. Es una obra en la que que, sin ser autoficción, yo de alguna manera estoy muy presente en ella a través de juegos íntimos en la escritura. Es un montaje muy andaluz por el lugar donde se desarrolla y porque los actores que interpretan a los personajes son andaluces, excepto una de las actrices que es madrileña y que paradójicamente interpreta a un personaje catalán. 

Cuando empecé a ensayar tenía una voluntad más épica, pero ensayándolo me he dado cuenta de cierta impronta chejoviana, en la torpeza de esos cuerpos y en lo que hacen esos personajes que son decididamente torpes en sus pasiones. He intentado rebajar la temperatura de todo el montaje. Es una obra que habla de la necesidad del amor como algo transcendente, pero no desde un lugar reaccionario, ni conservador. Tiene algo paliativo, no hay nada que se rompa del todo, siempre estamos a tiempo de cuidarnos y protegernos. Y proteger el vínculo que nos ha unido que siempre va estar.

Mi teatro está lleno de fantasmas, creo que tenemos que cuidar de nuestros muertos, saber quiénes fueron o qué hicieron a lo largo de sus vidas, eso nos puede ayudar. Este texto abre nuevos espacios en mi dramaturgia, no tiene un “happy end” como tal pero… es quizás la menos poética, la poesía está por otro lado pero no tiene tanta literatura.

Hay momentos en los que los personajes hablan en catalán, ¿por qué?

Para mí hay algo muy importante en traer el catalán a un escenario de Madrid, una realidad lingüística que no vemos en los teatros de aquí. Los momentos en que aparece el catalán no están acompañados de sobretítulos, porque creo que no es necesario. Somos capaces de escucharlo y entenderlo, tenemos que serlo. Si alguien tiene un problema con esto, es que tenemos un problema muy grave como país. Lo he hecho con esta intención.

Una obra de un autor andaluz, con actores andaluces a los que les he pedido que no escondan su acento –como gesto político también– hecha en el CDN y con momentos donde aparece la lengua catalana.

Por Chechu Zeta | 7 febrero 2019

Puedes ver La geometría del trigo hasta el 24 de febrero en el CDN y El sueño de la vida hasta el 24 de febrero también pero en el Teatro Español.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][wolf_video url=»https://youtu.be/k9q8Loe0unQ»][/vc_column][/vc_row]

escuela de interpretación Madrid

BENDITOS TRAIDORES

[vc_row padding_bottom=»0’15em» background_image=»0″][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»BENDITOS TRAIDORES» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

No goza de buena reputación la figura del traidor, no. Y créanme si les digo que juicio tan categórico no me parece justo, si en nuestro afán reduccionista buscamos abstraer el término a una significación exclusivamente negativa.

El mundo, en fin, sin traidores viviría condenado a repetir en las cavernas el mismo mantra. El principio de desobediencia pauta las leyes de la evolución. Si obedecemos en tiempo presente, es solo porque no dejamos de acariciar con esperanza la idea de dejar de hacerlo en un futuro.

Sí, la historia estaba poblada por una caterva de traidores. Y sí, conviene recordar, cómo muchos con sus «traiciones» nos arrastraron a un orden superior y concentraron fuerzas para enfrentarse al colectivo de tiranos que imponía una verdad única. De traición fueron tachados los primeros movimientos feministas, pagando el atrevimiento sus activistas con su díscola vida (lo siguen haciendo). De traición, el espíritu socrático y sus herederos, castigados a atragantarse con cicuta por defender la libertad de pensamiento. Amenazados siempre por esa voz paternalista que avisaba de la vergüenza que suponía «morder la mano que te da de comer».

A pesar de su mala fama, o precisamente por ella, la deslealtad siempre fue comercial. El traidor vende. Detrás de todo best-seller siempre se esconde un traidor. El traidor excita la imaginación y distrae de culpas propias, pensando que siempre hay alguien peor. Benditos traidores. ¿Qué habría sido del cristianismo sin la intervención de un Iscariote? Probablemente una empresa más triste y con menos legitimidad para defender su causa. 

Podemos circunscribir el asunto a la geografía nacional para encontrarnos con un ejemplo al que la mayoría agradeceremos eternamente su traición. El actual rey emérito señalado por el dedo de Franco juraba los principios generales de aquel ya superado «Movimiento» para pocos meses después desertar de su palabra.

Es obvio que el antipático arquetipo que estamos analizando muestra otras veces la más perversa de sus caras: eso ocurre cuando lo único que mueve a su deslealtad obedece a fines exclusivamente personales que solo buscan un poder absoluto.

Por eso Pablo Echenique se apresuró a elevar el diagnóstico que desnudara las verdaderas intenciones que movían al candidato Errejón a traicionar el pacto que había alcanzado con su propio partido, declarando que si Errejón no renunciaba a su escaño era sencillamente «porque de algo tendría que vivir hasta el mes de mayo».

Sabido es que los micrófonos los carga el diablo y que en el pecado se lleva a veces la penitencia. Después de la renuncia de Errejón a su escaño, o sea a su sueldo, Echenique ha convertido con sus palabras en disidente a quien parecía solo traidor.

Se acusa a Errejón de conspirar en secreto. Natural. La disidencia para presumir exige puesta en escena. ¿O acaso el convicto confiesa al centinela sus planes de fuga? Imposible, además de estúpido. Es fina la línea que separa lo sublime de lo ridículo.

[/vc_column_text][vc_empty_space height=»3em»][wolf_single_image image=»4453″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]Dice Pablo Iglesias que Íñigo no es Manuela. Otra obviedad similar a la de las peras y las manzanas de la Botella. Nadie es igual que nadie, incluso, aunque lo parezca. Yo, por ejemplo, he llegado a creer que Pablo Iglesias e Irene Montero son la misma persona. Al final descubro mi error cuando recuerdo que una ostenta el permiso de maternidad y el otro el de paternidad. No es lo mismo.

A mis cincuenta años y con canas en los bolsillos me conformo con buscar en la política el fin de la dictadura de partidos.[/vc_column_text][vc_empty_space height=»3em»][wolf_single_image image=»4452″][vc_column_text]

La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y el entonces diputado, Íñigo Errejón, en la fiesta del 2 de mayo del pasado año.

[/vc_column_text][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Votaré a Manuela y a Íñigo. Y que Dios, el más reincidente de los traidores, me perdone. Y a ellos dos su felonía.

JUAN CODINA

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Una Humilde propuesta, de Swift

VENDE A TU BEBÉ

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»VENDE A TU BEBÉ» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»15px»][vc_column_text]

En 1729, cuatro años después de haber escrito Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift indispuso a las gentes del momento con un ensayo satírico que nadie supo interpretar muy bien: Una humilde propuesta para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país.

A través del humor negro y una extraordinaria ironía escribió un texto en el que animaba a los padres a que vendieran sus hijos a los terratenientes ricos para que se los comiesen y así poder subsanar las deplorables condiciones económicas que soportaban. Un despliegue de dominio sarcástico que cayó en saco roto ya que la gran mayoría de lectores de la época no alcanzó a entenderlo y lo criticaron duramente tildándolo de “mal gusto” 

El monólogo de Swift es un latigazo a nuestra indiferencia. Sin aspavientos, con mesura y moderación, y, sobre todo, con muchísimo sentido común, se nos propondrá que lo mejor que podemos hacer para acabar con los pobres que nos rodean es… comérnoslos. No a los adultos, correosos e indigestos, ni siquiera a los jóvenes, no… A los bebés que no pasen del año. Bebés lechales, tiernecitos y suculentos. Así los quitamos de en medio, dejan de molestar y de hacer feo, nos alimentan y se transforman en un extraordinario y productivo negocio. ¡Formidable manjar! Hay, pues, que preservar a las madres parturientas para que semejante delicia gastronómica sea una realidad en los banquetes de los ricos. Economía para el Reino y deleite para las clases dominantes. ¡Viva el capitalismo! 

El texto de Swift, en boca de Mariano Llorente, y cocinado a fuego lento, sugiere un espectáculo ameno y simpático. Aunque puede que semejante sátira gastronómica termine provocando en algunos una mala digestión en sus conciencias. 

Una humilde propuesta no es únicamente una conferencia gastronómica, no es una excusa para saborear un delicioso piscolabis. Al fin en el siglo XXI hemos encontrado la solución para acabar con la pobreza y sus consecuencias de una manera definitiva y, sobre todo, rentable. 

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Hasta el 3 de febrero podemos ver este espectáculo de la compañía Micomicón en El Pavón Teatro Kamikaze.

Versión y dirección: Laila Ripoll

Intérprete: Mariano Llorente

Escenografía: Arturo Martín Burgos

Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Iluminación: Marta Martí

Música original: Mariano Marín

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Escuela de interpretación Madrid

UN POSTGRADO DELICIOSO

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»Un postgrado delicioso» font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]

Abrir las puertas del enigmático tríptico para encontrarnos con la pintura de El Bosco. Es en ese ejercicio, en el de la observación, donde emergen las preguntas. ¿Qué imagen nos devuelve este misterioso cuadro? ¿Qué relación establece la pintura conmigo? ¿Habla de mí? ¿Habla de nosotros?

La reflexión a través de la pintura del nosotros como colectivo. El ecosistema creado por El Bosco nos devuelve una idea acerca de ese nosotros, como seres y personajes que habitan en ese otro gran ecosistema llamado Europa. El jardín de las delicias será el punto de partida de un viaje de investigación y creación escénica que tiene como objetivo el desarrollar un diálogo con la obra de arte y de este modo crear otra nueva obra artística.

Este proyecto nos reta a conjugar diferentes disciplinas artísticas con el lenguaje escénico. La mirada creativa del intérprete mediante la autoficción, los procesos evolutivos del movimiento dancístico, la performance, las poéticas físicas, la pintura contemporánea y la videocreación.

El espectáculo final será el resultado de los hallazgos en la investigación y, propondrán una puesta en escena multidisciplinar basada en lenguajes escénicos contemporáneos.

Luis Luque y Eduardo Mayo

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Actores durante el primer ensayo

[/vc_column_text][vc_empty_space height=»2em»][wolf_fittext max_font_size=»30″ text=»Nuestro postgrado 2019″ font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»1em»][vc_column_text]

Esta semana ha comenzado el postgrado 2019. Durante los tres próximos meses quince alumnos que terminaron su formación regular el año pasado en nuestro Estudio trabajarán profesionalmente con un equipo de creadores artísticos.

Al frente del proyecto como directores estarán Luis Luque y Eduardo Mayo. La catedrática y profesora de la Resad Lourdes Ortiz como asesora en Teoría de Historia del Arte y la pintora Irene Beneitez en Artes Plásticas. Las bailarinas y coreógrafas Manuela Barrero y Mónica Runde se encargarán de la danza y la performance respectivamente. Bruno Praena de la videoescena, Juan Gómez-Cornejo de la iluminación y Mariano Marín del espacio sonoro.

Todo un lujo, un equipo extraordinario.

Esperamos con ansia que llegue abril para poder disfrutar del resultado y ver cómo Alejandro Escabias, Belén Diaz, Blanca Valli, Carmen Millet, Clara Cabrera, Delia Labiano, Eva Carrera, Iñigo Izurzu, Iosu Martínez, Isabel Del Olmo, Lourdes García, Marina Arreghini, Miguel Aparicio, Sara Saché y Violeta Rodriguez siguen creciendo como intérpretes pero sobre todo como personas.

Deseamos que atravesar este jardín sea una experiencia profundamente deliciosa.

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Parte trasera del tríptico de El jardín de las delicias. El Bosco 1490-1500

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Cerebro Hackeado de Yuri Harari

LOS CEREBROS ‘HAKEADOS’ VOTAN

[vc_row][vc_column][wolf_fittext max_font_size=»72″ text=»LOS CEREBROS ‘HAKEADOS’ VOTAN» title_tag=»h1″ font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»3em»][vc_column_text]cerebro hackeado

La democracia liberal se enfrenta a una doble crisis. Lo que más centra la atención es el consabido problema de los regímenes autoritarios. Pero los nuevos descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos representan un reto mucho más profundo para el ideal básico liberal: la libertad humana.

El liberalismo ha logrado sobrevivir, desde hace siglos, a numerosos demagogos y autócratas que han intentado estrangular la libertad desde fuera. Pero ha tenido escasa experiencia, hasta ahora, con tecnologías capaces de corroer la libertad humana desde dentro.

Para asimilar este nuevo desafío, empecemos por comprender qué significa el liberalismo. En el discurso político occidental, el término “liberal” se usa a menudo con un sentido estrictamente partidista, como lo opuesto a “conservador”. Pero muchos de los denominados conservadores adoptan la visión liberal del mundo en general. El típico votante de Trump habría sido considerado un liberal radical hace un siglo. Haga usted mismo la prueba. ¿Cree que la gente debe elegir a su Gobierno en lugar de obedecer ciegamente a un monarca? ¿Cree que una persona debe elegir su profesión en lugar de pertenecer por nacimiento a una casta? ¿Cree que una persona debe elegir a su cónyuge en lugar de casarse con quien hayan decidido sus padres? Si responde sí a las tres preguntas, enhorabuena, es usted liberal.

El liberalismo defiende la libertad humana porque asume que las personas son entes únicos, distintos a todos los demás animales. A diferencia de las ratas y los monos, el Homo sapiens, en teoría, tiene libre albedrío. Eso es lo que hace que los sentimientos y las decisiones humanas constituyan la máxima autoridad moral y política en el mundo. Por desgracia, el libre albedrío no es una realidad científica. Es un mito que el liberalismo heredó de la teología cristiana. Los teólogos elaboraron la idea del libre albedrío para explicar por qué Dios hace bien cuando castiga a los pecadores por sus malas decisiones y recompensa a los santos por las decisiones acertadas.

Hitler no podía construir un mensaje a medida para cada una de las debilidades de cada cerebro. Ahora sí es posible

Si no tomamos nuestras decisiones con libertad, ¿por qué va Dios a castigarnos o recompensarnos? Según los teólogos, es razonable que lo haga porque nuestras decisiones son el reflejo del libre albedrío de nuestras almas eternas, que son completamente independientes de cualquier limitación física y biológica.

Este mito tiene poca relación con lo que la ciencia nos dice del Homo sapiens y otros animales. Los seres humanos, sin duda, tienen voluntad, pero no es libre. Yo no puedo decidir qué deseos tengo. No decido ser introvertido o extrovertido, tranquilo o inquieto, gay o heterosexual. Los seres humanos toman decisiones, pero nunca son decisiones independientes. Cada una de ellas depende de unas condiciones biológicas y sociales que escapan a mi control. Puedo decidir qué comer, con quién casarme y a quién votar, pero esas decisiones dependen de mis genes, mi bioquímica, mi sexo, mi origen familiar, mi cultura nacional, etcétera; todos ellos, elementos que yo no he elegido.

Esta no es una teoría abstracta, sino que es fácil de observar. Fíjese en la próxima idea que surge en su cerebro. ¿De dónde ha salido? ¿Se le ha ocurrido libremente? Por supuesto que no. Si observa con atención su mente, se dará cuenta de que tiene poco control sobre lo que ocurre en ella y que no decide libremente qué pensar, qué sentir, ni qué querer. ¿Alguna vez le ha pasado que, la noche anterior a un acontecimiento importante, intenta dormir pero le mantiene en vela una serie constante de pensamientos y preocupaciones de lo más irritantes? Si podemos escoger libremente, ¿por qué no podemos detener esa corriente de pensamientos y relajarnos sin más?

[/vc_column_text][vc_empty_space height=»3em»][wolf_fittext max_font_size=»30″ text=»Animales pirateares» title_tag=»h3″ font_weight=»500″ letter_spacing=»0″][vc_empty_space height=»0’15em»][vc_column_text]

Aunque el libre albedrío siempre ha sido un mito, en siglos anteriores fue útil. Infundió valor a quienes lucharon contra la Inquisición, el derecho divino de los reyes, el KGB y el Ku Klux Klan. Y era un mito que tenía pocos costes. En 1776 y en 1939 no era muy grave creer que nuestras convicciones y decisiones eran producto del libre albedrío, y no de la bioquímica y la neurología. Porque en 1776 y en 1939 nadie entendía muy bien la bioquímica, ni la neurología. Ahora, sin embargo, tener fe en el libre albedrío es peligroso. Si los Gobiernos y las empresas logran hackear o piratear el sistema operativo humano, las personas más fáciles de manipular serán aquellas que creen en el libre albedrío.

Para conseguir piratear a los seres humanos, hacen falta tres cosas: sólidos conocimientos de biología, muchos datos y una gran capacidad informática. La Inquisición y el KGB nunca lograron penetrar en los seres humanos porque carecían de esos conocimientos de biología, de ese arsenal de datos y esa capacidad informática. Ahora, en cambio, es posible que tanto las empresas como los Gobiernos cuenten pronto con todo ello y, cuando logren piratearnos, no solo podrán predecir nuestras decisiones, sino también manipular nuestros sentimientos.

Quien crea en el relato liberal tradicional tendrá la tentación de restar importancia a este problema. “No, nunca va a pasar eso. Nadie conseguirá jamás piratear el espíritu humano porque contiene algo que va más allá de los genes, las neuronas y los algoritmos. Nadie puede predecir ni manipular mis decisiones porque mis decisiones son el reflejo de mi libre albedrío”. Por desgracia, ignorar el problema no va a hacer que desaparezca. Solo sirve para que seamos más vulnerables.

Una fe ingenua en el libre albedrío nos ciega. Cuando una persona escoge algo —un producto, una carrera, una pareja, un político—, se dice que está escogiéndolo por su libre albedrío. Y ya no hay más que hablar. No hay ningún motivo para sentir curiosidad por lo que ocurre en su interior, por las fuerzas que verdaderamente le han conducido a tomar esa decisión.

Las personas más fáciles de manipular serán las que creen en el libre albedrío. Tener fe en él, ahora, es peligroso

Todo arranca con detalles sencillos. Mientras alguien navega por Internet, le llama la atención un titular: “Una banda de inmigrantes viola a las mujeres locales”. Pincha en él. Al mismo tiempo, su vecina también está navegando por la Red y ve un titular diferente: “Trump prepara un ataque nuclear contra Irán”. Pincha en él. En realidad, los dos titulares son noticias falsas, quizá generadas por troles rusos, o por un sitio web deseoso de captar más tráfico para mejorar sus ingresos por publicidad. Tanto la primera persona como su vecina creen que han pinchado en esos titulares por su libre albedrío. Pero, en realidad, las han hackeado.

La propaganda y la manipulación no son ninguna novedad, desde luego. Antes actuaban mediante bombardeos masivos; hoy, son, cada vez más, munición de alta precisión contra objetivos escogidos. Cuando Hitler pronunciaba un discurso en la radio, apuntaba al mínimo común denominador porque no podía construir un mensaje a medida para cada una de las debilidades concretas de cada cerebro. Ahora sí es posible hacerlo. Un algoritmo puede decir si alguien ya está predispuesto contra los inmigrantes, y si su vecina ya detesta a Trump, de tal forma que el primero ve un titular y la segunda, en cambio, otro completamente distinto. Algunas de las mentes más brillantes del mundo llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para hacer que pinchemos en determinados anuncios y así vendernos cosas. El mejor método es pulsar los botones del miedo, el odio o la codicia que llevamos dentro. Y ese método ha empezado a utilizarse ahora para vendernos políticos e ideologías.

Y este no es más que el principio. Por ahora, los piratas se limitan a analizar señales externas: los productos que compramos, los lugares que visitamos, las palabras que buscamos en Internet. Pero, de aquí a unos años, los sensores biométricos podrían proporcionar acceso directo a nuestra realidad interior y saber qué sucede en nuestro corazón. No el corazón metafórico tan querido de las fantasías liberales, sino el músculo que bombea y regula nuestra presión sanguínea y gran parte de nuestra actividad cerebral. Entonces, los piratas podrían correlacionar el ritmo cardiaco con los datos de la tarjeta de crédito y la presión sanguínea con el historial de búsquedas. ¿De qué habrían sido capaces la Inquisición y el KGB con unas pulseras biométricas que vigilen constantemente nuestro ánimo y nuestros afectos? Por desgracia, da la impresión de que pronto sabremos la respuesta.

El liberalismo ha desarrollado un impresionante arsenal de argumentos e instituciones para defender las libertades individuales contra ataques externos de Gobiernos represores y religiones intolerantes, pero no está preparado para una situación en la que la libertad individual se socava desde dentro y en la que, de hecho, los conceptos “libertad” e “individual” ya no tienen mucho sentido. Para sobrevivir y prosperar en el siglo XXI, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres —una concepción herencia a partes iguales de la teología cristiana y de la Ilustración— y aceptar lo que, en realidad, somos los seres humanos: unos animales pirateables. Necesitamos conocernos mejor a nosotros mismos.

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Este consejo no es nuevo, por supuesto. Desde la Antigüedad, los sabios y los santos no han dejado de decir “conócete a ti mismo”. Pero en tiempos de Sócrates, Buda y Confucio, uno no tenía competencia en esta búsqueda. Si uno no se conocía a sí mismo, seguía siendo una caja negra para el resto de la humanidad. Ahora, en cambio, sí hay competencia. Mientras usted lee estas líneas, los Gobiernos y las empresas están trabajando para piratearle. Si consiguen conocerle mejor de lo que usted se conoce a sí mismo, podrán venderle todo lo que quieran, ya sea un producto o un político.

Es especialmente importante conocer nuestros puntos débiles porque son las principales herramientas de quienes intentan piratearnos. Los ordenadores se piratean a través de líneas de código defectuosas preexistentes. Los seres humanos, a través de miedos, odios, prejuicios y deseos preexistentes. Los piratas no pueden crear miedo ni odio de la nada. Pero, cuando descubren lo que una persona ya teme y odia, tienen fácil apretar las tuercas emocionales correspondientes y provocar una furia aún mayor.

Si no podemos llegar a conocernos a nosotros mismos mediante nuestros propios esfuerzos, tal vez la misma tecnología que utilizan los piratas pueda servir para proteger a la gente. Así como el ordenador tiene un antivirus que le preserva frente al software malicioso, quizá necesitamos un antivirus para el cerebro. Ese ayudante artificial aprenderá con la experiencia cuál es la debilidad particular de una persona —los vídeos de gatos o las irritantes noticias sobre Trump— y podrá bloquearlos para defendernos.

No obstante, todo esto no es más que un aspecto marginal. Si los seres humanos son animales pirateables, y si nuestras decisiones y opiniones no son reflejo de nuestro libre albedrío, ¿para qué sirve la política? Durante 300 años, los ideales liberales inspiraron un proyecto político que pretendía dar al mayor número posible de gente la capacidad de perseguir sus sueños y de hacer realidad sus deseos. Estamos cada vez más cerca de alcanzar ese objetivo, pero también de darnos cuenta de que, en realidad, es un engaño. Las mismas tecnologías que hemos inventado para ayudar a las personas a perseguir sus sueños permiten rediseñarlos. Así que ¿cómo confiar en ninguno de mis sueños?

Es posible que este descubrimiento otorgue a los seres humanos un tipo de libertad completamente nuevo. Hasta ahora, nos identificábamos firmemente con nuestros deseos y buscábamos la libertad necesaria para cumplirlos. Cuando surgía una idea en nuestra cabeza, nos apresurábamos a obedecerla. Pasábamos el tiempo corriendo como locos, espoleados, subidos a una furibunda montaña rusa de pensamientos, sentimientos y deseos, que hemos creído, erróneamente, que representaban nuestro libre albedrío. ¿Qué sucederá si dejamos de identificarnos con esa montaña rusa? ¿Qué sucederá cuando observemos con cuidado la próxima idea que surja en nuestra mente y nos preguntemos de dónde ha venido?

A veces la gente piensa que, si renunciamos al libre albedrío, nos volveremos completamente apáticos, nos acurrucaremos en un rincón y nos dejaremos morir de hambre. La verdad es que renunciar a este engaño puede despertar una profunda curiosidad. Mientras nos identifiquemos firmemente con cualquier pensamiento y deseo que surja en nuestra mente, no necesitamos hacer grandes esfuerzos para conocernos. Pensamos que ya sabemos de sobra quiénes somos. Sin embargo, cuando uno se da cuenta de que “estos pensamientos no son míos, no son más que ciertas vibraciones bioquímicas”, comprende también que no tiene ni idea de quién ni de qué es. Y ese puede ser el principio de la aventura de exploración más apasionante que uno pueda emprender.

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Poner en duda el libre albedrío y explorar la verdadera naturaleza de la humanidad no es algo nuevo. Los humanos hemos mantenido este debate miles de veces. Salvo que antes no disponíamos de la tecnología. Y la tecnología lo cambia todo. Antiguos problemas filosóficos se convierten ahora en problemas prácticos de ingeniería y política. Y, si bien los filósofos son gente muy paciente —pueden discutir sobre un tema durante 3.000 años sin llegar a ninguna conclusión—, los ingenieros no lo son tanto. Y los políticos son los menos pacientes de todos.

¿Cómo funciona la democracia liberal en una era en la que los Gobiernos y las empresas pueden piratear a los seres humanos? ¿Dónde quedan afirmaciones como que “el votante sabe lo que conviene” y “el cliente siempre tiene razón”? ¿Cómo vivir cuando comprendemos que somos animales pirateables, que nuestro corazón puede ser un agente del Gobierno, que nuestra amígdala puede estar trabajando para Putin y la próxima idea que se nos ocurra perfectamente puede no ser consecuencia del libre albedrío sino de un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos? Estas son las preguntas más interesantes que debe afrontar la humanidad.

Por desgracia, no son preguntas que suela hacerse la mayoría de la gente. En lugar de investigar lo que nos aguarda más allá del espejismo del libre albedrío, la gente está retrocediendo en todo el mundo para refugiarse en ilusiones aún más remotas. En vez de enfrentarse al reto de la inteligencia artificial y la bioingeniería, la gente recurre a fantasías religiosas y nacionalistas que están todavía más alejadas que el liberalismo de las realidades científicas de nuestro tiempo. Lo que se nos ofrece, en lugar de nuevos modelos políticos, son restos reempaquetados del siglo XX o incluso de la Edad Media.

Cuando uno intenta entregarse a estas fantasías nostálgicas, acaba debatiendo sobre la veracidad de la Biblia y el carácter sagrado de la nación (especialmente si, como yo, vive en un país como Israel). Para un estudioso, esto es decepcionante. Discutir sobre la Biblia era muy moderno en la época de Voltaire, y debatir los méritos del nacionalismo era filosofía de vanguardia hace un siglo, pero hoy parece una terrible pérdida de tiempo. La inteligencia artificial y la bioingeniería están a punto de cambiar el curso de la evolución, nada menos, y no tenemos más que unas cuantas décadas para decidir qué hacemos. No sé de dónde saldrán las respuestas, pero seguramente no será de relatos de hace 2.000 años, cuando se sabía poco de genética y menos de ordenadores.

¿Qué hacer? Supongo que necesitamos luchar en dos frentes simultáneos. Debemos defender la democracia liberal no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es lo que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, debemos poner en tela de juicio las hipótesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI.

YUVAL NOAH HARARI.

Artículo publicado en EL PAÍS. 6 de enero de 2019

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TODOS SOMOS MEDIA ISLA

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Hay días fatídicos. Estremecen tanto por la simbología que encierran como por su interesada falta de rigor histórico. Y así por la fuerza de la repetición que el rito exige, concluyen por convertirse en días proféticos.

El infanticidio más cruel, nunca practicado, se consumó un 28 de diciembre. O así lo dispuso la liga teocrática. Y es que Herodes, un indeseable asesino en serie que contemplaba el poder con lascivia, arrasó, víctima de la superstición, con toda la población belenita menor de dos años. Como quiere la sangre siempre dar sueño, es más que probable que después del horror el infanticida se echara a dormir, dejando en la desdichada comarca un reguero de plasma inocente. Una multitud de madres, dobladas en llanto, clamaban a un cielo empeñado en ser sordo, la vuelta del fruto perdido.

El pasado 28 de diciembre, cerca del lugar de la matanza, y como para que el día de los inocentes pudieran cobrar de nuevo sentido, moría, en el suelo judío que lo vio nacer, el escritor Amos Oz: un hombre inocente. 

No es difícil defender la calidad literaria que a lo largo de los años exhibió, y que le convirtió en uno de los escritores imprescindibles del último lustro. 

Amos Oz, celoso de la paradoja, fue siempre un intelectual partido en dos. Igual que la tierra que pisaba. Incapaz de resignarse a ofrecer respuestas simples frente a problemas profundos… «Cuando crezcas te darás cuenta de que casi todo lo que se oye por la noche puede interpretarse de diversas formas. Y de hecho, no solo por la noche y no solo lo que se oye: también lo que se ve, e incluso lo que se ve a plena luz del día, puede casi entenderse de muchas formas»

Una de las voces judías más autorizadas, arriesgó cuanto quiso, supo y pudo por encontrar una solución al conflicto palestino-israelí. Mientras que una mayoría especulaba con el perímetro del continente, él se esforzaba en rebuscar dentro de los pliegues que todo continente contiene.

De raíz sionista defendió hasta el final el derecho a un estado judío. Igual que exigió un estado palestino con las mismas garantías. Así, para unos fue definitivamente un traidor y para otros cómplice de un genocidio. Es curiosa la relación que los fanáticos mantienen con la coherencia. Como a todo gran hombre nunca le faltaron enemigos íntimos intimidados por el peso de su inteligencia. 

Vacío de vanidad en boca de Vargas Llosa fue un ser incansable, luminoso, apasionado. Un aristócrata de las letras que sabía agitar el deseo con elegancia.

Gustaba de precisar que toda su obra literaria no era sino autobiográfica. Toda ella es espléndida pero fue en Una historia de amor y oscuridad (si no han leído este libro, háganlo ¡ya!) donde en primera persona desgrana las claves de su infancia. Un testimonio íntimo e histórico que culmina con el suicidio de su madre cuando Amos Oz tenía 12 años. Uno de los relatos más conmovedores y profundos que haya podido leer. 

Desde que murió mi padre hace quince años, adopto cuando la ocasión lo merece a un nuevo progenitor. Amos Oz portaba tal distinción. Ha vuelto a morir mi padre. Viva mi padre. 

Descansa en paz y sin Nobel, Amos Oz. Un hombre inocente. Y libre. 

«Se tenía la sensación de que si las personas iban y venían, nacían y morían, los libros eran inmortales. Cuando era pequeño, quería crecer y ser libro»

JUAN CODINA

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RICARDO GÓMEZ

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Yo, uno más entre tantos, también estuve allí. Yo, estuve en CUÉNTAME. Hoy, una declaración como esta concede más crédito personal que haber sido testigo presencial de la caída del Muro de Berlín. Se obran prodigios en las leyes de la metafísica: la fantasía acaba por resultar más verosímil que la propia realidad. Tuve la fortuna de participar en varios capítulos y compartir la casi totalidad de las horas al lado de Ricardo Gómez.

Yo amo a Ricardo que quieren que les diga. Y advierto a quien me escuche, que si se encuentran con ese ángel de corazón ancho, acabarán por enamorarse sin remedio.

Conocí a Ricardo hace seis años y encontré a un actor dispuesto a romper con la maldición de los antiguamente llamados «niños prodigios» que se precipitaban al vacío tan rápido como antes habían conquistado las estrellas. Un actor, tan joven como maduro; de mente sólida y mirada soñadora, eternamente comprometido con un oficio que ya intuía que era más grande que él mismo. Y mira que el niño es grande.

Ricardo, con Carlos Alcántara como persona interpuesta, representa el único símbolo verdadero de reconciliación nacional. Nos reconcilia con lo que fuimos, hemos llegado a ser y todo lo que nos pasó. Nos conecta con la médula patria de nuestras glorias y fracasos. Todas somos Carlos Alcántara. Si en la bandera nacional luciera el rostro de Ricardo/Carlitos algunos no nos sentiríamos tentados de sonarnos los mocos con ella y solo querríamos comernos a besos el trapo. Si la bandera además hablara y tuviera la voz de Carlos Hipólito… soñar es gratis.

Te quiero Ricardo Gómez. Te quiero Carlos Alcántara.

JUAN CODINA

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ESPERANDO A GODOT, DE SAMUEL BECKETT

ESPERANDO A GODOT

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Esperar, esperar y esperar.

Esperar sin poner límite al tiempo de espera.

Esperar sin el menor indicio de que vaya a llegar, sólo porque les ha hecho creer que vendrá.

Esperar sin hacer absolutamente nada para alcanzar su esperanza: que venga.

ESPERANDO A GODOT es la más importante creación del teatro del absurdo. El texto de Beckett es un antes y un después en la historia del teatro. No ocurre nada, en la trama no encontramos ningún hecho relevante y es desesperadamente repetitiva.

Beckett nos coloca frente a la idea de que nuestra vida es la suma de una espera y una esperanza. La tediosa y absurda esperanza de que llegará algo o alguien que nos revele un estado final de la historia en el que sean definitivamente remediadas todas nuestras necesidades y flaquezas.

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Jorge Manrique, extracto de El rayo de sol, por Becquer

JORGE MANRIQUE

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[…] En efecto, Jorge Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.

Amaba la soledad porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, porque Manrique era poeta; tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos y nunca los había encerrado al escribirlos.

Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel, junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.

Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio, intentando traducirlo.

En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender.

¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante…

Extracto de EL RAYO DE LUNA. LEYENDAS. 1858/1864
Gustavo Adolfo Bécquer

?Mark Ryden

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